¿Y si abro un OnlyFans?

Cinthia

Explorar mi sexualidad ha sido un camino largo y lento, sobre todo porque crecí creyendo que el sexo era malo, que tocarme era malo y que ver películas eróticas y porno era malo. En pocas palabras, disfrutar de mi sexualidad era malo.

Sin embargo, desde que descubrí las mieles de la masturbación y de las relaciones sexuales, mi vida cambió. Desde los 18 años comencé a ser sexualmente activa y lo disfrutaba, pero también me acompañaba un sentimiento de culpa y de remordimiento. Dentro de mi cabeza había una vocecita que siempre me recordaba que lo que hacía estaba mal y que no debía de hacerlo. Este sentimiento siempre estaba lleno de un miedo expectante a que mis padres fueran a descubrir estos recurrentes hechos malditos. Hechos del diablo que se vuelven de dios cuando te casas (por la iglesia, claro está, pero ya de perdido cuando te casas por el civil).

Sin duda, me gustaba lo que hacía, aunque había veces que no. Como todo, había veces que yo no quería, pero lo hacía de todos modos, ¿por qué? Porque junto a la vocecita que me decía que estaba mal, había otra vocecita que me decía que debía de hacerlo porque era mi novio (y en ese tiempo creía ilusamente que estaría toda mi vida con ese ser humano). De este modo, dentro de mí operaban dos fuerzas contraproducentes y muy fuertes: una con una carga moral cristiana patriarcal de la “buena mujer” y otra con una carga moral cristiana patriarcal de la “buena amante”. Al final, las dos confluían en lo mismo: el control de mis límites sexuales y de mi práctica sexual.

Durante varios años mi cuerpo y mi cabeza eran un mar de complicaciones y contradicciones en torno a la sexualidad (incluyendo mi propia orientación sexual que negaba por una fuerte bifobia internalizada). La culpa no me abandonaba y se acostaba junto a mí después de un encuentro sexual casual. Además, me gustaba mucho, pero por tres años experimenté menos de 10 orgasmos. Así es, cogía mucho y me gustaba, pero no tenía orgasmos (después aprendería que el orgasmo no es la única forma de placer sexual y muchos menos lo es el coito).

La situación cambió poco tiempo después, cuando aprendí que tomarme fotos y mandarlas a la mitad de los contactos que tenía en WhatsApp (obvio excluyendo familia y personas mochas) me producía placer. Era un placer inexplicable. Entre prepararme con la ropa, las luces y las poses, yo ya estaba prendida. Mandarlas y recibir halagos era sólo una parte, porque para ese momento yo ya me estaba tocando con Drunk in love de fondo.

Esto se convirtió en una práctica para mi propio placer y para el de las personas afortunadas que recibían mis nudes, incluyendo a mis amigas, porque no sólo nos mandábamos fotos en calzones entre nosotras, sino que juntas comenzamos a tener sesiones de chela y nudes en mi cuarto (la verdad, sólo fue una, pero estuvo estupenda). No olvido lo emocionante que era prepararse para las fotos y saber que había amor, consentimiento y mucha naturalidad, porque sabíamos que nuestros cuerpos eran diferentes, pero en muchos sentidos también eran iguales.

Vía Pixabay

Un día, una amiga me preguntó porqué no vendía mis fotos. La verdad no me pareció mala idea, podía sacarle dinero a algo que me gustaba y que disfrutaba hacer. Pero de nuevo llegaba el miedo y la duda, las vocecitas que se habían apagado, resurgían nuevamente y me cuestionaban: “¿está bien eso que haces?” “¿no se supone que una mujer no debe vender nada producto de su sexualidad?” Sinceramente, lo pensé poco y me pregunté a mí misma: ¿y si abro un OnlyFans?

No me daba miedo no vender nada, al final lo que me producía placer era el proceso y no la venta como tal. Lo que me daba terror (y me sigue dando pánico) era que mis padres o mi familia se enteraran, que me juzgaran y que me excluyeran, que hicieran cenas para hablar del “mal camino que había tomado” y de lo “descarrilada que estaba.” “Tan buena muchacha que era”, me imagino a mi tía diciendo esto y juntando sus manos mientras le sale un suspiro, como si mi vida le importara mucho.

Actualmente soy una puta virtual de closet con un OnlyFans medio deprimente (porque no tengo muchos suscriptores, ni un estudio con aparatos caros, ni tengo el cuerpo de Maribel Guardia) y mis padres no lo saben (o tal vez lo quieren ignorar voluntariamente). Algunas personas, cuando se enteraron de mi oficio, se alejaron (ya fuera por el estigma o porque no querían ver mi nachas al aire), pero muchas otras personas se quedaron conmigo, me siguen acompañando y me siguen dando todo el amor del universo. Esto es lo más importante, porque elles me brindan un espacio seguro para llevar a cabo mi trabajo, porque me siento acompañada, aunque sé que allá afuera hay un mundo que me quiere comer viva, porque saben que no soy ninguna víctima y que fue mi decisión. Porque saben que ser puta es parte de mi existencia, pero no la define por completo, porque como toda persona estoy conformada por complejidades.

Antes de terminar, me gustaría retomar una cita del trabajo que realicé para terminar mi maestría (una cita a mí misma, porque ya me dio el complejo del académico blanco), que me parece necesaria y que salió de mis entrañas: Para muchas personas, el trabajo y la sexualidad son incompatibles, por eso luchan por cerrar cuentas bancarias de trabajadoras sexuales, censurar y eliminar sus blogs/portales, exponernos públicamente y, al muy estilo medieval, lincharnos socialmente. No somos brujas, pero somos echadas a la hoguera. No somos santas, pero somos cubiertas cuando un pezón se asoma. No somos dignas de nombrarnos feministas, ni mucho menos de la salvación eterna. No somos ni mujeres, porque mujeres son sólo las “buenas”, las verdaderas recatadas y profesionales, nosotras las encueradas somos las pobrecitas que están en una “situación deplorable”.

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