Somos lo que decimos y hacemos al decir

Hace exactamente un mes que estuve conviviendo, aprendiendo y compartiendo momentos con personas de las localidades de El Naranjal, Apetlaco, Ayotuxtla, Cerro Gordo, Tzicatlán y Huayacocotla; todas comunidades náhuatles y otomíes de la sierra norte del estado de Veracruz, junto con los compañeros del mochilazo jesuita (jóvenes varones como yo, de entre 17 y 30 años).

El primer día del mochilazo, el sacerdote jesuita que nos acompañó comentó algo al grupo que me llamó la atención: “chavos, yo sé que esto les va a costar mucho trabajo, pero tenemos cuatro normas básicas de convivencia para los próximos ocho días. No vamos a hacer ningún comentario clasista, racista, homofóbico ni misógino. Al que yo sorprenda burlándose o haciendo chistes de este tipo, lo voy a invitar a que abandone el mochilazo.”

Inmediatamente pensé que sería algo hasta imposible de lograr, o sea, ¿cómo le íbamos a hacer si prácticamente la amistad masculina de muchos desde la adolescencia se trata de burlarse de grupos en situación de vulnerabilidad?, o sea, ¿que no puedo usar palabras como “indio” “chaca” “pobre” “joto” “puta” “negro”?

No es nada nuevo afirmar que la violencia verbal y los discursos de odio sean una problemática, una construcción sociocultural de violencia en el lenguaje que nos hace reproducir -querámoslo o no- las violencias simbólicas y reales a través de las palabras, del decir cotidiano.

Ana María Fernández Poncela, investigadora y docente de la Universidad Autónoma Metropolitana, escribió en su libro “La violencia en el lenguaje o el lenguaje que violenta” que “la lengua transmite y retransmite los modelos genéricos y lo relacionado con la inequidad y discriminación a partir no sólo del habla cotidiana, el léxico, la morfología, la sintáctica en el lenguaje, sino también de narrativas culturales tradicionales: cuentos y leyendas, canciones y refranes.”

Recuerdo que durante el mochilazo un compañero iba a hacer un chiste ofensivo hacia las mujeres y antes de concluirlo, se dio cuenta, pidió disculpas y se calló. Fuera de eso, sí… Sorprendentemente sí pudimos convivir 20 jóvenes varones durante varios días sin la necesidad de hacer chistes clasistas, racistas, machistas, homofóbicos.

A muchos les parecerá exagerado, incluso hemos escuchado comentarios como “ahora todo les ofende, ya no se puede decir nada”. Y no es que ahora ofenda, es que siempre ha ofendido y las personas ya no están dispuestas a quedarse calladas ni a dejar que se burlen de una o uno.

Entonces, ¿puedo fomentar la amistad masculina desde otras perspectivas que no sea en el lenguaje de la violencia o el bullying verbal en contra de las mujeres, personas de la comunidad LGBT+, personas indígenas o personas en situación de pobreza? Sí puedo. Desaprender viejas conductas en las que socialmente he estado imbuido y fortalecer un ánimo honesto para comprometerme a reaprender.

 

Abogado, servidor público, activista en derechos humanos y fan del rock ochentero.

Escribo mis inquietudes personales y jurídicas en este blog.

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