Todo lo que nunca te dije (o una carta que espero nunca leas)

7 de diciembre.

Llevo ya mucho tiempo pensando cómo escribir esto. Hace meses que tú y yo hablamos por última vez. Hubo muchas cosas que no te dije en esa conversación y muchas que debí decir antes. Tal vez tenía miedo de hacerlo. Tal vez no sabía siquiera que quería decirlas. He tenido ya mucho tiempo para pensar en todo lo que, por una razón u otra, decidió ocurrirnos. Va ya demasiado tiempo en el que ocupas un espacio que ya no te corresponde en mi cabeza bajo la forma de todo lo que nunca te dije. 

Alguna vez (hace años ya) te conté de un sueño que me había dejado muy intranquilo en el que de pronto te ibas sin darme razón ni aviso y nadie quería decirme dónde estabas; cuando te encontraba, tú ya no eras tú y ya no me reconocías. Nunca te lo dije, pero creo que ese sueño tenía algo de profético. Tal vez esa profecía vaticinaba el porvenir de un mundo al revés en el que yo era tú y tú eras yo. Nunca te dije que me hiciste volverme tan pequeño que desaparecí. Nunca te dije que me convenciste de que ese era el tamaño que debía tener para no estorbarte. Nunca te dije que no toleraba verme al espejo porque me recordaba que debajo de ese disfraz que me hice a tu medida ya no quedaba nada de mí. Nunca te dije lo solo que me sentí. Nunca te dije lo solo que me hiciste sentir. Nunca te dije que me convenciste de que me lo merecía. Nunca te dije que día con día, beso con beso, me alimentaste con una culpa que se volvió tanta que me indigesté. Y yo me la tragué completa. Y eso nunca te lo dije. 

Llevo ya mucho tiempo cojeando por la vida. Cometimos el tierno error de prometernos amor eterno e incondicional y tú todos los días me exigiste demostrarte que entraba en un par de zapatos que nunca fueron de mi talla. Me fracturé los pies para entrar en ellos, todos los días me reprochaste el no poder caminar y me convenciste de que si no lo lograba era porque no lo quería. Me lo pintaste como una ofensa profunda e imperdonable hacia ti. Me golpeaste un día sí y otro no también con ese zapato y me convenciste de llamarlo amor. Me perseguiste blandiéndolo como espada por toda la ciudad y yo me dejé golpear porque te quería. Y ahora me da miedo no poder volver a ponerme zapatos. Y todo eso nunca te lo dije. 

Nunca te dije que hacia el final yo estaba ya tan desesperado y cansado de flotar todos los días sobreviviendo sin poder vivir, de gritar en silencio y de esconderme que pensé en tirarlo todo en una bolsa negra e irme para que no volvieras a saber de mí nunca más. Nunca te dije que cuando tú no estabas yo respiraba con una libertad y una ligereza que me convenciste de que había perdido. Nunca te dije que tu nombre se volvió una banda de guerra ni que me eduqué para encontrar refugio a plena vista poniéndome tu uniforme y cantando tus himnos. Nunca te dije que pensé que esa guerra no tendría fin. Nunca te dije nada porque cuando me atreví a intentarlo la ofensiva redobló sus esfuerzos y las balas se volvieron bombas. Uno solo puede vivir en guerra cierto tiempo antes de que el agotamiento lo deje rendido e indefenso. Me gusta pensar que defendí mi trinchera dignamente, pero sé que no lo hice. 

No podrías haber elegido un peor momento para irte, pero tal vez nunca lo hubieras hecho si no hubiera sido en ese momento. Te fuiste como llegaste: de un momento a otro, azotando la puerta de atrás y dejando tras de ti un mar de dudas e incertidumbres. A la fecha tengo muchas preguntas cuyas respuestas creo nunca querer saber. Nunca supe bien el porqué de todo lo que nos pasó. Nunca tuve muy claro cómo ni cuándo. Sobre todo, nunca tuve claro por qué hacías lo que hacías. No quiero que me lo expliques. No quiero saber ya nada. Te escribo esta carta (como te escribí tantas otras) más para purgar todo esto de mi sistema que porque espere alguna clase de respuesta. Ni siquiera espero que la leas. En cierta medida, espero que no lo hagas.  Llevo ya demasiado tiempo con esto guardado, revolviéndome las entrañas. Llevo ya demasiado tiempo pudriéndome por dentro por no decir esto. Llevo ya demasiado tiempo con miedo. Todavía tengo miedo. Miedo de quién pueda leer esto, miedo de que alguien sume uno y uno y sepa de quién hablo y miedo de tener que justificarme, de tener que probar algo. Todavía te tengo miedo a ti. Y eso nunca te lo dije. 

Me costó mucho trabajo aceptar y reconocer lo que viví. Me cuesta mucho más trabajo decirlo. Todavía me cuesta trabajo ponerle nombre. Vi todas las señales, todas las banderas rojas, todos los síntomas, y aun así hice un esfuerzo sobrehumano —a pesar de todas las advertencias, pasando por encima de toda la gente que me quiere y que me quiso a través de todo esto— por convencerme de que nada pasaba, de que esto también pasaría, de que esto era el amor. Para cuando me di cuenta ya era demasiado tarde y pensé que no había salida. Cuando la hubo, no pude sino preguntarme quién me creería. Eres sumamente convincente. Según yo, tenías a todo el mundo de tu lado. Desde mi perspectiva, todavía lo tienes. Nos es muy sencillo nombrar y denunciar las violencias cuando van en un determinado sentido, pero la cosa cambia mucho cuando los papeles se invierten. Es especialmente difícil cuando uno se enfrenta a alguien como tú. Me es difícil pensar que no tengo las de perder en esta situación.

Me lastimaste, me lastimaste muchísimo. Espero de todo corazón que sea la última persona a la que lastimas de esa manera. Afortunadamente (a pesar de tus exhaustivos esfuerzos) yo tuve gente que se negó a soltarme y con quienes hoy estoy en la deuda más profunda porque me tomaron de la mano y me abrazaron y cuidaron a pesar de todo. Hoy sé que la vida no se acaba en una relación tan profundamente dañina como lo fue la nuestra. Hoy puedo reconocer que yo también cometí errores, pero que nada podrá justificar nunca todo lo que sucedió. Hace unos meses tenía fe en que te darías cuenta de lo que sucedió. Hoy definitivamente ya no la tengo. Si lees esto, espero te sirva para reflexionarlo. Si no lo haces, si alguien puede juntar las piezas y adivinar que hablo de ti, espero le sirva para abrir los ojos. Me gustaría recordarte con cariño, pero ya no puedo hacerlo a estas alturas del partido. Y no hay nada que nadie pueda hacer para cambiar eso. Te deseo solo cosas buenas y solo la mayor de las felicidades. Dios sabe que la necesitas. Hasta nunca, Caribe. 

Atentamente, 

B.

Chilango apasionado y chavito bien empedernido. Me gusta mucho la política y creo que a veces un puro es solamente un puro pero también a veces no. Me gusta irme a dormir con más dudas que con las que me desperté y despertar con más que con las que me fui a dormir. A veces cuestiono más de lo que me gustaría.

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