“Disculpe, ¿este veneno es bajo en calorías?” Seducciones y opresiones de la biopolítica neoliberal

Uno de los más entretenidos ejercicios que he encontrado en las redes sociales es aquel que sugiere una lista interactiva donde se señalen acciones o circunstancias que “se ven bien” si eres rico y mal si eres pobre. Si bien, aquellas en las que se señala la contrariedad de percepciones en cuanto a la relación entre el gobierno y la persona (por ejemplo, recibir apoyos económicos) son las más evidentes en su tarea de revelar las influencias que ciertas percepciones tienen sobre nuestras posturas políticas y económicas, existe otro rubro en el que desfilan una serie de situaciones en las que hemos normalizado el quebrantamiento de derechos humanos como el acceso al agua, al apuntar ejemplos como “beber agua de la llave”, la cual es una práctica saludable en países europeos, pero riesgosa en muchos otros lugares.

Beber agua limpia aparenta ser un privilegio, cuando es –está escrito– un derecho humano. A pesar de ello, el acceso al agua potable encuentra significativas dificultades a nivel global, que han quedado brutalmente evidenciadas durante la pandemia.

 Pero eso sucede en los vagones de un extremo. Imaginemos a la sociedad mundial como un tren, como nos es propuesto en Snowpiercer. A la cabeza encontramos a los vagones afortunados donde rebosan lujo y privilegio en tóxico maridaje; al otro extremo, la carencia y la desesperación. Esto repercute en la realidad en nuestros propios cuerpos y la manera de relacionarnos con ellos. Las preocupaciones que rondan en un extremo del tren no son las mismas a las que rondan el otro extremo. Lo hemos visto con la pandemia en las personas que no tuvieron otra opción más que arriesgar la propia integridad física por cuestiones de supervivencia, mientras un quizá más estruendoso sector de la población optó por salir de sus casas por motivos relacionados exclusivamente con el entretenimiento.

Así es como suceden las más dispares situaciones, que caen hasta en la ironía, como por ejemplo: la diabetes y otras enfermedades azotan con demoledora fuerza ciertas zonas por presentar uno de los más altos consumos nacionales de bebidas azucaradas, siendo esas mismas zonas donde existe menor y hasta nulo acceso al agua, cuando dicho recurso es explotado por famosas compañías embotelladoras. Será, tal vez, la transparencia que distingue al agua la que nos permite ver las disparidades con mayor claridad, pues aquello es una muestra de cómo la biopolítica neoliberal funciona mediante un desdoblamiento de opresión y a la vez seducción a través del consumo. Pero no es que les pobladores de aquellas zonas hayan optado por el producto perjudicial para su salud, sino que no contaban con opciones viables. La seducción del consumo no es tal en esos casos. Para ello sería necesaria una variedad de opciones, las cuales van abriéndose en los vagones delanteros, donde sería común encontrar pasajeros más preocupados por si un producto “engorda” a que si el mismo provoca daños a la salud; o pesa más si el producto fue patrocinado por una celebridad cancelada que los atropellos éticos de la empresa en el camino para producirlo. Como vemos, hasta los dilemas éticos se ven atravesados por la posición socioeconómica de cada persona.

La pregunta no se reduce a si consumir o no cierto producto nos hace buenas o malas personas, sino que debiera proponerse desentrañar los alcances éticos y morales que trascienden nuestras acciones individuales hacia la construcción del engranaje social al que pertenecemos. Superar, libre de pecado, el entramado moral que supone la existencia humana es un afán quizá imposible cuando la estructura social de aquello a lo que llamamos en modo genérico “mundo” y “gente” presenta inexcusables corrosiones morales desde su estructura más íntima, cuyas consecuencias son percibidas con mayor gravedad en unos sectores sobre otros, privilegiando unos cuerpos sobre otros.

Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *