“Soy licenciada, no señorita” y otros clasismos feministas

“No soy señorita. Soy licenciada. Soy doctora. Soy arquitecta. Soy abogada. Soy ingeniera. Soy científica. No señorita”. Cuando los campos laborales y los gremios son cerrados y misóginos, claro que hay que empezar desde cambiar las construcciones discursivas. Cuando ir a trabajar implica brechas salariales por todos lados, puertas abiertas para compañeros varones y puertas cerradas para ti, menos reconocimiento para ti, menos oportunidades para ti, comentarios, chistes, jefes prepotentes, pues claro. Claro que el primer límite es exigir que, por lo menos, se refieran a una como se refieren al resto: por el grado. Pero tal vez ya es tiempo de dejar de permitirnos pequeños clasismos en nombre de una reivindicación feminista, que luego no son tan pequeños, que luego también se vuelven el hilo conductor del feminismo que estamos construyendo. Que también es la base del pensamiento colonial y hay que empezar a cambiarlo desde las construcciones discursivas.

He pensado mucho que este breve reclamo, “no soy señorita, soy arquitecta”. Aparte de una muy válida impotencia, esconde también muchas valorizaciones del mundo. Primero, creo que es una cuestión sobre cómo concebimos la educación. Es importante mencionar que escribo esto desde mi contexto, que es el de la educación pública (y de una licenciatura en arquitectura). El acceso, la permanencia y el término de una carrera universitaria están en gran medida definidos por obstáculos socioeconómicos, no académicos. Permanecer ahí cinco años, en una carrera cara con una exigencia absurda a dedicarte en cuerpo y alma a pensar en “casitas” pues claro que no es fácil.

La mía es una de las carreras sin derecho al sueño, y si no hay tiempo para algo tan básico como dormir, menos lo habrá para poco más que respirar. El tema no es la dificultad de las clases. Para quienes se encargan del trabajo doméstico, del cuidado de niñes, de personas de la tercera edad o con enfermedades, quienes trabajan o quienes pasan cuatro horas al día en el transporte, llegar a la “meta” es una verdadera odisea. Cuidados además delegados a las mujeres de una unidad familiar. Y es una odisea acompañada, pocas veces se llega individualmente: las familias también hacen esfuerzos descomunales para alcanzar ese momento. Por supuesto que, concluido esto, el primer arrebato es decir “lo logré”, “mi título me costó”, “a mí díganme arquitecta”. El tema es que no llegan todes.

¿Y qué pasa con el resto? Se nos olvida que los esfuerzos descomunales y las jornadas intensas e interminables de trabajo no pasan sólo dentro de las universidades o a partir de ellas, pero hay un valor agregado en la idea de “escalar” laboral y académicamente que no lo tiene el ganarse el sustento del día a día. En otras palabras, si trabajas quince horas limpiando baños no estás “creciendo como persona”, como si trabajas quince horas en un despacho. El segundo se romantiza, el primero se naturaliza. Las historias de éxito sólo existen en el renombre, aunque el resto del mundo también se pase una vida trabajando. La “meta” te regala otro estatus de ciudadanía, pero no hay metas. Y esto me lleva a mi siguiente punto: ese “no soy señorita, soy licenciada” también habla de nuestra valorización del trabajo. Creo que es importante notar que estas reivindicaciones también refuerzan una línea entre los trabajos “dignos” (y dignos en el mejor de los casos), los trabajos de renombre, y los trabajos que ni siquiera vale la pena nombrar. No nos interesa escuchar el “no soy señorita, soy secretaria, soy obrera, soy cocinera, soy pintora, soy trabajadora sexual, soy taxista”. Porque las profesiones en las que nos referimos al otre por un prefijo y no por un nombre son las de grado. Y lo traemos en la médula desde que nos preguntan de niñes ¿qué quieres ser de grande? Aprendemos pronto que hay una corta lista de profesiones importantes, que nos hacen persona, que nos hacen ciudadanes de primera categoría, que nos dan valor, y lo peor, que le dan sentido a nuestra vida y nos legitiman para darle (o restarle) sentido a la vida de les demás.

Esta es la paradoja del techo de cristal. Por un lado, podríamos pensar que algunas mujeres van abriendo puertas, escalando en una estructura jerárquica, exclusiva y machista. Y pensamos que nos están abriendo las puertas a las demás, a las que venimos atrás. Pero quienes pueden entrar por estas puertas no son la mayoría. La estructura no está cambiando, sólo está dejando entrar a algunas. Aquí es cuando la agenda feminista tendría dos opciones: ¿más mujeres en puestos de poder o menos puestos de poder? ¿más mujeres en pedestales o vernos más horizontalmente? Si la respuesta es «poder y pedestales», es igual a nada. Es ceder un ideal de emancipación por un pedazo del pastel. Es reforzar el privilegio. Es igual de patriarcal, sólo que está pintado de morado. Dahlia de la Cerda lo dice mucho mejor que yo: «En los zulos hay mujeres cuya necesidad vital es un plato de comida y un mejor salario y tiempo para criar a sus hijos y protegerlos del racismo de la policía (…) ¿Quién barre los trozos de cristal de los techos que rompen las mujeres blancas?». Tal vez ni siquiera se trate de que atravesemos todas el techo de cristal, sino de crear otras valorizaciones. Y esto pasa por valorar otros conocimientos, otras matrices del saber, por abandonar los reflectores.

Dentro de los gremios también se habla mucho de revisar la historia, rescatar del olvido a las mujeres que sí fueron alguien. A las escritoras, artistas, científicas, arquitectas que vivieron a los márgenes, que se perdieron en la narrativa, que fueron borradas, que no figuran en los libros de historia, quienes sí tuvieron logros. Aquellas cuyos trabajos fueron robados por hombres que se quedaron con el crédito. Entonces se habla de “visibilizar mujeres importantes”. Y he aquí palabra que nos encontramos en todos lados— visibilizar. Pero es una palabra bien tramposa porque también es muy selecta. Decimos que hablar de ellas es crear otras narrativas, pero no lo es, no realmente. Sólo es incorporarlas a la narrativa que ya existe y puede que sea valioso, pero no es pensar el mundo de otra forma. ¿Y el resto? ¿Y las comunes qué? ¿Y los millones de mujeres que no pasaron a la historia qué? Las putas. Las trabajadoras del hogar. Las madres. Las meseras. Las enfermas. Las que se quedaron a cuidar. Las que sostienen la vida. Las escritoras que escriben sin ser escritoras mientras amamantan a su bebé y nunca verán su libro publicado.

En este (re)historizar las disciplinas nos ponemos los lentes del mérito para buscar a quienes han logrado algo. Nos narramos a partir de «la primera mujer que hizo esto». Nos recuperamos en cuanto a logros, carreras, descubrimientos, algo tangible, algo que justifique nuestro valor y nuestra existencia. Algo que respalde que merecemos ser recordadas, algo que les demuestre que podemos hacer lo que ellos. Valientes las que desafiaron a su tiempo. Valientes las que se adelantaron a su tiempo. Valientes las que no se permitieron atar. Individuales y únicas las que rompieron todas las cadenas que las amenazaban, las que destacaron en el patriarcado. Y queremos más así. Pero es meritocracia feminista, las que no desafiaron a su tiempo no fue por una cuestión de voluntarismo, es una cuestión de oportunidades. Y lo sigue siendo. De Laura Llevadot en Mi herida existía antes que yo: «…una historia monumental, la de las grandes mujeres que contra viento y marea combatieron el patriarcado o supieron destacarse en él, encubriría el sufrimiento de aquellas otras que no tuvieron la suerte de trascender, ni en su vida ni en obra alguna». No sé si se trate de contar La Otra Historia, que también es una sola historia y muchas veces se suscribe a una estructura de saberes selectos.

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Por supuesto que en hablar de educación y trabajo hay una responsabilidad innegable del Estado, del sistema económico y de las políticas públicas. Pero hasta ahora la educación es un privilegio: yo no llegué a la universidad por ser “feminista empoderada” y por no dejarme vencer, llegué porque tengo privilegios que puedo gestionar o reforzar. Y creo que esa gestión tiene muchas escalas, y es un problema que no se puede individualizar, pero también empieza por el discurso y la narración de una misma. Claro que necesitamos independencia y libertad económica, pero no es un medidor de valor, y no siempre está en una misma. El estatus que viene con los grados y los puestos también es estructura de dominación. Porque temo decirles que su trabajo en un bufete es un trabajo más, y sus doctorados en filosofía política son una herramienta más. La apuesta feminista tiene que ser para el otro lado, no hacia decir que las mujeres también cabemos en los espacios de renombre, sino a deshacer el renombre, renunciar al estatus, renunciar al gremio, quitarles el reflector a las profesiones reconocidas. Pensar en otras narraciones. El patriarcado no se cae destacando en él. Si lo que queremos es prestigio, no queremos ser más libres, queremos un pedazo de poder.

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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