Yo, una ciclista en Nuevo León

Llevo una semana viviendo con mi pareja. Él es de Puebla y le encanta el ciclismo; a mí también me encanta, pero desde que vivo en Nuevo León, hace más de diez años, solo me había atrevido a usa la bicicleta dentro de los lugares “seguros”, como por ejemplo Parque Fundidora, donde con una hora de renta te basta para darle tres vueltas a todo el circuito. Alguna vez pensé en asistir a una pedaleada con las mujeres ciclistas de la Colectiva Rodada Feminista, pero al final el miedo me vencía; las innumerables bicicletas blancas colgadas en los postes de luz son recuerdos constantes de que la ciudad no tiene piedad por quienes pretenden desafiar el statu quo de su infraestructura. Les peatones y les ciclistas somos insectos frente a los vehículos motorizados; luego le añado a esa realidad el hecho de ser mujer. Ni hablar, pensaba, si ando en bicicleta sería como tener una diana pintada en la espalda.

Nosotres vivimos en el mero centro de Monterrey, aunque no por las áreas bonitas, como Barrio Antiguo y alrededores, sino más al norte, en las periferias (como lo es, por ejemplo al sur, la famosa colonia Independencia), donde cada dos cuadras te topas con al menos un congal o algún negocio turbio. Poca gente los señala (hay un fotógrafo regiomontano, Aristeo Jiménez, cuya obra los tiene muy bien documentados) y la mayoría actúa como si no estuvieran allí, o asisten a uno que otro por moda (como el caso del bar Wateke). Y aunque hay muchísimos, tan cerca que incluso rodean a la Casa de la Cultura de Nuevo León (desde la línea uno del metro puedes ver las luces neones de las “casas de masaje” o los “men’s club”), el gobierno ni siquiera parece molestarse en guardar las apariencias: la trata de personas es parte de la costumbre regia, principalmente la de mujeres y niñas.

Y, desde que mi pareja me ayudó a armarme de valor para salir en bicicleta juntes, es como si las pestañas picudas de toda esa realidad estuvieran raspándome la cara.

Apenas llevamos tres días pedaleando y para mí la ciudad ya es otra. El primer día me daba terror tomar el espacio de un automóvil dentro del carril (todavía no me atrevo a hacerlo en Francisco I. Madero) o cruzar una gran avenida, aunque el semáforo estuviera en verde; tampoco me entusiasma respirar los gases que despiden los tubos de escape (como si el aire contaminado de esta ciudad no fuera suficiente), ni los conductores que van a exceso de velocidad y nos pitan por la única razón de atrevernos a ir delante de ellos (la última vez un anciano le gritó quién sabe qué grosería a mi pareja desde su automóvil, mientras nos rebasaba). Además, las calles están llenas de basura y baches, sin mencionar los vidrios que pueden reventar nuestras llantas. Hay incontables riesgos de sufrir un accidente que, seamos honestes, in this economy podrían llevarnos a mi pareja y a mí a la ruina.

Sin embargo, de alguna manera, mi miedo se ha ido esfumado; el cambio ha sido tan rápido que se siente incluso ilusorio. Ayer desde mi casa llegamos a Barrio Antiguo en unos ocho minutos. ¡Ocho minutos! Normalmente para llegar tendría que tomar la línea uno del metro y transbordar a la tres, lo que me tomaría, si bien me va, unos veinte. Mi pareja y yo nos emocionamos imaginando todas las fronteras de la ciudad que se nos abrían delante, pero, al mismo tiempo, un enfado nacía dentro de mí; no puede estar bien llevar más de diez años en esta ciudad y apenas darme cuenta de cuántas realidades, cuántas reflexiones y enseñanzas me había perdido.

Fotografía: Renata Salazar

Mi pareja me dijo que le agradaba esta yo que ganaba espacios; esta yo que, junto a mi gran bicicleta color magenta, exigía respeto frente a los automóviles, lo quisieran estos o no. Pienso en esa imagen vigorosa cliché del protagonista irrumpiendo en una boda montando a caballo. Ejemplo más sólido que ese no lo había tenido más que en las marchas del 8M, donde podía caminar por el centro de Monterrey de noche junto con otras mujeres. Como dije, antes ya había experimentado a esa otra yo, pero que lo exprese alguien que amas también es divino.

Y aunque andar por las periferias no es cómodo, estoy segura que seguiré haciéndolo. Tampoco quiero ser condescendiente ni decirle a la gente frases hechas como “el primer día es el más difícil” o “es cosa de dar el primer paso”, porque estaría autoengañándome. Yo hago ciclismo recreativo, un ciclismo de autoconocimiento e independencia. El grueso de les ciclistas lo hacen por necesidad, arriesgando sus vidas todos los días. Hace falta exigir mejoras en la agenda peatonal y ciclista, hace falta exigirle muchísimas cosas a este Nuevo León feminicida e incompetente, que parece velar solo por las necesidades empresariales.

No sé si algún día me atreveré a salir sola en bicicleta, si bien hace apenas una semana opinaba parecido sobre pedalear por la ciudad y mírenme ahora.

Me interesa la gente y las diversas formas artísticas con las que se expresan. Procuro aprender y crear desde la empatía. Soy feminista y licenciada en Letras Hispánicas. Actualmente vivo en Regiolandia con mis gatos.

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