Tuberías Defectuosas: En Defensa de Rue Bennett

No recuerdo su nombre, no recuerdo muchas cosas de mi pasado (por razones que serán claras más adelante), pero llamémosle Santiago, lo recuerdo con cara de Santiago. Yo acababa de ser internado en una clínica psiquiátrica privada, por voluntad propia (aunque no tenía mucha voluntad en esos tiempos), luego de un intento de suicidio. Estaba harto de todo, me dolía vivir, tomarme 84 pastillas parecía ser la única forma de callar las voces (metafóricas y, en ocasiones, reales) de mi cabeza.

Y llega este tipo, rubio, blanco, claramente de clase alta, hacia mí. Éramos los únicos dos en la clínica, él iba de salida ese mismo día, y yo era la primera de las personas que iban a internarse en el nuevo ciclo. Se acercó a mí y me hizo una serie de preguntas tan rápidas que ni siquiera pude procesar la primera, sentí que invadía mi espacio personal, me invitó a jugar ping pong, cosa que yo odio. En resumen, yo estaba total y absolutamente harto de su incesante optimismo. Pasé la tarde fingiendo interés en sus actividades. Yo odiaba vivir y él parecía estar pacheco con la vida misma. Se despidió de mí, me abrazó y me dijo “vas a estar bien, de verdad. Ahora no lo parece, sé que estás emputado con todo y con todes, pero vas a estar bien.”

Cuando se fue, solo quedamos el psicólogo encargado y yo (las enfermeras rara vez interactuaban con les pacientes, así que nos acostumbramos a que estaban y no estaban). Yo no quería hablar de mí mismo, así que hablamos de Santiago. Resulta que tenía experiencia estando pacheco con mucho más que la vida misma. Tachas, coca y todo tipo de estupefacientes (la gota que derramó el vaso fue cuando se hizo adicto al “crico”). Había estado internado por dos meses. La imagen que me pintaba de Santiago era totalmente opuesta a lo que yo había visto. ¿Estaba fingiendo o de verdad se había curado en un par de meses?

“Ni una ni la otra,” me dijo el psicólogo, “de verdad está bien por ahora, porque está en una clínica, lejos de las fiestas, lejos de las drogas, lejos del resto del mundo. No te voy a mentir, cuando salga y tenga problemas, va a buscar las drogas de nuevo, todes lo hacen. Pero en el caso de Santiago estoy seguro de que apenas empiece a hacerlo, va a recordar su estancia aquí y se va a detener.”

Mucho se ha hablado de Rue Bennett las últimas semanas, el personaje de Zendaya en la serie Euphoria. Se le tacha de egoísta, desconsiderada, manipuladora. Las reacciones ante ella son de enojo, repudio, rechazo. Muchas personas incluso han deseado abiertamente que lo mejor es que Rue muera y el show se concentre en les otres personajes. Quiero creer que estas reacciones son de personas que nunca han tenido que lidiar con la adicción, propia o de alguien cercane, en sus vidas. Porque quien lo ha hecho entendería que sí Rue es una egoísta, una desconsiderada y una manipuladora, pero, ante todo, Rue es una adicta y es precisamente por eso que no merece nuestro odio, merece nuestra empatía.

Yo padezco de depresión, ansiedad, autismo y bipolaridad; Rue padece de depresión, ansiedad, TDAH y bipolaridad. No es difícil entender por qué simpatizaría tanto con ella. Entiendo perfectamente esa sensación de no poder callar las voces en tu cabeza, de necesitar ayuda de algo, de que los medicamentos no parecen servir y la terapia solo aburre. He estado ahí, de hecho, estuve ahí a los 17 años, la edad de Rue en la serie. Toqué fondo a los 19 años, dos años después. Fui internado en un psiquiátrico luego de que mi cerebro sufra un reinicio completo, en parte autoinfligido. No solo eso, sé además cómo funciona la mente de les adictes, porque yo soy uno.

Quizás la mejor forma de explicarlo sea mediante el sponsor de Rue, Ali:

“No eres drogadicta porque eres una mierda de persona. Eres una mierda de persona porque eres drogadicta. No eres una mala persona desde que naciste, al nacer eras una linda niña que, sin saberlo, tenía un par de cables cruzados. Cuando probaste las drogas por primera vez disparó algo en tu cerebro más allá de tu control. No es cuestión de voluntad o de fuerza. Has estado en desventaja desde tu primera dosis.”

“No es cuestión de voluntad o de fuerza. Has estado en desventaja desde tu primera dosis.” (via Digital Spy)

El detonante de Rue para consumir sustancias fue el que su padre haya padecido cáncer y ella lo haya visto morir poco a poco. Sin embargo, aquí resuenan las palabras de Ali; muchas personas viven situaciones traumáticas, muchas personas consumen sustancias durante periodos difíciles para sobrellevarlo y no presentan ningún problema, pero un número más reducido nació con una configuración cerebral lo suficientemente diferentecomo para hacer que no tengan autocontrol.

Hay algo que las personas neurotípicas aún no comprenden de la neurodivergencia: la deficiencia de dopamina. La dopamina es el neurotransmisor relacionado a sensaciones placenteras y de relajación. Las personas con neurodivergencias como trastornos de ansiedad, depresión, TDAH, Bipolaridad, TLP, etc. no producen los mismos niveles de dopamina que el resto de la gente, producimos mucho menos. La consecuencia de esto es que constantemente tenemos que buscar ese placer en cualquier estímulo momentáneo que lo produzca.

Así es, les neurodivergentes no caemos en adicciones porque queramos sentirnos bien, caemos en adicciones porque queremos sentirnos normales, esa sensación de normalidad que para las personas neurotípicas es el estándar, para nosotres es una lucha constante de estímulos que tenemos que darnos uno tras otro para no perder el ritmo, para mantener el flujo. Si dejamos que el flujo disminuya, sentimos un profundo vacío que amenaza con consumirnos.

Mi psiquiatra describe el cerebro como una serie de tuberías. El autocontrol (de impulsos, emociones, conducta, etc.) es un switch. El cerebro neurotípico presiona ese switch y las emociones fluyen a través de la tubería, cuando son demasiadas, vuelve a presionar el switch y estas se drenan. Todo en orden. En el cerebro neuro atípico no tenemos ese switch, solo tenemos un botón. Y ese botón solo sirve para realizar una acción: iniciar el flujo. Las emociones empiezan a fluir: tristeza, ansiedad, miedo, ira. Pero entonces llegan al nivel adecuado, así que el cerebro presiona el botón, pero nada pasa. Las emociones siguen fluyendo y fluyendo. El cerebro se inunda de ellas, sentimos que nos vamos a ahogar por un tiempo interminable hasta que estallamos, la única forma de drenarnos.

Y entonces, llega algo a nuestras vidas, algo que al consumirlo ¡PUFF! detiene el flujo de lleno. Ya no nos ahogamos, funcionamos con normalidad. Pero su efecto pasa y las emociones vuelven a sobrecargar la tubería, así que lo consumimos otra vez. Y otra y otra y otra. Porque solo con ese algo podemos experimentar el lujo que es una mente que está bajo control.

Otro paciente que conocí, llamémoslo Jorge, porque no recuerdo su nombre tampoco, fue descubierto una vez por el psicólogo jugando los bolsillos de su chamarra. “Es que tienen restitos de weed,” dijo algo ansioso, “olerlos me relaja”. Para Jorge, la marihuana, el alcohol, el thinner, y otras sustancias, eran un refugio de una situación terrible en casa, abuso, violencia intrafamiliar, agresiones físicas y psicológicas constantes.

Jorge constantemente se justificaba con “es que no es adictiva.” Y tenía razón, actualmente no hay evidencia científica alguna de que la marihuana produzca dependencia en el cerebro. Sin embargo, de Jorge aprendí que no tiene que haber dependencia para haber adicción, solo debe haber una pésima situación de vida y receptores de dopamina lo suficientemente dañados. El psicólogo tomó los cigarros de Jorge, su único reemplazo socialmente aceptado para poder sobrellevar la falta de las otras sustancias para regular el flujo de su tubería, y teniéndolo en frente, tomó un vaso de agua y los metió uno por uno ahí. La cara de impotencia que vi en él no se puede describir con palabras.

Al final, el psicólogo le preguntó si quería el último cigarro que quedaba o si lo guardaba para celebrar cuando lo den de alta. Jorge pidió el cigarro. El psicólogo le dijo que realmente ya había mojado todos. Pero sacó uno y se lo dio para reponer. “Sécalo un rato al sol y yo creo que sí se puede fumar”, le dijo. Jorge corrió hacia el jardín y se sentó en el pasto con el cigarro bajo el sol de medio día, esperando.

Yo confronté al psicólogo “¡está siendo demasiado cruel!” Su cara se puso seria y me dijo “si no lo soy, me arriesgo a que no aprenda nada. No te han tocado esos casos aquí y espero que no te toquen, pero créeme que la terapia de shock es necesaria”. Se levantó, caminó hacia Jorge y le dijo “oye, es solo un cigarro. ¿Te das cuenta de todo lo que estás haciendo por solo un cigarro?” Jorge se puso a llorar hecho bolita, abrazando al cigarro, bajo el sol, cubierto de pasto y tierra. Fue su momento de tocar fondo. Cuando fue dado de alta y solo regresaba a terapia una vez a la semana, supimos que ni siquiera fumaba. Era difícil, pero cada vez que lo hacía recordaba el sol en su cara y el olor a tabaco mojado y sentía asco.

Un mes después, conocí uno de los casos de los que el doctor hablaba, llamémosle Andrés, porque no recuerdo bien su nombre. Andrés se metió sustancias de las que yo ni siquiera me sabía el nombre, la única que recuerdo era la ketamina, un anestésico que se usa como tranquilizante para caballos. Su familia lo ignoraba y el buscaba detener ese flujo de depresión con cualquier cosa, cuando al fin atendieron el problema, ya era muy tarde. El daño en su cerebro por haber escalado a sustancias cada vez más fuertes había oxidado su tubería. Andrés ya presentaba paranoia y alucinaciones con o sin drogas en su sistema, no podía tocar fondo ni lo haría nunca, porque ya no estaba del todo presente. Se le transfirió a un hospital psiquiátrico privado (su familia era extremadamente rica) para ser residente permanente.

Y así conocí muchas personas, muchas “Rues”. Como uno, digámosle Julio, que se hizo adicto a las apuestas para escapar de sus problemas en el trabajo. Perdió la camioneta de su esposa en el casino y entró en un ataque de ansiedad tan grande que tomó un bate y rompió todo lo que se pudiese romper en su casa. O como, digámosle Bernardo, que por consumir demasiadas drogas alucinaba que era poseído por un demonio cada vez que sentía venir un ataque depresivo. O como, digámosle Sonia, que sentía tanta ansiedad por ver a una madre que la juzgaba, insultaba y llamaba gorda que solo con estar con ella vomitaba como reacción ante los nervios, se volvió adicta a cortarse los brazos para poder detener el flujo en su tubería.

Pero el caso que quizás más me ha afectado fue el de un joven, digámosle Rubén, que siempre presentó ruido en su mente, un ruido que no podía callar a menos que estuviera en el celular, o jugando videojuegos, o comprando cualquier cosa, mientras más cara mejor, y se consolaba con “al menos no son drogas.” Y no lo fueron hasta que tomó Clonazepam por un ataque de pánico y experimentó por primera vez el dulce sonido del silencio.

“Al menos es legal, me la recetó el doctor para cuando me sienta mal y yo me siento mal,” se dijo, sin tener en cuenta que el Clonazepam solo se recomienda en casos de emergencia debido a su potencial adictivo y al hecho de que el cuerpo desarrolla tolerancia luego de dos semanas de uso. Rubén lo tomaba cada jueves, porque no es adicción si lo necesitas, él estaba enfermo y eso es medicina, no es un problema, ¿verdad? Obviamente no es un problema.

Rubén, que fue víctima de negligencia médica y sobremedicación toda su vida y que, cuando acudía a los doctores a preguntarles si no le haría mal tomar catorce pastillas al día, le decían que para nada (a pesar de que aún era menor de edad y su cerebro no había terminado de desarrollarse), que si necesitaba el Clonazepam entonces que lo tomara libremente. Rubén, que, por esta combinación de negligencia médica, sobremedicación, trauma complejo y una adicción al Clonazepam que no supo que tenía sino hasta muchos años después; terminó con daño cognitivo y tiene problemas de memoria de corto plazo, atención y concentración hasta el día de hoy.

Rubén, que en realidad se llama Rafael y mientras escribe este artículo, y queno le cambió los nombres a estas personas que tocaron tanto su vida para proteger su identidad, sino que de verdad no puede recordarlos porque todo este collage de crisis de vida dañó tanto su cerebro que desarrolló amnesia disociativa y no recuerda casi nada antes de sus 19 años. Rafael, que al igual que Rue, creyó tocar fondo por una sobredosis, pero siguió abusando del Clonazepam después. Rue, que prefería morir de a poco antes que estar sola con su propia mente. Rue, Rafael, Rubén, Rue, Rafael. Sus nombres ya se entremezclan, porque bien pueden ser la misma persona. Porque Rafael o Rue pueden ser cualquiera. Porque, aunque ustedes no lo sepan, han convivido con elles, quizás incluso conviven diario. Neurodivergentes adictes a esa normalidad artificial, que pueden estar en abstinencia, pero seguir siendo adictes, o que bien pueden seguir en su batalla contra la única sustancia a la que en realidad se es adicte: la Dopamina.

Bien lo decía Ali:

La parte más difícil de tener la enfermedad de la adicción, aparte de la enfermedad en sí, es que nadie en el mundo la ve como una enfermedad. Te ven como egoísta, débil, cruel. Te ven como destructiva y piensan: ‘¿Por qué me debe importar ella si a ella no le importa ella misma ni los demás? ¿Por qué va a merecer mi tiempo, mi paciencia y mi compasión? Si se quiere matar, que lo haga. Todas preguntas y respuestas razonables. Pero por suerte, no eres la única con esa enfermedad, hay personas como yo que entienden que no eres tan mala.

Rue no merece nuestro odio, merece nuestra empatía. (via Wherever I Look)

Como alguien que nació con un drenaje defectuoso, que hizo que se le llenara de mierda la cabeza, como alguien que conoce el alivio que es detener ese drenaje con cualquier cosa con la que pueda hacerlo, como alguien que comparte con Rue no solo la enfermedad de la adicción, sino muchas otras más; les repito: Rue no merece nuestro odio, merece nuestra empatía. Odiar a Rue normaliza el repudio hacia las personas reales, neurodivergentes o no, que padecen de adicciones. Y empatizar con Rue no es justificar sus acciones, es mostrarle compasión en lugar de rechazo, a ella y a cualquier Rue, Santiago, Jorge, Andrés, Bernardo, Sonia, Rubén o Rafael que pudiera estar en sus vidas o que, incluso, ya está ahí sin que ustedes lo sepan, luchando en silencio una batalla en desventaja contra su propia tubería defectuosa.

Soy Rafael Abreu, psicólogo, autista y paciente bipolar que busca eliminar estereotipos negativos sobre la neurodivergencia. Clasificado legalmente como "Discapacitado, más no incapacitado." Me apasionan los temas relacionados a videojuegos, cine, neurodivergencia, discapacidad, la comunidad LGBT+ y DDHH.

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