Vicio, virtud, y el hombre

Los filósofos se han encargado de crear sistemas, en ocasiones complejos, que puedan explicar nuestro mundo. Parte de los temas que tratan de explicaron son las conocidas preguntas perennes -preguntas que el ser humano, a través del tiempo, se ha preguntado y que aparentemente no tienen respuesta-; y aunque la filosofía ha dado pasos avanzados y considera ahora temas como el género y el lenguaje, existen aún temas tan básicos como prácticos que siguen siendo persistentes. Entre los temas que casi cualquier persona reflexiona en algún punto de su vida, está el de la dualidad entre lo bueno y lo malo. Aunque el término de bueno y malo carga una fuerte connotación religiosa, podemos considerar otros conceptos que presentan una dualidad que marca por completo la forma en cómo se conduce y vive la vida el ser humano, los valores que lo limitan y lo definen.

Friedrich Nietzsche dedicó su primera obra a la dualidad existente en el mundo griego entre lo sagrado y profano, embriaguez y sobriedad, desenfreno y templanza en su obra “El nacimiento de la tragedia”. En ella considera que la genialidad de la cultura griega se manifestaba en su habilidad de balancear el espíritu apolíneo -representado por la templanza, la lógica, la razón y el arte escultórico- con el espíritu dionisíaco -representado por las fiestas, la diversión y el desenfreno-. Los griegos a través de las figuras de sus dioses Apolo y Dionisio nos muestran que el mundo es una antítesis y constante lucha entre estas dos fuerzas.

A lo largo de esta obra Nietzsche explica cómo paulatinamente el espíritu dionisíaco es reemplazado por el apolíneo, y este tomó su máxima expresión en Sócrates y Platón. Posteriormente, aparecería el cristianismo, al cual le tiene especial disgusto por su censura hacia la vida material y concreta. Contrariamente a lo que la gente por lo general piensa, el filósofo alemán no está en contra de una doctrina ética o moral, sino de una doctrina que no le dé peso importante a la vanidad de esta vida, pues la primera existe de manera espontánea y también necesaria. La filosofía futura que él anuncia debe tener un fuerte apego a las preocupaciones pequeñas de la vida, considerar la trivialidad -que muchos filósofos anteriores denunciaron-, y una renovada ligereza para poder desechar valores que la civilización occidental creía pilares fundamentales. Un pasaje de la cuarta parte de Así habló Zaratustra lo anuncia de excelente manera:

“Vosotros hombres superiores, esto es lo peor de vosotros: ninguno habéis aprendido a bailar como hay que bailar – ¡a bailar por encima de vosotros mismos! ¡Qué importa que os hayáis malogrado!
¡Cuántas cosas son posibles aún! ¡Aprended, pues, a reíros de vosotros sin preocuparos de vosotros! Levantad vuestros corazones, vosotros buenos bailarines, ¡arriba!, ¡más arriba!
¡Y no me olvidéis tampoco el buen reír!
Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: ¡a vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprendedme – ¡a reír!”

Así habló Zaratustra, Cuarta parte

Durante mucho tiempo se consideró que el ideal del hombre debía ser el de un hombre virtuoso, alejado de los vicios, seguro de sí mismo -mediante el autoconocimiento que la fórmula “conócete a ti mismo” impone-; sin embargo, el pesimismo de Schopenhauer y la vitalidad de Nietzsche, asó cómo el desenvolvimiento de la filosofía a partir del siglo XX nos viene a despertar de nuestro “sueño dogmático” y nos urge a reconsiderar nuestra concepción del hombre. Primero, el ideal del hombre será cuestionado ya que un ideal que crea en el hombre también debería de conocer la esencia de este; no obstante, la esencia de este ser es prácticamente incognoscible -como explica Martin Heidegger en sus cartas sobre el humanismo-. Segundo, los avances científicos influenciaron a las masas poniendo en duda la fe y la religión como comúnmente se había considerado, dando paso a un relativismo moral. La moral ahora no se representa más como una noción de actividad metafísica sino solo como un relato. Como Nietzsche explica en su prólogo a Richard Wagner, el arte ahora se convierta en “la actividad propiamente metafísica del hombre”. La estética y el arte ahora deberá volver a sus inicios: el ser una representación de la dualidad que existe entre lo apolíneo y lo dionisíaco.

Hermann Hesse en su obra “Siddhartha”, logra explicar la asimilación de esta experiencia entre ambas dualidades en el protagonista. Siddhartha, el hijo de un brahmán, empieza a su búsqueda por valores trascendentes mediante un ascetismo extremo. Posteriormente, relaja un poco su estándar dándose a los placeres de esta vida. Al final Siddhartha se presenta como un hombre que logra superar la moral de su tiempo, y en donde considera el sufrimiento y las situaciones triviales de esta vida como llenas de significado. Los placeres también le ayudaron a encontrar una respuesta a su búsqueda por el significado de esta vida. Mediante la síntesis de su experiencia ascética y de su andar por el mundo, logró llegar hacer de su vida un arte. Como consideración práctica, la vida humana también tiene ambas dualidades: vicio y virtud, desenfreno y templanza, Apolo y Dionisio. Un exceso de moralismo nos podría llevar a una intolerancia épica como la de finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna, mientras que una falta de valores y virtudes nos llevaría pronto a un mundo sin valor. Es a través de una síntesis entre estos elementos en lo que podemos convertir nuestra experiencia de esta vida en una genialidad

Estudiante de Economía del ITAM. Filósofo frustrado. Me gustan los temas de religión, filosofía de la historia, ética e historia de la Edad Media. Mi pensador favorito es Immanuel Kant.

Aún me falta mucho por leer y conocer, pero me encantaría releer y reinterpretar algunos filósofos olvidados de la Edad Media, ya que considero que pueden aportar soluciones a la crisis de espiritualidad y exceso de materialismo que vivimos hoy en día.

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