Trabajo sexual: Lo que se goza y lo que duele.

Por Irene Valdivia (Twitter: @irenevaldivia_ )

Escribí este texto a lo largo de dos semanas, poniendo atención a todas mis emociones alrededor de mi trabajo.

Algunas veces escribía después de despedirme de mi madre para salir a trabajar, pensando en los prejuicios y miedos que ella carga hacia mi trabajo y mi seguridad. Otras veces escribí después de ser llamada proxeneta en redes sociales por nombrarme trabajadora sexual, con el enojo atorado en mi pecho tras horas de ser insultada por grupos de feministas abolicionistas. Otras ocasiones, escribí en el hotel cuando esperaba a quien es mi transporte todas las noches al terminar mi jornada, mientras contaba a mis compañeras lo bien que la pasé con el último cliente.

Cuando escribo sobre trabajo sexual, pienso en lo repetitivo que es leer de cifras, marcos legales, revictimización, de estrategias gubernamentales para que dejemos de existir, y sobre los mundos ideales de otras personas donde las putas no cabemos.

¿Cuál es nuestro mundo ideal? En mi mundo ideal, ¿seguiría siendo puta? ¿Necesito preguntármelo y responderlo? No es una pregunta que me quite el sueño. Paso más tiempo pensando en excusas que justifiquen mis ingresos y mis horarios frente a personas a quienes no les confío cuál es mi ocupación.

Alguna vez un amigo me preguntó si mi trabajo dolía. Él se refería al dolor físico del acto sexual, a lo que respondí que no, pero seguí pensando en lo que sí duele de mi trabajo.

 A veces duele el estómago mientras espero un cliente, cuando veo pasar en un auto a alguien que no quiero que se entere de cuál es mi trabajo. A veces duele en el corazón conectar con alguien, y no poder compartir a qué me dedico, porque creo que arruinará el vínculo. A veces duele el rostro por simular estoicidad cuando revelo mi trabajo en un espacio público, y debo fingir que no me doy cuenta de las miradas sobre mi cuerpo que califican si soy lo suficientemente deseable para dedicarme a ello, o las miradas condescendientes que murmullan entre ellas cuál será la razón por la que vivo de “eso”, y a veces duele la cabeza por responder las mismas preguntas trágicas sobre mi trabajo, y los dedos por escribir desde esa postura que no es mía.

¿De qué escribiría si me pregunto qué disfruto de mi trabajo? Podría responder desde lo más obvio, a una pregunta que suele venir del morbo: ¿Disfruto estar con mis clientes?. Disfruto cobrar por lo que hago, y disfruto una mirada consensuada. Disfruto mirar mi cuerpo desde el deseo del otro, y verlo diferente cuando algo en mí que me disgusta, en otros genera deleite. Disfruto cuando conozco más mi cuerpo, cuando descubro otra posibilidad de mi placer y la puedo experimentar en mi vida sexual personal, y también disfruto, parafraseando a una compañera de esquina, cuando el trabajo es estar con personas a quienes también deseo, con quienes no me habría encontrado fuera de mi trabajo. Disfruto recostarme en la cama con un cliente a escuchar música y saludar amigas de otras zonas en los pasillos de los hoteles.

También disfruto a mis compañeras. Disfruto las charlas nocturnas, cuando las mayores me confían su historia a altas horas de la madrugada, cuando sus voces ásperas de cigarro ríen contando aventuras de su juventud. Disfruto las calles del centro en absoluto silencio. Disfruto ver la luna sobre mí, aprender a calcular el tiempo según su posición, y sentir que la noche también es mía.

Eso también lo siento en el cuerpo. Lo siento como el viento fresco en mis piernas. Lo siento en el estómago como la primera vez que subí en vestido a la moto de ese cliente tan guapo con su chaqueta negra, y me sentí emocionada, como en una de esas películas de romance adolescente que tanto me gustaban cuando la protagonista conquistaba al chico malo cliché. Yo era Anna subiendo finalmente a la moto de Jake en Un viernes de locos… aunque con un propósito distinto. También lo siento como calor en mi espalda cuando me subo al auto de Said, quien todas las noches pasa por mí y me lleva segura a mi casa, y calor en el pecho mientras nos contamos de nuestros trabajos esa noche.

Y cuando mi trabajo me permite no trabajar, también lo disfruto. El trabajo sexual me hizo dueña de mi tiempo. A veces lo uso para dormir más. A veces lo uso para quedarme a convivir con mis amigos después de una jornada larga de trabajo comunitario y pedirnos pizzas con el dinero que gané la noche anterior. A veces lo uso para recostarme junto a mi gata, acariciarla una hora más y sentir lo caliente que deja las sábanas donde se recuesta. Lo he usado para escapar de Morelia un par de días y encontrarme con personas que quiero y que están lejos de mí en Ciudad de México, y para quedarme un día extra a lo planeado porque no tengo un trabajo fijo que me evite la libertad de improvisar. Esa emoción de moverme sola a un lugar donde me siento libre la siento como mariposas en el estómago, como calor en el pecho, y como un peso que cae de mi espalda.

La oportunidad que más gozo, que siempre que puedo elijo sobre salir a trabajar temprano, es cuando puedo decidir quedarme en casa esa noche para ver películas a distancia con mi mejor amigo, mi tradición favorita con alguien en este momento, y discutir por chat lo emocionantes que son las escenas. A veces salgo a trabajar después de eso. A veces la paso tan bien después de ver películas juntos y platicar, que quiero que eso sea lo último en mi mente antes de dormir, y decido arroparme con ese momento presente.

No sé si en mi mundo ideal no sería puta. No me interesa responderme eso. En mi mundo ideal seguiría sintiendo el calor que mi trabajo me deja sentir. En mi mundo ideal también podría escapar de la ciudad para abrazar a alguien. En mi mundo ideal también abrazaría a mi gata una hora más y vería películas con mi mejor amigo. En mi mundo ideal también vería la luna todas las noches. En mi mundo ideal la noche también sería mía, y si para eso necesito ser puta, en mi mundo ideal todavía sería puta.

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