Un grillete llamado felicidad

La antigua Grecia es famosa por considerarse la cuna de la civilización y la filosofía occidental. Ya desde los tiempos de Epicuro –incluso mucho antes– los placeres terrenales, así como los bienes inmateriales, ocupaban el centro de las disertaciones filosóficas, éticas y religiosas, es decir, de todos aquellos campos donde se intersectan acción y pensamiento. No es ninguna novedad que los seres humanos llevemos ya un buen rato teorizando en torno a la felicidad, el placer, la satisfacción, lo bueno y la bondad, y especialmente obedeciendo la tendencia platónica o aristotélica, según sea el caso, de ponderar unos bienes sobre otros, generalmente materiales o carnales contra espirituales.

Si ya la felicidad, la dicha, el gozo, el bien, el placer y la virtud suponen alcances conceptuales complejos y multidimensionales, mucho más enredado puede sugerirse el camino hacia ellos, hacia su concreto ejercicio y manifestación. Lo anterior aparenta poca concordancia con algunas corrientes de pensamiento y estilos de vida en boga, las cuales, según nosotres, se distinguen por la libertad y, sobre todo, por la espontaneidad, presentes en la irreverencia con la que se ha querido caracterizar a la generación “Z”. Es parcialmente falso que vivamos bajo el principio máximo de la lomografía, “don’t think, just shoot”, pues, en primer lugar, el pensamiento rara vez puede separarse del cuerpo, siempre hay ideas corriendo por nuestra sangre y rebotando entre las inquietas neuronas que capturan el entorno, cotejando las escenas exteriores con aquellas que han sido grabadas en el interior. Habiendo señalado que hay mucho más pensamiento en el no-pensar, conviene pasar al segundo punto que demuestra que la idea de espontaneidad no es más que un caballo de Troya invadiendo la cabina de control: es verdad que parece que no estamos pensando, pero en realidad lo estamos haciendo, quizá –o sobre todo– no por nosotres mismes. Como decía Borges en su célebre poema “Ajedrez”:

No saben que la mano señalada 
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
 

Este juego que nos sujeta a sus limitados recuadros se ha impuesto con una astucia demoniaca que nos hace creer que somos nosotres quienes persiguen algo por alguna razón, cuando el algo y el por qué son artificiales.

Es, desde luego, ingenuo que se deslicen sin sospecha las palabras “life, liberty and the persuit of happiness”, con las que Thomas Jefferson señala la igualdad entre todas las personas en la Declaración de Independencia de Estados Unidos, considerando que el propio Jefferson alcanzó el numero de 260 esclavos bajo su “propiedad”. Y aquí es cuando se intersecta el ayer y el hoy, pues algunos Ilustrados y humanistas han sido los reyes de las contradicciones, como el citado ejemplo del padre fundador de la potencia americana, o Rousseau, el pensador que influenciaría intelectualmente al mencionado expresidente, quien escribió prolíficamente sobre cómo educar a les niñes, habiendo abandonado al suyo.

La idea ilustrada de que la igualdad humana implique el derecho a perseguir la felicidad, sumada a la noción histórica que defiende que el conocimiento científico es el camino hacia el progreso humano permanece en nuestro sistema de vida presente. Precisamente, distintos filósofos contemporáneos han señalado que atravesamos una Segunda Ilustración, donde la digitalización y la información cobran un espacio central. Hasta el día de hoy perdura insistente la idea de que la educación y la ciencia son la clave para alcanzar el progreso, y que la felicidad es el fin último de cada persona. Ahora bien, si el hombre que dijo que todos los hijos de Dios nacen iguales tenía más de doscientos esclavos, cabe un arsenal de dudas sobre sus palabras.

Sammy Williams @sammywilliams en Unsplash.

Tenemos consciencia de que existe un bombardeo ideológico que controla nuestras acciones y omisiones. Como sociedad, no tenemos la cabeza vacía (aunque muchas veces eso parezca), sino todo lo contrario: cargamos con un pesado e invisible software que nos dicta qué creer y hacer, el cual se actualiza con pavorosa constancia. Dicho software es instalado por la clase dominante, como a la que pertenecía Thomas Jefferson en vida. Hasta la fecha la felicidad continúa siendo una especie de brújula en la vida de los seres humanos, perfectamente maleable por su cualidad de indefinida e incontenible.

La felicidad en el capitalismo se relaciona con el consumo, y la columna vertebral de tal sistema socioeconómico es la noción de carencia, toda vez que los recursos existentes son limitados, y nuestras aspiraciones ilimitadas. Esto, naturalmente, hace de la “felicidad” un horizonte permanente, inalcanzable, que es, por un lado, inmarcesible y, por otro, obsoleta y rancia una vez conquistada. Los medios para conseguirla serán siempre insuficientes y multiplicados. El esclavizante mito de la felicidad es un canto de sirenas. Siempre futura, siempre brillante, siempre aparente. ¿Qué podría salir mal?

Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

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