Vivir con privilegios

Cuando pensamos en la palabra privilegio seguramente vienen a nuestra mente muchas cosas positivas: ventajas, exclusividad, trato especial, exención de obligaciones, lujos, entre muchas otras. Sin embargo, desde un punto de vista social, el privilegio va mucho más allá.

Desde esta perspectiva, cuando se habla de “tener privilegios”, se hace referencia a las ventajas y desventajas que tienen unos grupos comparados con otros, con base a la edad, el género, la orientación sexual, la discapacidad, la situación económica, entre otras. Es decir, aquellas ventajas (o desventajas) que tenemos por las simples características inherentes a nuestra persona o el entorno en el que vivimos.

Aunque hablar de los  “privilegios” empezó como un concepto académico, se ha ido extendiendo su uso hasta convertirse en un término popular fuera de la academia, especialmente entre grupos feministas y de derechos humanos, considerando que su estudio se encuentra ampliamente relacionado con las desigualdades sociales.

Por ejemplo, yo como mujer heterosexual en Yucatán, tengo el privilegio de contraer matrimonio civil en el momento que desee simplemente acudiendo al Registro Civil con mi pareja y ya. Caso contrario es el de las personas homosexuales que al día de hoy en nuestro estado, necesitarían atravesar por un camino mucho más largo que el mío (ante unos cuantos Tribunales) para acceder exactamente a lo mismo que yo.

A pesar de que el ejemplo anterior parecería bastante evidente, muchas veces identificar que somos personas privilegiadas no resulta nada sencillo. Si pienso por ejemplo en mis compañeras y compañeros de primaria y secundaria en Oxkutzcab (donde viví durante esa etapa de mi vida), podría darme cuenta de que la mayoría de ellas no han tenido la misma fortuna que yo tengo al haber concluido una carrera universitaria, lo cual sigue siendo sumamente difícil, sobre todo en el interior del estado.

Si pecara de soberbia podría creerme los comentarios de muchas personas de que seguramente es porque yo soy más inteligente o me he esforzado más que ellas. Sin embargo, es cierto que tuve el privilegio de nacer en una familia que pudo solventar económicamente los gastos para mudarme a estudiar a la capital del estado, que yo no tuve que trabajar para apoyar económicamente con los gastos familiares por lo cual pude enfocarme en mis estudios, y que en términos simples, mi familia en particular nunca me impuso límites personales o profesionales, ni me inculcaron que mi máxima aspiración era conseguirme un buen esposo, como sí pasó con muchas de ellas.

En este sentido, reconocerme como una persona privilegiada en dichos ámbitos, no demerita todos mis esfuerzos, ni anula todos los obstáculos que atravesé para concluir mi educación universitaria. Sin embargo, cuando negamos que tenemos algunas ventajas por nuestra pertenencia a ciertos grupos o por nuestras características invalidamos por completo las experiencias de las personas sin privilegios y sobre todo, minimizamos los obstáculos a los que se enfrentan.

Autora: Olga-Schikunov

Parte de las razones por las que muchas personas se resisten a reconocer que viven con privilegios, es porque eso significaría necesariamente el reconocimiento de que el éxito y los logros obtenidos no dependen únicamente de los esfuerzos propios, sino que también hay condiciones históricas y estructurales de desigualdad que dan soporte o que limitan cada una de nuestras acciones.

En un mundo donde el ideal de persona humana es un hombre joven, blanco, heterosexual, sin discapacidad, el concepto de los “privilegios” cuestiona la llamada meritocracia en donde se supone que cada quien tiene exactamente lo que se ha ganado y que por lo tanto merece. En mi opinión es importante reconocernos desde nuestra particular posición en la vida y cuestionarnos los privilegios que tenemos, así como aquellos de los que carecemos. Identificar lo anterior nos permitirá visibilizar las desigualdades sociales y luchar siempre por sociedades más justas e igualitarias. Porque todo aquello a lo que podemos acceder sin impedimento mientras otras personas no pueden, no son derechos, sino que son privilegios.

 

Estudiante de último semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma De Yucatán. Integrante de Amnistía Internacional Yucatán e investigadora sobre derechos humanos y perspectiva de género.

Siempre me estoy cuestionando todo y a veces escribo sobre ello.

Soy amante del impresionismo porque me hace pensar que en realidad la vida es una imitación del arte.

3 respuestas a «Vivir con privilegios»

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