Transfobia, cancelación y radfem

Hace una semana, la periodista Lydia Cacho publicaba en su cuenta de Twitter una “opinión”: «son hombres, pueden sentirse mujeres, creerse mujeres, desear ser mujeres (sin transitar hacia la apariencia de mujeres para que no les suceda lo que a las mujeres). Desear e imaginar no es lo mismo que ser. Subvencionar el circo que estos señores hacen de la transexualidad es grave». Quiero empezar diciendo desde dónde escribo este texto: soy mujer cisgénero, soy feminista, sé que la transfobia no me es indiferente y estoy convencida de que en los feminismos cabemos todes.

Para contextualizar, la periodista citaba el tweet de otra cuenta que expresaba: «decir que las personas que aparecen en este video son hombres y no mujeres te puede costar de 200 a 150.000 € según la ley de Irene Montero (España)», incluyendo un video de esos que son difundidos con el propósito de proyectar a las personas trans como un peligro y una farsa. Muchas personas le respondieron criticando la transfobia de su publicación. Pero también muchas otras defendieron que se trataba de una postura. De eso quise escribir hoy.

Por ahí dicen que Cacho estaba expresando su opinión, que se enciende demasiado rápido todo, que todo es polarización, que las etiquetas TERF, transfobia, discurso de odio están recién salidas del horno, listas para quien se atreva a pisar el disenso, que el debate está en peligro de extinción. Más allá de lo que piense Cacho, yo aprovecho la coyuntura; en estos desencuentros la transfobia se normaliza cada vez más bajo el velo de una preocupación feminista por la “realidad material” de las mujeres. Se pide tolerancia a estas “opiniones” y apertura a quienes piensan diferente. ¿Por qué nada de esto pasa por un debate?

Para empezar, las opiniones. Lo primero que tendríamos que detenernos a reflexionar es qué cabe en un debate, en una opinión y en una postura. ¿Qué pone Cacho en juicio con su afirmación? Pone en juicio la existencia de un grupo entero de la población. Sería como pensar que podemos discutir sobre la existencia de las madres. Sí, de las madres, absurdo, ¿no?: salir del quirófano después de parir y escuchar a un hombre cis decir que se puede creer y desear ser madre, pero en realidad es un circo. Y una escuchando estupefacta con la tripa recién abierta y la cría colgando de la teta. Me dirán que no tiene nada que ver. Tiene todo que ver, porque no nos toca fiscalizar qué procesos y experiencias del cuerpo y de la identidad son más naturales —y, por lo tanto, reales— que otros. Esta obsesión con el dato biológico, la prueba física, la huella material en lo que pasa en el cuerpo, sin tomar en cuenta lo psíquico, para poder ser mujer, para poder ser madre, para poder ser víctima, para poder ser vista, para poder ser. No estamos tan lejos de los ministerios públicos pidiéndole a las víctimas de violencia familiar que lleguen más madreadas para procesar porque no traen moretones suficientes para creerles. No se alejan tanto las guardianas de Feministlán y de Mujeristlán, revisando bajo las faldas para comprobar la genitalidad.

Ser trans no es una opinión, pero mucho menos una que nos pertenezca a las personas cis. Quitarle la condición de posibilidad a alguien no es la contraparte del debate. La libertad de ser y existir no cabe ahí. Es que a mí me sorprende mucho, pero ¿la facilidad con la que le quitas lo mínimo a alguien y lo recubres de opinión inocente? Porque la existencia es eso mínimo y absoluto al mismo tiempo. Así qué fácil porque, ¿cómo vas a hablar sobre oportunidades laborales, seguridad, apoyos, no discriminación, salud sexual y reproductiva, y básicamente derechos básicos de un grupo de la población que ni siquiera existe? ¿Qué se niegan a nombrar?

Una opinión es que a los esquites se les pone del que pica, que la copa menstrual me cambió la vida, que las pintas en los monumentos rifan. Unaposturaes que el aborto se debe despenalizar, que el punitivismo no soluciona nada, sino todo lo contrario, que el trabajo sexual es trabajo, que la libertad sexual es libertad política. ¿Qué no es una opinión ni una postura? “Yo opino que tú no eres mujer porque desear no es lo mismo que ser”. Argumentativamente, es una falacia. Simbólicamente, es transfobia. Políticamente, deriva en discriminación, linchamientos y desigualdades. A mí no me toca opinar sobre si alguien es. Si la transfobia es una postura, la misoginia también lo es, y bajo esta lógica habría que respetarla.

Ahora, sobre la cancelación. Yo soy una ardua defensora de cancelar la cancelación. Nunca la he defendido, no voy a empezar a hacerlo pronto. Me parece que son prácticas punitivas que pasaron de tener la finalidad de visibilizar —como lo fueron en algún momento los escraches— a ser el castigo en sí. La cancelación cierra todas las posibilidades del diálogo y, por lo tanto, del cambio. No creo en las políticas del miedo, ni de la persecución, ni de la censura. No creo en la cultura del estigma porque produce más desigualdades y nos termina por atravesar a todes. Pero primero, nadie canceló a Lydia Cacho, hay una diferencia entre cancelar y hacer una crítica. Cancelar es borrar del mapa a una persona de manera individual, desterrarla con agresiones personales y directas, trayectoria y todo, y evitar que vuelva a decir algo. Diferente es «oye, eso es sumamente transfóbico y agresivo», y es válido y necesario criticarlo. Y si lo piensan, la cancelación rara vez se acompaña de la crítica.

Esto no tiene nada que ver con la trayectoria de Cacho, que nadie está minimizando o ignorando. De hecho, por eso precisamente puede impactar más. Que una activista de derechos humanos niegue a un colectivo que reclama reconocimientos y derechos, o que ella misma como periodista comparta un video sensacionalista que tiene toda la lógica de los pánicos morales, es grave. Similar a cuando unos hombres cis, recientemente en México, para ganar la cuota de participación electoral se vistieron de mujeres y muches se escandalizaron porque miren lo que está haciendo la población trans. No tiene nada que ver. Los pánicos morales: tienen una preocupación morbosa con relación al sexo, se divulgan de maneras sensacionalistas, se activan por emprendedores morales en la escena pública, definen a un grupo de la población como amenaza basado en criterios de percepción individual, se denominan morales porque la amenaza percibida es hacia el orden social, son relatos socialmente construidos (Kenneth Thompson, 2014).

Segundo, ¿nos interesa repensar la cancelación? Hablémosla entonces, porque parece importante discutirla sólo cuando tocan a nuestras referentes. Y ahí sí decimos que la trayectoria, que el activismo, que el feminismo, vaya. Y lo que termina por ampararte de la cancelación es ser una buena feminista, respetable. Si vamos a hablar de cancelación, la cuestión no es la persona cancelada cuando hay procesos que perfilan, que alinean, que escogen, pero eso no nos interesa. Si vamos a hablar de cancelación, primero vayan a buscar a las malas feministas de su exilio. O a todo lo que pasa en los tendederos y que nadie se quiere meter. O a los hombres que fueron perfilados como acosadores por ser racializados. Si vamos a hablar de cancelación y de sus grises y matices, vamos a entrarle al lodo que eso implica, hasta cuando se ponga feo. Sobre todo cuando se ponga feo, ahí está la complejidad, pero también las posibilidades. Discutamos la cancelación en el daño, en el agravio, en el conflicto. Lydia Cacho tiene mucho glitter morado en su gris. El problema no es la persona cancelada, es la cancelación en sí. Habría que meternos a ver las lógicas detrás, quiénes son les agentes que las ponen a circular, cuáles son los detonadores, cuál es el discurso que se establece. 

Entonces, puede que me equivoque en este primer esfuerzo, pero intuyo que hay una relación estrecha entre la cancelación y el feminismo radical. Repasemos su piso teórico (ver Dahlia de la Cerda en Tsunami 2, tiene el análisis más brillante al respecto). Este feminismo se sostiene en que hombres y mujeres son dos clases sexuales, opresores y oprimidas, y la base de la opresión de las mujeres es una base material, el sexo. Se articulan entonces conceptos como patriarcado, opresión, violencia, que no tienen los mismos significados en otros feminismos, pues aquí parten de la premisa «mujeres como clase sexual oprimida». El esencialismo de este pensamiento rigidiza todo: la posición de las mujeres, de los hombres, las experiencias, las relaciones sociales, las interacciones, incluso los conflictos. Todas las intersecciones —raciales, de clase, geográficas, étnicas— terminan por homogeneizarse en un guion, tanto ahistórico como universal.

Por eso a muchas feministas radicales les jode que les hables de matriz de opresiones en lugar de patriarcado (de la Cerda, 2020). O de que refundir a los vatos en la cárcel no puede ser la apuesta feminista. O que el trabajo sexual no es lo mismo que la trata. O que las personas trans no nos deben explicaciones sobre su existencia. ¿Y esto qué tiene que ver con la cancelación? Si nos fijamos en los relatos de la cancelación, muchos van contra esa línea: proxenetas, solapadores, encubridores, adorapitos. Si las mujeres siempre son las víctimas y los hombres siempre los victimarios incluso antes de serlo, no hay posibilidad de transformación ni de encontrar un guion distinto.

Creo —y esto lo digo con cautela— que muchas explosiones sensacionalistas de la cultura de la cancelación tienen más que ver con que, si se amenazan las premisas del feminismo radical (radfem), se desestabiliza todo el marco en el que se sostiene, que con una idea de emancipación. ¿Por qué? Porque el radfem consagra el sexo con el verbo ser. La condición humana en todo lo que implica, en una misma matriz fundada en el agravio: genitales, prácticas, identidad, sexualidad, sentido y deseo. Y ojo, está muy bien vivir en esa consagración, lo que no se vale es que se niegue la posibilidad de vivir ese ser-y-sexo de otra forma, con jerarquías y prioridades y entendimientos distintos, tanto del ser como del sexo, la identidad y el proceso de asumirse sujeto.

Ser feminista no es un comodín para justificar agresiones a otros grupos ni para pararse en el centro del daño para que todas las discusiones se tengan que engranar en torno a nosotras. Y definitivamente no nos pone en una posición en la que podamos permitirnos discutir la posibilidad de ser de otras personas. Las personas trans existen, les den la bendición feminista o no.

Ah, ¿y qué es ser sino desear e imaginar?

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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