Sobre las posturas líquidas — Cómo cambiar banderas por ríos

Llevo algunos años adoptando etiquetas que ahora conforman mi identidad. Feminista, izquierdista, ambientalista. No creo que cumpla correctamente los requerimientos de ninguna. Aun así, parte de mi considera necesario utilizarlas. ¿Para apegarme a los lineamientos que proponen? ¿Para encontrar a otras personas que compartan mis ideas? ¿Para diferenciarme de quienes no piensan igual?

Pienso que, al poner nuestra atención en las humanidades, estamos en nuestro destino encontrarnos con universos ideológicos. Y, cuando simpatizamos con alguna postura, suele nacer el deseo — o incluso el sentimiento de responsabilidad — de abanderarnos por la causa.

Las doctrinas sociales plantean un set de lineamientos a seguir. Esto incluye teoría, quehaceres, prohibiciones y objetivos. Y muchas veces existe un sentimiento —personal y colectivo— de que debemos cumplir los lineamientos de manera absoluta y perfecta, sin cuestionamientos o errores. A mi percepción, uno de los requerimientos más importantes, o quizá una de las consecuencias más dañinas, es el convencimiento inamovible de que la postura que alguien predica es enteramente correcta. Hay mucha seguridad por ganar al seguir esta idea. Fuera mucho más fácil vivir en un mundo de absolutos. Pero creo que es falso y muy dañino pensar que las cosas son tan sencillas.

Parte de mi aún está convencida de que las banderas son determinantes, y muy necesarias. Pero cada vez me he cuestiono más su papel (y el papel de cualquier otro símbolo que genere pertenencia).

Hoy, pienso que las banderas no sirven para que alguien se identifique con ellas, sino para distinguir a quienes no pertenecen al grupo. Nos permiten alienar a quien usa un símbolo diferente, nos hacen creer que conocemos perfectamente a sus participantes y nos convencen, a través de un falso contraste, de que nuestra bandera es la correcta. Digo falso porque este análisis partirá siempre del sesgo de que el propio lado es el correcto. ¿Y realmente lo es?

Con esto no quiero decir que dudo enteramente de mis convicciones. Pero tampoco diría que confío ciegamente en ellas.

Nos han enseñado que la duda es una debilidad, falta de seguridad o conocimiento. Pero ¿cuándo podemos afirmar que realmente estamos seguros de algo? ¿Cuándo hemos descubierto todas sus aristas? ¿Cuándo hemos agotado su literatura? No pienso que ninguna de estas opciones sea posible.

Creo que afirmar completa convicción y seguridad siempre es equivocado. No propongo que no tengamos claridad en nuestras posturas, ni que no practiquemos lo que creemos o que no utilicemos los símbolos con los que nos identificamos. Sino que tengamos apertura para aprender de quién utilice símbolos distintos. Quizá, si no defendiéramos nuestras posturas con pasión ciega o con miedo a que nos demuestren que no estamos en lo correcto, pudiéramos acercarnos con empatía y humildad al lado “contrario”. Creo que aprenderíamos que los lados no son contrarios, ni mutuamente excluyentes.

A pesar de que pienso que la duda es necesaria, hoy —sabiendo lo que sé y siendo quien soy— reconozco claramente en qué causas y posturas deposito mi energía. Pero estoy intentando verlas menos como banderas y más como un lugar de pertenencia. Algo parecido a un río.

Un río es un sistema complejo, atravesado por muchísimas vidas y momentos. Y lo más importante: está siempre en movimiento. Así debe ser la teoría, y así debemos ser nosotres. La liquidez es necesaria para ser personas críticas y cambiantes.

El cambio —la duda y la incertidumbre— son conceptos incómodos. Pero creo que son lo más cercano a una verdad universal.

Creo que hay ciertas cosas que no deben ser puestas en duda. Pero quizá la manera en la que las vemos, las palabras con las que las defendemos o la teoría que guía esas ideas sí deba cuestionarse. No para tumbarla o deshacerla, sino para hacerla evolucionar.

Quiero decir que debemos confiar en lo que sabemos. En un 70% por ciento. Con la suficiente convicción para defenderlo, y el aire necesario para escuchar —escuchar sinceramente— al resto de las posturas. Para seguir aprendiendo e identificando qué debemos cambiar.

Quizá, si nos guiamos por ríos en vez de por banderas, podamos fluir de mejor manera. Entenderíamos que sobre los ríos se construyen puentes, que se pueden atravesar nadando y que hay mucha vida en el medio.

Este texto pudiera ser una incongruencia. En parte creo que lo es. Y justo ese es el punto.

Comunicóloga. Busco entender al mundo desde las letras y escribo sobre lo que me encuentra. Feminista de izquierda, socióloga frustrada y frenemy del cine de terror.

Comparto palabras románticas en Pluma Intrusa, proyecto de copy creativo.

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