TICK TICK BOOM: SOBRE LOS SUEÑOS QUE NOS ROBA EL SISTEMA

Tick Tick Boom es realmente un sueño para las personas que amamos el teatro y el cine musical. Imagínense: es la historia de Jonathan Larsson, el creador de Rent, dirigida por Lin Manuel Miranda, el creador de In the Heights y Hamilton. Realmente, una combinación perfecta para conocer la magia de Broadway en otro formato: el cine para plataformas de streaming.

La película fue muy bien recibida por la crítica, así como la actuación de Andrew Garfield, la cual lo hizo merecedor de un Globo de Oro y la nominación al Oscar como mejor actor.

Me tardé un poco en verla y —aun cuando ya estaba emocionada porque pintaba para ser un must en el cine musical y por todos los comentarios positivos de amigues y conocides— definitivamente fue mucho más de lo que esperaba.

¿En qué sentido? Bueno, para empezar, me hizo reír y llorar en varias escenas. Se convirtió en uno de mis sountracks favoritos y, también, me quedé con la espinita de tatuarme “fear or love” porque sí, creo que deberíamos plantearnos más seguido desde donde estamos tomando decisiones, desde dónde elegimos vivir: ¿desde el miedo? ¿o desde el amor? Pero más que nada, me dejó reflexionando muchísimo y cada vez que la veo (porque se convirtió en una de mis comfort movies), me quedo pensando en los sueños que tuvimos que hacer de lado.

Fotograma de la película Tick Tick Boom (2021)

Al empezar la película conocemos a un Jonathan Larson frustrado, sobreviviendo a la vida carísima de Nueva York, sin dinero y trabajando como mesero, mientras intenta que su ópera prima “Superbia” triunfe en Broadway.

Y, entonces, comienza la primera canción: “30/90”. Jonathan está a punto de cumplir treinta años y reflexiona sobre cómo la sociedad nos dice que tenemos una fecha de expiración para cumplir ciertas cosas en la vida. Desde ahí, supe que este filme no iba a ser uno más para mí. Me quedé pensando en la prisa con la que había vivido, hasta el momento, mi vida. Y en cómo, por mucho tiempo, me definí con base en la juventud con la que lograba ciertos hitos en la vida: terminar un posgrado a los 24, independizarme antes de los 25, soñar con un doctorado antes de los 30, etc. Y justo, entre más nos acercamos a los treinta, más se siente como si nuestra vida perdiera sentido, porque eso es lo que nos han hecho pensar: que debemos tener la vida completamente resuelta para los treinta; casa, pareja, familia, carro. Además, se nos mide con el estándar de otra generación que no estaba viviendo una crisis inmobiliaria, financiera, climática, etc. cómo la que padecemos en estos años.

Pero más allá de eso, también me quedé pensando en ¿cuáles sueños son realmente nuestros? Y ¿cuáles nos enseñaron que son los sueños que tenemos que soñar? Esas cosas que nos dicen que son necesarias para ser feliz, para ser una persona realizada, pero ¿realmente las queremos? ¿o solamente las queremos porque siempre nos dijeron que debíamos quererlas?

Vemos ese dilema también cuando Jonathan comienza a pensar si realmente podría ser feliz teniendo un trabajo de oficina, estando tras un escritorio de 9 am a 6 pm, intentando depositar su creatividad en encontrar nombres novedosos para productos de reciente creación y abandonando la música y el teatro. Ve a su mejor amigo de siempre ir tras esa vida, conseguir un carro, un departamento nuevo, tener seguro médico y una vida tal como “todes quisiéramos”. Pero no Jonathan.

Sin embargo, creo que también es importante dejar de romantizar el modo supervivencia en el que muchas personas entran “con tal de cumplir sus sueños” o si no caeríamos en el echaleganismo de nuevo. Los sueños que nos permitimos soñar están limitados por las condiciones socioeconómicas en las que nacemos y crecemos.

Y creo que esto se nota aún más en las carreras y planes de vida que tienen que ver con las artes y humanidades. ¿Cuántas personas no abandonamos las cosas que amábamos en esas áreas porque nos dijeron que no íbamos a poder vivir de ello?

En mi Instagram, pregunté a mis seguidores cuáles eran esos sueños que habían dejado de lado por factores económicos, y sí, mis amigues hubieran querido dedicarse a la música, el teatro, la danza, el diseño, la pintura, entre otros. Me detuve un momento y me pregunté ¿qué estaría haciendo yo, si me hubiera dedicado a lo que realmente me apasiona? No lo sé con certeza, pero seguro sería algo relacionado a los libros: a la escritura y la lectura. Pero, para todes nosotres hubo otra prioridad más grande: sobrevivir en un sistema capitalista, en el que poco espacio queda para nuestros propios sueños.

Jonathan Larson escribió Rent sin saber qué sería un parteaguas en Broadway, que se seguiría montando por décadas, que cambiaría el paradigma de lo qué debía ser un musical. Nunca lo supo, porque falleció antes del estreno, a los 36 años.

Podríamos romantizar su historia y decir que siguió sus sueños a pesar de todo, ignorando todos los años que vivió en condiciones económicas y de vida deplorables. Soñar no debería estar peleado con tener una vida digna. Y, entonces, creo que más allá de hablar de los sueños que “abandonamos”, como si fuera una elección completamente nuestra, deberíamos hablar los sueños que nos son arrebatados, los que se nos dice que no podemos soñar, aquellos sueños que el sistema nos roba.

Morra de los 90’s. Psicóloga feminista en proceso de terminar su tesis de
posgrado. Escribo sobre las cosas que me mueven, las que me hacen sentir conectada con el mundo y con otras personas. Las películas que veo y los libros que leo son mis cajas de resonancia.

Habito este mundo desde la ternura, la intensidad y la alegre rebeldía. Creo que el amor entre mujeres, en cualquiera de sus formas, nos salva. Creo que nuestra rabia es digna y necesaria. A veces me peleo en Twitter.

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