Yo pensaba que el enamoramiento estaba sobrevalorado, hasta que me enamoré bien bonito

“Yo pensaba que estar enamorada estaba sobrevalorado, pero ahora que lo estoy, me doy cuenta de que no es así” es algo que le dije a una de mis mejores amigas cuando le conté sobre la relación que estaba empezando a construir con mi novio. Y es que en serio lo pensaba; veía películas de amor y decía “sí, qué bonito, pero maquillaron muchísimo el proceso real”; escuchaba canciones y notaba cómo mi cerebro empezaba a imaginar qué se sentiría e, incluso, cómo se emocionaba, pero luego pensaba, que, como todo, estaban atascadas de mitos del amor romántico y que así ¿pues qué chiste?; escuchaba historias de desamor y me ponía a pensar que, de verdad, hay pocas cosas más dolorosas que un corazón roto y que, en ese sentido, me daba mucho miedo volver a vulnerabilizarme de tal manera. En fin, veía, escuchaba y pensaba muchas cosas en torno al amor de pareja; en parte porque nuestro mundo está atascado de estas historias y, en parte también, porque tenía muchas ganas de vivirlo, pero me parecía extremadamente difícil hacerlo de una manera sana, independiente, responsable y, sobre todo, en constante cuestionamiento.

En una de las primeras sesiones de terapia que tuve con mi psicóloga —mientras formaba parte de una relación que constantemente me hacía sentir triste e insuficiente y que sembró las inseguridades más fuertes que hoy puedo nombrar— tuve la tarea de escribir una lista de todo lo que yo deseaba en una relación. Seguramente la idea era que solita me diera cuenta de que el lugar en el que me encontraba no era el que yo quería y que, aunque sintiera tanto cariño, también estaba en medio de mucho dolor que podía evitarse con mayores y mejores acuerdos. Desde entonces, empecé un proceso de aprendizaje, desprendimiento, continuo cuestionamiento y apapacho individual que me permitió conocerme mejor, reforzar todas las relaciones que conformaban mi vida, sanar mi corazoncito roto, disfrutar del día a día de maneras que no conocía y, posteriormente, enamorarme de nuevo y construir una relación que, ahora sí, tiene todos los elementos que escribí en esa lista y muchos más. Sobre eso va el texto que hoy comparto con el corazoncito bien abierto; sobre lo enamorada que estoy, sobre el proceso de reconocerme así y sobre cómo, definitivamente, hoy no siento que esté sobrevalorado este sentimiento.

Para poner en perspectiva (y porque me encanta poder ver cómo los textos se agarran de la manita y avanzan en compañía), me gustaría recordar un texto que escribí para el YucaPost hace exactamente un año (wow). Se titula “Reconstrucción de un corazón roto” y, en él, básicamente describo mi proceso de sanación y, principalmente, el caminito de amor —individual y colectivo— que fui construyendo después de vivir una relación violenta. Lo que escribo hoy es una continuación de todo lo que vino; una continuación, sin duda, feliz y muy amorosa. De ese texto, hoy quiero retomar dos párrafos para que mi “yo del presente” le de su perspectiva a la “yo del pasado”.

De todo lo que hubo que reconstruir, lo más importante fue la relación conmigo misma, principalmente mi autoestima y la manera en la que estaba dispuesta a escucharme y entenderme.

 

Hoy me siento, por decirlo de alguna forma que acompañe a todas los estereotipos que nos hablan sobre relaciones sexoafectivas, una “naranjita completa”. Tengo, como la mayoría de las personas, miedos y una larga lista de inseguridades, pero lo que ahora es diferente es la manera en la que estoy dispuesta a escucharme, entenderme y, sobre todo, respetarme. Respetarme a mí y, sobre todo, a mis emociones; todas válidas, todas ahí por algo, todas necesitadas de atención propia y de apapachos. Hoy no me siento insuficiente para que alguien me quiera “bonito” y, al contrario, sé que el amor que recibo es bien merecido… simplemente porque todas las personas necesitamos y merecemos cariño, ternura, comprensión y empatía. Y sí, también porque hoy reconozco en mí un montón de virtudes que deben ser receptoras de un inmenso amor. Aún me siento egocéntrica escribiéndolo, pero es parte del aprendizaje reconocer que es así, que tengo mucho para dar y que ese mucho también debe ser para recibir.

Ilustración: @monitosfeitos

Hoy me emociona mucho pensar que la siguiente vez que me enamore podré hacerlo con mayor inteligencia emocional y con mucha más empatía, pero, más allá de eso, me hace feliz reconocer cuánto he mejorado en los procesos de amor propio y cómo, con subidas y bajadas, ahora soy capaz de construir relaciones mucho más justas.

 

Un año después, le puedo decir a la Pau del pasado que ya llegamos a ese punto; que estamos enamoradas y que se siente como una excelente decisión de todos los días; que hay mucha inteligencia emocional detrás (desde ambas partes) y que esta relación desborda empatía y cariño. Le puedo decir que se encuentra construyendo una relación justa que representa un espacio seguro, cálido (como el hogar a la 1 p.m. cuando más le pegan los rayitos del sol), y que este amor es el más cuidadoso y alegre que hemos conocido.

Cuando pienso en mis procesos y leo mis antiguas letras, reconozco que tenía muchas ganas de enamorarme, pero también que me daba miedo. Me daba miedo porque sufrí violencia —tanto psicológica como sexual— de parte de hombres que, supuestamente, me querían mucho (e, incluso, me atrevería a quitar la palabra “supuestamente”, porque, dentro de todo el daño que me hicieron, sé que sí me querían, sé que sí era importante para ellos, pero eso no quita que muchas veces este sistema nos eduque y nos de incentivos para querer de manera violenta); me daba miedo porque el compromiso de estar enamorada y ser correspondida es bien grande y la sinceridad es importante cuando no tenemos la disposición de sumarnos otro tipo de responsabilidades emocionales; me daba miedo porque pasé mucho tiempo triste y, sinceramente, aunque llevo una muy buena relación con mi tristeza, no quiero volver a dedicarle todo mi tiempo, pues se llevó mucha de mi energía.

Me daba miedo por muchas cosas, pero el miedo no siempre es malo; al miedo también hay que escucharlo, hacerlo nuestro amigo, entenderlo, caminar con él, dejarlo que también nos escuche y, a veces, cuando todo esto se logra, el miedo puede llegar a servir como trampolín. No desecho a mis miedos. No fue como que, de repente, desaparecieran con el primer beso que le di al que hoy es mi novio. No, aquí están, me acompañan como recordatorio de aprendizaje y como alerta para mí misma de que hay que estar al pendiente, con constante retroalimentación y con mucha paciencia. Me acompañan a un ladito, pero ya no me paralizan, pues nos aprendimos mutuamente. Me daba mucho miedo enamorarme así, pero me sentí lista; lista para darme chance de que el pecho se sintiera como inflamado cuando veía a este hombrecito o cuando pensaba en su nombre; lista para acompañar y para sentirme acompañada; lista para hacerle espacio a otro tipo de emociones; lista para poner en práctica lo aprendido en los últimos años; lista para compartir(me) de otras maneras; lista para comprometerme a construir una relación sexoafectiva basada en el respeto, la comunicación y la ternura con más emoción que miedo, con más ganas que inseguridades, con más alegría que preocupación.

Sin duda alguna, tengo muchos procesos personales que agradecer, pero, a la par, reconozco que toda la alegría que hoy habita en mi corazón no sería de tal tamaño si no fuera por la personita a la que le tomo la manita. Él, A., sin duda alguna, llegó con luz propia a compartirme dosis de felicidad enormes, montones de aprendizaje, apapachos constantes y dosis de comprensión y ternura gigantes que día a día me sorprenden. De las personas a las que he tenido la fortuna de conocer, A. es la que mejor sabe cuidar; cuida diariamente a su familia, desde el desayuno y hasta la cena; cuida a su perrito, quien, me atrevo a decir, es el más lindo de toda la CDMX; cuida a sus amistades como nadie en el universo, con muchísimo respeto y con una atención gigantesca; cuida a los seres vivos que lo rodean, desde los insectos que se encuentra, hasta las plantitas que riega todas las noches con mucha paciencia y afecto. Esa es mi cualidad favorita de A.: que sabe cuidar. Y hoy, pocas cosas me hacen sentir tan afortunada como el reconocer que, dentro de todas las relaciones que me conforman, una de las principales es con un ser que todos los días, y a todo momento, reconoce que los lazos que conformamos merecen tiempo, atención, ternura y responsabilidad. A. llegó a mi vida a través del amor por los animales, con comida deliciosa, canciones increíbles, historias de la infancia y muchas muchas muchas ganas de construir aprendizaje colectivo. Y espero que, con todo lo que nos apasiona y emociona querernos, se quede por mucho tiempo más.

Ilustración: @monitosfeitos

Hoy veo y entiendo que otras formas de amar (más libres, respetuosas, justas y tiernas) sí son posibles. Por supuesto, hablo desde mi experiencia —la de una adulta joven heterosexual que se encuentra en una relación monógama— y me falta mucho que aprender y vivir porque hay muchísimas posibilidades que no conozco. Pero en mi pequeña historia y con todo el contexto social que me respalda, hoy me siento contenta, orgullosa y sumamente feliz por llegar a un punto en el que veo y vivo al amor de esta manera; no como un fenómeno que todo lo puede; sino como un compromiso que se disfruta y vive con una misma y en compañía; que necesita de mucho, pero que da mucho también; como un proceso consciente y constante de aprendizaje colectivo, el cual, al igual que cualquier otro proceso, debe ser cuestionado y atendido desde la ternura y la búsqueda de bienestar. Hoy le escribo a mi yo del pasado para decirle que el amor romántico también puede ser cuestionado y combatido desde las relaciones de pareja; que estamos experimentando emociones preciosas; que estamos dando y recibiendo muchísimo cariño y que hoy hay alguien que, a través de la empatía y el cuidado, nos ama y nos prepara galletas deliciosas.

Ante este mundo que impone tanto caos y que está lleno de injusticias, ante este sistema que tergiversa al cariño con violencia y ante mí misma que conozco a la ansiedad y al dolor de frente, la mayor declaración de amor que puedo hacer es que, cuando pienso en la persona de la que estoy enamorada —cuando estoy con él y cuando me recuerdo habitante de nuestra relación— mi cerebro, mente y cuerpo se sienten en paz y, sobre todo, a salvo. Esa es mi mayor declaración de amor y, también, mi mayor agradecimiento.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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