Todo tiene un final

Alles hat ein Ende, nur die Wurst hat zwei!

La traducción literal de este proverbio alemán seria: “Todo tiene un final, ¡excepto la salchicha que tiene dos!”. Es la manera trillada que tienen en Alemania para decir que, eventualmente, todo llega a su fin. Sin embargo, por muchos años nos han hecho creer que hay una cosa que no tiene fin: el amor.

Que el amor es para siempre, eterno e infinito. Que se puede amar más a alguien que a sí mismo. Más allá de la vida y la muerte, porque así es el verdadero amor ¿Y si no? ¿Es un fracaso, un error o tiempo perdido? Esta es una de las muchas ideas que tenemos que abandonar para deconstruir por completo el “amor romántico”. No es de extrañarse, ver hoy en día, como tanta gente es incapaz de reconocer que la relación en la que se encuentra ya no tiene nada más que aportarle.

Cuando alguien está deliberando la posibilidad de terminar su relación, a menudo pone en la balanza el tiempo que ha invertido en construirla. ¿Por qué creemos que ha sido tiempo perdido el que vivimos con una expareja? Sin duda, hasta para las personas que no suelen frecuentar los caminos de la autorreflexión, el terminar una relación amorosa pone a cualquiera a cuestionar sus acciones. Además de los ya reconocidos pasos vitales para recuperarse de una ruptura amorosa, como lo son el comer mucho helado y llorar, para luego salir de fiesta con las amistades como una entrada triunfal hacia esta nueva etapa de la soltería; es importante anexar la autorreflexión sobre lo aprendido y lo disfrutado de la relación concluida. En esto último, está la clave para dejar de pensar que fue “tiempo perdido” y darse cuenta de que fue algo que nos marcó, que valió la pena todo lo disfrutado y, como todo lo bueno, tuvo su final.

Por otro lado, influye también la manera en que la sociedad construye nuestros roles, pues se espera que a cierta edad debemos encontrarnos listos para dar el siguiente paso hacia la máxima expresión de amor: el matrimonio. A pesar de que las nuevas generaciones estamos desbancando el pedestal que ocupa el sagrado matrimonio en nuestros planes de vida, la idea de que hay solo una persona con la cual debemos “pasar el resto de nuestras vidas” persiste, lo cual desemboca en el miedo de llegar a la vida adulta y la vejez en soledad. Pero, ¿qué pasaría si abandonamos por completo esta idea? Si dejamos de creer que la juventud es para experimentar hasta encontrar al “amor de tu vida”, con quien compartiremos la vida adulta hasta nuestros últimos días en la vejez. ¿Qué tal si vivimos el amor como en la juventud toda nuestra vida? Si todos estuviésemos dispuestos a reconocer que cuando la magia de una relación se pierde con el tiempo, no significa que esta haya fracasado, sino que llegó a su etapa final. Tal vez, si viviésemos en una constante apertura y cierre de ciclos amorosos de manera saludable, en lugar de quedarnos estancados en una relación que ya no funciona, por miedo a tirar a la basura los años invertidos; sin miedo nos aventuraríamos a construir nuevas relaciones sin la presión de salir a un mundo de soltería donde todos prefieren aferrarse a la idea de que el amor tiene que ser eterno para ser verdadero.

Recuerden que todo tiene un final, incluso las salchichas, que tienen dos.

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