Todos los días (ya no) son nuestros

“Qué pregunta, ¿conoces a Emiliano? Al que dejó de contestarme el teléfono y escribe poesía urbana en su tuiter, no, a ése no lo conozco. [...] Pero sí lo conozco, como si nunca se hubiera ido, porque me quiso tanto y fuimos tan del otro como ahora somos del espacio en el que nos olvidamos.  [...] No me acuerdo en qué momento, pero en uno pasado, era el amor de mi vida, el viejo de mi vejez, el papá de los hijos que no tengo” -Todos los días son nuestros, Catalina Aguilar Mastretta

Desde que tengo memoria pienso, escribo y sueño sobre el amor. Inevitablemente, esta pequeña obsesión tiene un lado B, pues, desde que tengo memoria, pienso, escribo y sueño sobre el (des)amor. Una parte de mi cabeza siempre está ocupada pensando en esto: se cuenta una y otra vez las mismas historias, se apropia de las historias de otres, busca libros con formas particulares de describir sentimientos y, cuando todo lo demás falla; se imagina otras posibilidades escuchando canciones. Vivo en un constante I remember it all too well y podría escribir miles de páginas sobre enamorarse, desenamorarse y todo lo que va en medio, pero esta semana quiero hablar sobre un sentimiento muy particular: dejar de “ser algo” con alguien. 

Todes tenemos un ex —novie, casi-algo, amigue complicade, amigue a secas o cualquier otra variante— y todes hemos vivido alguna ruptura, romántica o no. Todes sabemos lo que se hace después de una ruptura: cantar en un karaoke, comer helado, ver las películas de confianza, salir con les amigues, llorar hasta quedarse seques, desahogarse gritando a la nada o cualquiera de las variantes estratégicas para ahuyentar la tristeza, el enojo y cualquier otra emoción negativa. Todes sabemos que hay que intentar todo para finalmente poder decir “No, no me voy a morir, nada va a cambiar solo porque no estás aquí”. A pesar de tener doctorados en sobrevivir rupturas y en ayudar a otres a sobrevivirlas, lo cierto es que muy pocas veces hablamos en serio sobre todo lo que implica romper un vínculo; pocas veces discutimos lo largo que es el duelo y cómo las consecuencias siguen presentes meses y años después.

Dejar de tener una relación—de cualquier tipo— con alguien, es un proceso complejo y para hablar de ello y entenderlo, primero tenemos que pensar todo lo que implica tener un vínculo con alguien. Construir un vínculo cercano con alguien implica una serie de acciones constantes que nos van acercando física y emocionalmente a la otra persona: le contamos nuestro día, con todas las tristezas y enojos diarios; comemos nuestra comida favorita y tomamos cervezas los lunes; compartimos nuestros sentimientos, nuestros miedos y nuestras ilusiones; aprendemos cómo toma su café y qué pizza le gusta más; platicamos sobre cosas que nos marcaron y lastimaron; aprendemos a leerle con miradas, gestos y palabras clave; conocemos su película favorita y su restaurante favorito; y además de todo, somos el soporte emocional del otre por meses o años. En illicit affairs, Taylor Swift, escribió una de mis metáforas favoritas para retratar la cercanía que generas con alguien, lo compara con aprender un idioma nuevo y reclama: “You taught me a secret language I can’t speak with anyone else”.

Before Sunrise – source: Youtube criterioncollection

El efecto de cercanía aumenta, lógicamente, entre más pasa el tiempo. Inevitablemente, comenzamos a complejizar ese lenguaje que creamos con el otre. Un día, sin darnos cuenta, nuestro restaurante favorito es el mismo; nos damos abrazos específicos en la mañana, en las noches y cuando el jefe nos regañó; las canciones que cantamos en el carro ya no tienen denominación de origen; no logramos recordar si ese era nuestro pan favorito desde niñes o si es un gusto adquirido; usamos indistintamente las expresiones, palabras y gestos del otre; y adoptamos algunas de sus malas mañas. De repente, un lunes cualquiera, en esas mañanas en las que cuesta levantarse, pensamos “hoy me veo y no sé qué de mí es mío y qué es de él”, como María en Todos los días son nuestros.

Si pensamos en lo intenso que es generar un vínculo cercano con alguien, parece incluso ridículo la forma en la que lidiamos con las rupturas. Taylor Swift compara las rupturas con un exilio y con una herida de guerra,  y  María Centeno en Violencia I comparte la metáfora cantando “y esta paz ya no es mi casa, aunque yo piense que sí”. La comparación me parece triste, pero precisa. Romper un vínculo y separarse de alguien con quien conectaste es abandonar una parte de nosotres, es dejar una parte de lo que constituyó nuestro hogar, por semanas, meses o años. No es sano, ni para nosotres ni para nuestres amigues la forma en la que conceptualizamos el problema ni cómo lidiamos con “superar” una separación. Lasso y Cami en Un millón como tú retratan lo que es estar viviendo un duelo profundo y que tus amigues quieran animarte con frases de twitter: “cuento hasta diez para entender que tú no vas a volver: ¿cómo hago yo, pa’ respirar? si no dejo de llorar. Y mis amigos me dicen qué buena noticia que ya tú no estás, dicen que ya no te llame, que una botella me hará olvidar”.

Separarse duele. Separarse es un proceso. Separarse no es algo que se solucione de un día al otro. Separarse es extrañar. Separarse es ver esas pequeñas cosas que te unían al otre en cada rincón, por meses, por años y quizá para siempre. Curarse de una separación es tardado, difícil y muchas veces no lineal. Entonces, no te sientas mal porque no vas a olvidarle “antes de que este philly se apague”, es normal que cueste trabajo. Al principio no quieres volver a todos esos lugares que compartieron. Algunos días despiertas y no te reconoces. De vez en cuando mueres por escribirle para contarle que todo se cae a pedazos, o que ahora todo te va bien. Cuando crees que ya olvidaste por completo todo lo que compartieron, una canción en el radio, un capuchino o un sabor de helado te vuelve a vaciar el alma.

Es difícil terminar este texto con una nota esperanzadora, porque lo cierto es que no hay proceso perfecto y no hay consejo que sea universal. Aun así, quiero recordarte que, citando de nuevo Todos los días son nuestros “no tiene nada que ver si hablas o no hablas. Te trajiste una parte de él en ti, esa parte es tuya. Y la que tú le dejaste a él, es suya. Si él quiere ser un imbécil que no la usa, será su problema. A ti no te quita nada.” y te deseo que un día puedas dedicarle a todes esos vínculos perdidos un pedacito de Gracias de Elsa y Elmar.

“Gracias a tu mano sosteniendo mi voz, aunque la he soltado, me quedó el valor.  De lo malo me guardé lo bueno, de lo que murió nací de nuevo. Y la mitad de lo que soy es por lo que un día fuimos. Y la mitad de lo que doy es por lo que nos dimos hoy. Y a los lugares donde voy, llegué por donde fuimos. Inevitable desprenderte de lo que vivimos hoy.” - Gracias, Elsa y elmar.

Tengo 22 años, estudio Ciencia Política en el ITAM y soy de Tlaxcala —el estado que no existe—. Me gusta leer novelas, escuchar a Taylor Swift, pensar sobre teoría política y descubrir cafeterías en la Ciudad de México. Antes de dormir escucho podcasts de true crime y a veces me despierto a las 5 a.m. para ver partidos de tenis. Además, le dedico gran parte de mi tiempo a poner mi granito de arena en la lucha antipatriarcal.

Me gusta escribir sobre temas sociales, políticos y a veces sobre algunos irrelevantes.

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