Transiciones ¿exitosas? ¡Más bien parciales!

El pasado 25 de noviembre, se cumplió un mes del histórico referéndum en Chile para la creación de una nueva Constitución en lugar de la heredada por Augusto Pinochet. Este suceso me hizo pensar en aquellos años en los que era estudiante de la licenciatura en Ciencia Política, cuando en lo académico se hacía referencia al caso chileno, al igual que al español, como ejemplos de transiciones exitosas y pacíficas de regímenes autoritarios a democráticos

En el caso español, la creación de una nueva constitución fue básico para poder dar paso a esa transición de régimen: un nuevo punto de partida en donde viejas y nuevas personas pudieran sentar las reglas del juego por empezar. En el chileno, mucho peor: mantener la Carta Magna del dictador. Sin embargo, y contrario a lo que se me alegaba, yo no creo que estos procesos hayan sido del todo exitosos (que sí pacíficos).

Me explico. El caso del referéndum chileno es evidencia total de que había mucho por hacer aún para poder consolidar esa transición. El cambio de régimen con sus respectivas constituciones no era nada más que el primer paso de un proceso transicional. En Chile de mínima manera, pero mucho más en España, durante años se ha mantenido a la constitución como piedra angular del logro transicional; como el resultado final del mismo. Esto no podría estar más equivocado, por el simple hecho de que autócratas metieron mano en las mismas.

La injerencia autocrática quedó plasmada de muchas formas, pero, en concreto, me referiré a una cuestión muy importante: candados constitucionales que derivan en una difícil modificación del entramado constitucional. En ambas constituciones, tanto en la española como en la chilena, existen candados que las hacen muy difíciles de alterar, requiriendo quórums altísimos para poder hacer una enmienda. Estos candados garantizaban la inamovilidad de aquellos temas o instituciones que el antiguo régimen quería dejar para la posteridad. De aquellos que “cedían” a cambio de protección legal y el mantenimiento, de cierta forma, del estatus quo.

Para ejemplificar, el caso español es el mejor. Al caer el franquismo, este, de forma directa por Francisco Franco, establece que la Jefatura de Estado será ostentada por una monarquía. Este retorno de la monarquía es una herencia directa del régimen dictatorial, misma que fue aceptada y protegida en la Constitución Española. Esta es la razón por la que no vemos cercano un referéndum hacia la corona sin tener antes una reforma constitucional que facilite el camino para la misma. Como el mismo Adolfo Suárez alguna vez afirmó, no se hizo un referéndum específico para la realeza porque se sabía que se perdería. Se metió con calzador en la consulta vinculatoria de la Constitución en conjunto. Vaya, una idea de o todo, o nada.

Caso similar con el establecimiento del Reino de España como un Estado aconfesional, que no laico, en donde, constitucionalmente, tendrá en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrá las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones. Con estos candados constitucionales, se garantizó la inamovilidad de dos instituciones apoyadas y mantenidas en el franquismo: la monarquía y la Iglesia Católica. Inamovibles al día de hoy en una ya añeja Carta Magna.

Transiciones Parciales
Imagen vía Diario16 Mediterráneo

A su vez, el caso chileno no se queda atrás. Si bien en su constitución pinochetista no hay candados tan explícitos a sus instituciones; sí que los hay para proteger todas las modificaciones neoliberales en la economía que la dictadura estableció. Al día de hoy, tratar de echar atrás todas las decisiones privatizadoras y desfavorables en términos sociales es una tarea ardua y muy difícil por el consenso que se obliga debe alcanzarse en el Congreso para hacer tales modificaciones. Esto iba claramente con ese objetivo: el mantener para la posteridad estas políticas. La única forma de acabar con esta y muchas otras fijaciones era justamente el redactar una nueva Constitución, acción respaldada el pasado octubre por la sociedad chilena.

El tener documentos rectores en un Estado en los que el gobierno autócrata saliente ha dejado su herencia de forma inamovible es simplemente evidencia clara de que este régimen está en el núcleo de la misma. No podemos hablar de países e instituciones democráticas si no revisamos que la base del entramado legal que les sustenta sigue teniendo esas notas o tintas herencia de los dictadores.

Hay que tener en claro que no me opongo a la redacción o mantenimiento en su tiempo de estos textos. Por el contrario, entiendo que sin ellos y sin la participación de pinochetistas y franquistas en la transición, esta no hubiese sido pacífica y/o hubiesen tardado mucho más tiempo en ocurrir. Es totalmente comprensible que, en ese momento, lo que se buscaba era encontrar los puntos en común de las distintas posturas encontradas. Una convergencia. Lo que sí que no comparto es lo que muchos afirman, que es que estos procesos ya se han culminado y logrado su cometido. No, el cambiar de régimen no es únicamente echar al tirano. Es limpiar al Estado del tufo autoritario. Han sido transiciones exitosas, sí, pero parciales.

Lo que Chile nos ha demostrado es justamente eso: que hasta hoy, la transición sigue y que debe culminarse con una nueva constitución en donde se sienten las nuevas bases, ahora sí, sin injerencia de los autoritarios. Una constitución en donde se represente lo que realmente la población quiere y que pueda ser lo suficientemente flexible como para adaptarse al tiempo. Una constitución que represente los valores de las generaciones actuales, pero que permita a las futuras adaptarla a los suyos. Una constitución en donde no haya intocables (salvo los obvios derechos humanos), en donde todo se pueda y deba debatir. Una constitución para todos y todas. Una Carta Magna redactada y votada en completa libertad. Chile acaba de dar ese paso para, finalmente, terminar su transición política. ¿España cuándo?

Desde muy joven he sido un apasionado de la política nacional y global, por lo que me empeñé en estudiarla a través de la carrera de Ciencia Política en el ITAM. Me encanta viajar y conocer nuevos sitios y culturas.

Soy yucateco de corazón. También soy gamer, y ávido seguidor de franquicias cinematográficas de superhéroes y ciencia ficción. Amo a los animales, apoyo la libertad del individuo y soy excesivamente una persona positiva.

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