Sobre migrar (uno)

Una vez más tengo que migrar. No desde hace mucho hice conciencia de ello. Antes pensaba que era como un viaje, un viaje largo, como de 5 años. Pero no. Mudarte a un cuarto de tres por tres, con una cama, una silla y una mesita (¡Todo amueblado!, decía el letrero que vimos afuera de ese edificio improvisado color gris de la capital del país), a vivir ahí por un lustro para poder estudiar, eso es migrar. Y ahora, una vez más, tengo que guardar mi vida en una maleta para poder estudiar, sólo que ahora a diez mil kilómetros de distancia.

Antes estaba ansiosa y emocionada. Quería probar las mieles de la libertad, vivir en una gran ciudad que en vez de montañas tiene rascacielos, que en vez de ver estrellas se ilumina con el smog acumulado como nubes, que en vez de camiones inter-municipales tiene una oruga naranja que transita por debajo del suelo. Ahora, es un poco (mucho) más distinto. En medio de una pandemia causada por un bichito invisible que postra su dominio como un rey, no tengo deseos de migrar. Sin embargo, yo elegí este camino, yo decidí estudiar un posgrado, yo solita quise hacerlo. Nadie me obligó, nadie me amenazó, nadie lo hizo; pero, al mismo tiempo, un sistema que te indica que no eres suficiente te invita (y te incita) a hacer cosas descabelladas.

Las expectativas educativas también son estructurales. “Estudia para que encuentres un buen empleo” decían, “estudia para que seas alguien en la vida” repetían incesantemente en la secundaria, “estudia para que ayudes a la humanidad” me decía yo misma, como si un papelito creara conciencia social por arte de magia, o como si las universidades no estuvieran repletas de personas narcisistas ególatras que su meta en la vida es explotar a alguien que haga el trabajo que ellas no están dispuestas a hacer.

Lo que no nos dicen es que estudiar no nos asegura nada, no nos hace personas más educadas, no nos convierte en otras más amables y lindas. La escuela es un campo de batalla, estás compitiendo todo el tiempo y el sistema te obliga a demostrar que eres mejor que el resto, ya sea en un deporte, en una materia o hasta en ser la persona “más popular”. La escuela es una institución de disciplinamiento (aplicando mis conocimientos del Fucó) emocional, psicólogico y social. La escuela es el primer campo de batalla, en donde los prejuicios y estereotipos raciales, de clase y de género se reproducen constantemente.

UC3M, Getafe, España, 2021.

Tampoco quiero decir que la escuela no sirve para nada, no, pero sí creo que gran parte de mi inestabilidad emocional se deben a las expectativas educativas que se tienen de mí. Ni imaginar ser ama de casa porque ¿¡cómo!? una mujer feminista y educada debería aspirar a más. Nuevamente la máquina de deseos capitalistas nos dice qué gustos están bien y qué otros son indeseables: ser un millonario que va al espacio con las ganancias de la explotación ambiental y laboral [bien], ser una feminista que quiere ser ama de casa y vender fotos de sus pies por internet [mal]. Prioridades.

Pero bueno, regresando al tema, tengo que mudarme de ciudad, de país, de continente. Tengo que irme porque así lo decidí, yo busqué esa escuela, yo busqué esa beca. Y ahora me come la ansiedad, sé que migro, son sólo 9 meses, pero tengo miedo de fallar. ¿Fallar cómo? No tengo idea. Sólo sé que tengo miedo de no cumplir con lo que se supone debería vivir estando en el extranjero y ¡oh, por yisus! ¡en el [mal llamado] primer mundo!

También algo cambió sustancialmente, pero no lo he mencionado. Ahora hay un par de ojos que me miran con deseo, dicha, gozo, placer, amor y lujuria. Un par de ojos cafés que me miran cada mañana y me sonríen. Ahora está él y estoy yo y estamos los dos, juntos. Pero él se queda y yo no, y estamos los dos, separados.

Mujer morena, activista y feminista decolonial y antirracista veracruzana. Maestrante en Teoría y Crítica de la Cultura en la Universidad Carlos III de Madrid. Internacionalista formada en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y la Universidad de Pretoria en Sudáfrica. Profesora adjunta en la UNAM e integrante y co-fundadora de la Colectiva Feminista “Dignas Hijas”. Escribe sobre sexualidad y América Latina a partir del estudio de la cultura desde un enfoque decolonial, con el fin de desmitificarlas y evidenciar estereotipos racistas, misóginos y coloniales. Además, menea la cola con funk y reggaetón.

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