Por qué la nueva temporada de Black Mirror está bien “meeeh”

El Primer Ministro de Inglaterra debe de mantener relaciones zoofílicas con un cerdo, y que estas sean emitidas por televisión para poder rescatar a la princesa Susannah, la cual se encuentra secuestrada. Martha acaba de perder a su novio, así que pide una réplica del mismo por correo. Dos mujeres se enamoran al encontrarse en un especie de “Nunca Jamás” para personas que están a punto de morir; ese lugar se llama San Junipero.

Black Mirror nos pegó como audiencia —desde mi perspectiva— al colocarnos frente a dilemas morales en los que la tecnología se lleva hasta sus últimas consecuencias, como puede notarse en los episodios antes descritos. Recuerdo que, en su momento, muchos comentarios eran parecidos a los que hoy genera Chernobyl, en cuanto a cómo nos descoloca emocionalmente y nos lleva a experimentar —de una manera bastante más superficial— lo que los personajes están viviendo.

¿Qué haríamos si pudiéramos acceder a nuestros recuerdos de manera ágil gracias a un chip incrustado en nuestra cabeza? ¿De verdad nos importan tanto los likes y la imagen que los demás tienen de nosotros en las redes sociales? ¿Qué tan loco te pondrías si vivieras como un hamster encerrado en un ambiente donde no tienes libre albedrío? Estos ejemplos —normalmente ambientados en el futuro o en mundos distópicos— ponen a la tecnología en entredicho sin culparla por completo, ya que todo depende de cómo se utilice. El gancho está en que casi cualquiera podría plantearse esas preguntas viendo Black Mirror, y sorprenderse —o no— de las respuestas.

El problema de la más reciente temporada (5) es que los dilemas que presenta terminan por ser más humanos que tecnológicos, es decir, la tecnología es parte del conflicto mas no el conflicto en sí. Es por ello que los episodios terminan por parecerse muchísimo a otros contenidos, y no a historias que bien pudieron salir de la imaginación de Orwell, Bradbury o Huxley:

El primero se titula Striking Vipers, nombre del videojuego —estilo Mortal Kombat— que Karl le regala a Danny, su mejor amigo, en su cumpleaños.  Al principio vemos a Danny cortejando a una mujer en un bar y, momentos después, nos damos cuenta de que en realidad es Theo, su novia, ya que a ambos les “excitan” los juegos de rol improvisados. Es precisamente este “gusto” lo que, 11 años después, replanteará la vida de Danny —ahora casado con Theo.

El videojuego tiene la particularidad de trasladar la mente del jugador a la pantalla de manera literal. En el mundo real, la persona queda en un estado de somnolencia, mientras que en el virtual, es introducido al cuerpo del personaje que escoja y puede elegir qué movimientos hacer, casi en carne propia. También experimentará todo lo que sentiría el personaje en esas circunstancias. Es entonces cuando, en medio de una pelea, Karl y Danny se besan (o bueno, sus avatares) y entonces, “el juego de rol”, los somete a una disyuntiva de su propia sexualidad.

El segundo episodio pareciera sacado de CSI o cualquier programa policiaco. Un hombre con evidentes problemas de ansiedad se hace pasar por conductor de Uber y secuestra a un trabajador de la empresa tecnológica Smithereens (nombre del capítulo) —cuya principal app es una especie de Twitter— sin saber que, en realidad, es tan solo un becario. La policía de Londres lo persigue y termina sin escapatoria en medio de un campo. Su única demanda es hablar por teléfono con Billy Bauer, CEO de Smithereens, de lo contrario, matará a su rehén. Casi al final nos enteramos de la relación que tiene la app con el desequilibro mental de este sujeto: provocó un accidente al atender una notificación en su celular.

El tercer y último capítulo tiene la novedad de contar con Miley Cyrus en su elenco, cuyo papel es… —pretends to be shocked— ¡artista pop!

Rachel, una adolescente sin amigos, idolatra a Ashley O (nombre del personaje de Miley) y pide de cumpleaños una muñeca con inteligencia artificial basada en la cantante y que, incluso, reproduce su voz. Rachel vive con Jack, su hermana, (Rachel, Jack y Ashley Too es el nombre del episodio) y su padre, que se gana la vida “exterminando” ratones y desarrollando una tecnología para capturarlos sin tener que matarlos.

Ashley O —como un Luis Miguel cualquiera— sufre la presión de su tía, la cual busca explotarla y sacarle el mayor beneficio económico. A partir de un macabro atentado para lanzar un nuevo disco de 10 canciones, la trama se desarrolla con el mismo espíritu que una mala película de Disney Channel. Tal cual, no estoy exagerando. Como acotación para quien ya lo vio: ¡TACO DE CAMARÓN! ¡¿ES EN SERIO?! Añadiendo que uno de los personajes se llama “Jack Habanero”… I’m done.

En conclusión, las tramas que antes nos sumergían en profundos dilemas existenciales respecto a nuestro uso de las nuevas tecnologías de información, terminan por ser, en esta temporada, meras problemáticas de sitcom, película de acción o programa infantil, provocando que ya no las sintamos tan cercanas —dentro de lo que cabe— y, mucho menos, interesantes.

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Guionista yucateco radicado en la CDMX. Escribo sobre películas, series y debates del momento.

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