Una vivienda propia

Por: Carla Luisa Escoffié Duarte

Las mujeres han sido descritas por la historia como seres hogareños. No estoy descubriendo ningún hilo negro si recuerdo que el hombre ha sido siempre el protagonista del espacio público y el dueño del espacio privado. La mujer, en cambio, ha sido la compañera y maternadora del hombre en el espacio privado. Ahí, adentro de la casa, lejos de las deliberaciones políticas, de los centros de trabajo y de los riesgos de toda libertad, la mujer ha estado condenada a anidar. Y son las mujeres las que han comprendido mejor que cualquiera las diferencias entre la vivienda y la casa, porque las han encarnado desde siempre.

La casa es un artilugio. Es una construcción física a base de materiales, la cual no depende de los seres humanos para existir. Una casa es una casa con o sin gente. Así esté deshabitada o derruida, su identidad se cumple por sí misma. Las que están abandonadas incluso parecen estar detenidas en el tiempo, como si la vida le fuera indiferente.

La vivienda, en cambio, es un proceso. No hay vivienda sin tiempo y sin vidas. No hay vivienda sin gente. Cuando hablamos de una vivienda hablamos de los elementos materiales e inmateriales por medio de los cuales una persona ejercer su irremediable necesidad de habitar un espacio. Por eso una vivienda siempre está en movimiento. Cada día es otra, cada día algo cambia. Por eso no recordamos una vivienda si no recordamos aromas, texturas, sonidos y sensaciones. Las casas solo son percibidas por los ojos. Las viviendas nos recuerdan que estamos con vida.

Pero a lo largo de la historia las mujeres han sido presas de ese dominio ajeno llamado hogar. No es solo una casa, pero tampoco es su vivienda. No suele ser su propiedad, pero tampoco la vida que habita en ella no suele ser la suya sino la del hombre. Que los tiempos han cambiado, sí; pero no por eso las mujeres son más dueñas de sus viviendas que antes. Incluso cuando logran alcanzar el privilegio de ser propietarias por sí solas, esta victoria tiene el costo de la doble jornada laboral que se requiere para poder hacer frente a un crédito.

En el marco del movimiento feminista se ha dicho mucho que los cuerpos son territorio a ser reconquistado, defendido y habitado. Sin dejar nunca que eso se nos pase por alto, creo que también debemos recordar que la vivienda es territorio. Es el claro ejemplo de que no basta estar para ser: a las mujeres se les ha negado ser en el sitio al que históricamente han sido obligadas a permanecer.

La lucha por una vida libre no será posible si no se incluye a la vivienda como uno de sus postulados. Si lo personal es político ¿por qué la vivencia en la vivienda no habría de serlo? ¿Por qué no plantear la exigencia de una política de vivienda feminista, con opciones que se adapten a las necesidades de las mujeres con o sin pareja, con o sin hombre? ¿Por qué habríamos dejar a las manos del azar las herramientas con las que las mujeres cuentan para evitar una situación de calle?

Este 8M no se marcha para abandonar nuestras viviendas, sino porque nunca se nos ha permitido entrar verdaderamente a ellas, sentirnos seguras, sin ser intrusas, con la libertad de ejercer nuestra intimidad y con la seguridad de que no se nos arrebatarán los sitios en los cuales nos hemos visto luchar hasta vivir.


Carla Luisa Escoffié Duarte dirige el Centro de Derechos Humanos de la Facultad Libre de Derecho de Monterrey. Ha participado en diversos litigios estratégicos con distintas organizaciones de derechos humanos y comunidades indígenas. Sus principales temas de trabajo son derecho a la vivienda, no discriminación y pueblos indígenas.

Twitter: @kalycho.

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