Un poco de) Historia sobre los corazones rotos

En 2013, unes arqueólogues encontraron dos esqueletos en una cueva en Cluj-Napoca, en Rumania. De acuerdo con el periódico rumano Adevarul, los dos esqueletos parecían pertenecer a dos personas que vivieron entre 1450 y 1550, y llamaron la atención de les arqueólogues porque estaban enterrados con las manos entrelazadas. Según los estudios subsecuentes, uno de los dos esqueletos mostró el esternón roto, por lo cual les arqueólogues asumieron que la persona en cuestión murió por un golpe con un objeto desfilado. Sin embargo, el otro esqueleto no mostraba ninguna señal de cómo murió la otra persona. Por lo tanto, una narrativa histórica se fortaleció rápidamente en Rumania: los esqueletos pertenecían a un hombre que murió en un accidente y a una mujer que, en ausencia de la persona que más amaba, murió a costa de un corazón roto. Incluso, si esa no es la verdadera historia de esos cadáveres, el fantasma de un amor sin éxito y un corazón roto (con el entendimiento contemporáneo de dolor y decepción alrededor del concepto) ahora rodea a los esqueletos de Cluj-Napoca. Aunque el concepto de “corazón roto” como emoción apela a sentimientos dolorosos, íntimos e individuales, la Historia lo muestra también como un sentimiento universal, que ha trascendido civilizaciones enteras y se ha convertido en una institución secular.

La metáfora del corazón roto fue primeramente encontrada en las escrituras hebreas. El concepto no fue originalmente ligado al amor romántico, sino a “un dolor y una tristeza más generales”; a una idea de que, al igual que un ser humano puede romperse una pierna o un brazo, el ser humano también podría romperse por dentro. Esta metáfora fue ligada a gente “arruinada, atada y perdida”, con un corazón que se asemeja a un incendio y causa que todos los huesos de una persona puedan sacudirse. Este estado de alma también era ligado al pecado, a un corazón que es más miserable porque está lejos de Dios, y era curado cuando estaba cerca de Él. Así, el origen de la metáfora del corazón roto “no es psicológico o fisiológico”, sino que se refiere a un desapego de valores teológicos que, según una narrativa bíblica, arruinan el alma humana. Sin embargo, el discurso occidental del corazón roto se fue secularizando después del siglo XVI. Un ejemplo es un verso reconocido de la obra de William Shakespeare, Macbeth: “dad dolor a las palabras; el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe”. El verso ya no se refiere a un corazón roto en un sentido bíblico, habla de un dolor que necesita verbalizarse; de un dolor que puede causar llantos y gritos; de un dolor no relacionado con Dios, sino con uno mismo, y su expresión ante el mundo. Sin embargo, aunque la metáfora sea producto de una secularización de pasajes bíblicos, ¿el sentimiento es verdaderamente universal?

En su libro El arte de amar, el autor Erich Fromm identifica el amor bajo un discurso de “un refugio de la sensación de soledad que, de otro modo, sería intolerable”[1]; como una construcción social –encaminada hacia el matrimonio– para que el ser humano forme un sentido de equipo y comunidad en una modernidad donde su trabajo, su diversión y su comunicación están sujetos a un capitalismo basado en que el ser humano consuma cada vez más. En este contexto, Fromm identifica que existen “formas frecuentes de amor irracional”[2] que pueden causar síntomas de un corazón roto secularizado como consecuencia de un intento de sumergimiento en el amor romántico. Algunos ejemplos de este amor irracional son el amor idolátrico –la proyección idealista y extremadamente virtuosa de otra persona como consecuencia de un vacío desesperado y una falta de personalidad arraigada dentro del individuo– o el amor sentimental –amar con base en deseos y fantasías, en vez de vivir una relación con otra persona en vida real–. Si la premisa de Fromm es cierta y el ser humano ha sido obligado a buscar amor en instituciones como el matrimonio para contrarrestar la soledad y el capitalismo separatista, entonces es fácil que encontremos estas decepciones y pseudoamores en el proceso de buscar a una pareja. Mediante un deseo de construir comunidades, diferentes formas de amar –y enfrentar un corazón roto, siguiendo la metáfora– surgen, y por eso, los dolores del corazón roto, a pesar de tener un origen bíblico, son seculares y universales.

Últimamente, Fromm define el amor como una capacidad de ser humano “ligada a la responsabilidad, el respeto y el cuidado de les demás”. Sin embargo, para muchas personas, ese proceso de vivir el amor bajo esos valores no siempre es linear. Frecuentemente, el amor –o intento de amar, o de ser leal con alguien más– puede enfrentarse con diferentes obstáculos: pérdida, error, falta de responsabilidad y cuidado por les demás, y falta de comunicación. Estos temas han recibido gran representación en libros, películas[3] y diversas obras de arte, lo cual sustenta la universalidad del querer amar, y de la decepción por no poder amar como quisiésemos todo el tiempo.

Aunque este artículo no tuvo una narrativa particularmente hilada hacia un momento en la Historia, su propósito es probar que es frecuente caer en formas de amar que causen algún tipo de corazón roto; que hundan el alma en tristeza que, a veces, hable y, a veces, gima dentro del corazón hasta romperse, como lo escribió Shakespeare.El deseo de amar y ser amade es diverso y no siempre se cumple; no siempre es recíproco y no siempre toma en cuenta el cuidado, tanto propio como ajeno. Sin embargo, si alguna vez caemos en ese tipo de dolor, si alguna vez no conseguimos que esa tristeza hable antes de rompernos, al menos, tenemos dos tipos de consuelo. El primero es que un corazón roto es una experiencia que nos puede enseñar a amar mejor en el futuro. El segundo es que, así como esos esqueletos en Cluj-Napoca lo evidencian, numerosas personas dentro del tiempo y de la Historia nos han acompañado, nos acompañan y nos acompañarán en ese proceso. Al final del día, es parte de ser humano.


[1] Erich Fromm, El arte de amar (España: Paidós, 1983, reimpreso en 2019), 121.

[2] Ibíd, 132.

[3] Ibíd, 132-133.

Él/He

Tengo 21 años y estudio Derecho en el CIDE. No escribo porque sepa algo en específico; lo escribo porque me interesa mucho saberlo. Mis intereses principales son de sociedad y música, pero intento aprender todos los días de todo lo demás.

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