El verdadero monstruo en la nueva temporada de Stranger Things es “decir adiós”

Tuvieron que pasar tres temporadas para que Dustin Henderson —nuestro personaje con displasia cleidocraneal favorito— se consiguiera una novia, “Suziepooh”, la cual sonaba ficticia y parecía un muy mal pretexto para instalar una especie de transmisor conocido como “Cerebro” (clara referencia a la máquina utilizada por el Dr. Charles Xavier en X-Men), gracias al cual salvan el día interpretando el mejor número musical de toda la serie con “Never Ending Story” de manera épica. Eres grande, “Dustibun”.

Así comienza el principio del fin de la tercera temporada de Stranger Things, la cual, si bien ofrece un poco más de lo mismo, nos da exactamente lo que queremos ver: un verano bizarro.

Después de haber sembrado poco a poco el misterio que envuelve al poblado de Hawkins con la presentación de Eleven —una niña con poderes psíquicos y telequinéticos—, el Demogorgon —monstruo con cara de flor carnívora— y el Upside Down —mundo alterno en donde habita el Demogorgon— durante la temporada 1; la plaga de “demodogs” —Demogorgon versión cuatro patas— el “Mind Flayer” —criatura arácnida gigantesca— y un portal del cual provienen dichas amenazas en la temporada 2; la temporada tres añade un último elemento a este conjunto de irregularidades: la Rusia soviética.

La trama tipo “comunistas planeando el fin del mundo” —tan utilizada en los ochentas para presentar a la URSS como la enemiga del “mundo libre” y a Estados Unidos como el salvador de la humanidad—, captada perfectamente por Erica, la hermana menor de Lucas, —You can’t spell ‘America’ without ‘Erica’— es el hilo que nos conduce por una serie de eventos sumamente dramáticos, probablemente impropios de una serie de este tipo, pero que la ubican precisamente en un escalón de mayor madurez y trascendencia.

Stranger Things no es una serie sobre criaturas asquerosas y conspiraciones gubernamentales, sino que es una serie sobre el significado de ser joven, de crecer o madurar, y este proceso no lo vemos únicamente a través del elenco adolescente. Jim Hopper es, aparentemente, un jefe de policía tosco y malhumorado; sin embargo, en realidad utiliza estas actitudes como método de defensa para así no abrirse debido al temor a ser herido de nuevo por el destino. La relación que establece con Eleven, padre-hija, conforma un arco sumamente conmovedor, en el que se ve obligado a aprender a comunicarse y expresar sus sentimientos.

Son precisamente “El” y Mike quienes desatan esta necesidad en Hopp a través de las múltiples visitas de éste para besarse mientras escuchan “Never Surrender” de Corey Hart, y así romper una regla básica pero incómoda: dejar la puerta de la habitación entreabierta, al menos unos 10 centímetros.

Mientras Mike y Lucas lidian con los pormenores de lo que significa tener una relación sentimental, Steve Harrington, el rey de la preparatoria venido a menos, enfrenta un nuevo reto: convertirse en adulto. Al no haber podido inscribirse a la universidad, Steve se ve orillado a trabajar como heladero junto a Robin que, en un auténtico giro inesperado, resulta ser el primer personaje LGBT de la serie. Durante algunas conversaciones —en situaciones poco fortuitas— se sinceran y comprenden los diferentes roles que alguna vez jugaron cuando compartían una clase, en la cual Robin era invisible y Steve un idiota. Me parece llamativa la debacle —o deconstrucción— de Steve a través de las relaciones más inverosímiles y bellas, como el dúo que forma con Dustin en la temporada 2, adoptándolo como una especie de “padawan”, curiosamente, en un ambiente que ya no domina.

Nancy y Jonathan comparten el mismo destino que los heladeros, pero de una manera más… ¿digna?, trabajando como pasantes en un periódico, sirviendo café y revelando fotos respectivamente. Con colegas machistas y groseros, Nancy le hace honor al apodo que le ponen en la redacción, “Nancy Drew”, personaje detectivesco de la literatura norteamericana, al decidirse a perseguir una historia: ¿qué le sucede a la rata atrapada por la señora Driscoll? La nota es desechada por su jefe y ridiculizada por Bruce, quien, poseído por el “Mind Flayer”, los perseguirá en un hospital haciendo honor a dos de los fotogramas más famosos del cine: la caminata por el pasillo y el asomo por la puerta de Jack en “The Shining”.

En cuanto al resto de los personajes, Will, quien nunca puede pasar un momento de paz, funciona como alarma sensorial cuando el “Mind Flayer” está cerca; Max asesora a Eleven en el mundo de la moda, los hombres y los cómics; Billy, su hermano, un matón dedicado a seducir mujeres mayores, es la primera víctima de este monstruo, comenzando una cruzada para reclutar súbditos que posteriormente serán sacrificados para hacerlo más fuerte. Billy también experimenta una especie de redención, y podemos saber más de sus motivaciones y miedos, alimentados por sus traumas del pasado. Aquí, Stranger Things enseña —nada nuevo— que toda persona violenta tiene un pasado violento, y quisiera recalcar la analogía, a través de un huracán, con la que presentan esto: mientras Eleven indaga en su mente y descubre que el ojo —la zona de completa tranquilidad en medio de una tormenta— es el momento y lugar exactos de su posesión maligna, mientras la tempestad es, en efecto, esa difícil niñez y adolescencia.

Durante toda la temporada se muestran los distintos procesos de desapego y despedida por los que, inevitablemente, tendrán que pasar los protagonistas. Will comienza a vivir crisis existenciales sobre su tardía infancia, mientras sus amigos ya pasaron a otro plano en el que jugar “Calabozos y Dragones” no es prioridad. Joyce, su madre, necesita un nuevo comienzo, lejos del lugar donde ha pasado sus peores momentos y se han dado sus más grandes pérdidas. Hopper aprende a sacrificarse por un bien mayor. Eleven y Mike, así como Jonathan y Nancy, enfrentan la inevitable distancia que en ocasiones se interpone en las relaciones. Steve asume que el dolor es necesario para crecer. Y Dustin, con quien comenzó este texto, comprende que la verdadera amistad no sabe de fronteras.

Si bien, todo el drama ruso, monstruoso y sentimental no es ninguna novedad, Stranger Things ha sabido construir a unos personajes que, junto a la evidente nostalgia mercadológica, nos hacen disfrutar, reír y hasta llorar, como alguna vez lo hizo nuestro “yo” adolescente inmaduro, enamorado y ñoño.

Fondea el contenido joven

YucaPost es un proyecto autogestivo y sin fines de lucro. No recibimos patrocinios privados ni fondos públicos, pero tú puedes ayudarnos suscribiéndote a nuestro Patreon o haciendo una donación por PayPal. Tu apoyo será destinado exclusivamente a pagar costos de dominio, mantenimiento y alojamiento.

Guionista yucateco radicado en la CDMX. Escribo sobre películas, series y debates del momento.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *