Sobre la responsabilidad afectiva

Desde hace unos años, cuando me fui volviendo más consciente sobre la importancia de construir relaciones justas, empecé a intentar regir mi comportamiento bajo la idea de que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor. Es cierto que se habla mucho sobre la alegría, la valentía y la persistencia, pero en algún punto me di cuenta de que, más bien, mi cualidad favorita era otra. Comencé a pensarlo y reconocí en la empatía un proceso que desprende muchas otras características valiosas como el respeto, la prudencia y la asertividad (por mencionar algunas). Y después, poco a poquito —con el paso del tiempo y con altas y bajas en todas las relaciones que conformaban mi vida— fui entendiendo que había algo mucho más profundo que todas estas cualidades tomadas por separado y comprendí que, al juntarlas, daban como resultado algo que logra mejorar cualquier proceso humano: la responsabilidad afectiva.

A pesar de que durante toda nuestra niñez, pubertad y adolescencia nos repiten la importancia que tiene el “ponernos en los zapatos de las demás personas”, creo que, con el paso del tiempo, vamos desgastando esta idea y pareciera que, al llegar a la adultez, nos volvemos más que torpes cuidando los sentimientos de quienes nos rodean. El ser responsables afectivamente implica, desde la conciencia de sabernos y reconocernos entes sociales, el aceptar que todas las acciones que llevamos a cabo tienen consecuencias en la vida de las demás personas y que no podemos, o al menos no debemos, deslindarnos de ellas. Siguiendo esta línea, la responsabilidad afectiva no distingue entre “tipos de relaciones”, pues es necesaria en todos y cada uno de los vínculos que vamos formando, llámense de familia, de amistad, de pareja sexoafectiva, etcétera. Al reconocer en cada persona a alguien que merece nuestro respeto y cuidado para no dañar sus sentimientos y dignidad humana, podemos avanzar hacia la construcción de relaciones más justas y responsables.

Aunque la responsabilidad afectiva trae consigo muchas ventajas, pienso que el hacerla presente en cada segundo de convivencia resulta extremadamente difícil para prácticamente cualquiera. Y es que no llegamos con un manual de relaciones justas. Al contrario, vamos aprendiendo en el camino, pero bajo un sistema que continuamente nos impone estereotipos para todo: para nuestra forma de ser, para la manera en la que debemos tratar a toda persona que nos rodea, para lo que debemos buscar en nuestro futuro, para nuestra manera de querer y miles de etcéteras más, todos regidos bajo los ideales del amor romántico, aquél que con sus mitos nos dicta que el cariño lleno de sufrimiento no sólo es normal sino que, además, es bueno porque “si no duele, no es amor”.

En mi experiencia, la responsabilidad afectiva comenzó a tomar mayor sentido cuando el amor propio se apoderó de mis días al reconocer que, antes que nada, a quien más respeto, cariño y entrega le debo, siempre y sin falta, es a mí misma. Fue entonces que me di cuenta de la importancia que tiene la comunicación constante, el hacer valer mis sentimientos y, sobre todo, el establecer límites para todo. Cuando empecé a respetarme más y quererme más pude entender que toda persona debía aspirar a eso: a siempre ponerse de prioridad a través del autocuidado, creando y conservando relaciones justas, esas que, debido a la responsabilidad afectiva, tienen comprensión, respeto y empatía por todos lados.

Un día, le conté a mi psicóloga cómo me era imposible decirles a otras personas mis molestias e incomodidades, debido al miedo tan grande que me causaba la idea de perderlas. Y, entonces, me puso un ejemplo muy claro que nunca voy a olvidar y que me hizo comprender mejor la importancia de construir relaciones basadas en la responsabilidad afectiva:

¿Qué pasa cuando va a ser nuestro cumpleaños y alguien nos pregunta qué queremos de regalo? Casi siempre contestamos ‘lo que tú me quieras dar’ porque nos da pena expresar qué es aquello que nos gustaría, a pesar de saber perfectamente qué se nos antoja. Y, entonces, terminamos con un regalo que no nos convence tanto, pero que aceptamos de todos modos. Pienso que así pasa con el cariño y las relaciones humanas, no nos atrevemos a decir cómo nos gusta que nos quieran porque nos da miedo y nos conformamos con algo diferente. Pero, si buscamos formar mejores relaciones, deberíamos hacerlo… deberíamos expresar cómo nos gusta recibir el cariño y deberíamos hacerle la misma pregunta a quienes estimamos. Si a otra persona le interesas y cuenta con las posibilidades de quererte como necesitas (y viceversa) vas a terminar construyendo una relación basada en el respeto, el cariño y la empatía. Y si una vez que fuiste clara, te siguen lastimando sus acciones, quizá lo mejor sí es que salga de tu vida…

Autora: Karen Yosajandy

Lo anterior me ayudó a comprender que, siempre y sin excepción, tenemos que rodearnos de personas que, a través de la responsabilidad afectiva, estén dispuestas a cuidar todo vínculo formado y que, del mismo modo, debemos buscar entregar lo mismo para construir relaciones sanas y equitativas. Aplica para y desde la familia, pues, aunque digan que a ésta se le debe querer por encima de todo, es necesario entender que no por el hecho de compartir sangre con alguien, se le debe permitir que nos dañe. Aplica para amistades, donde la sinceridad, la comunicación y el acompañamiento mutuo es esencial. Aplica, obviamente, para relaciones sexoafectivas de cualquier tipo —monógamas, abiertas, poliamorosas, etcétera— ya que el consenso y los límites siempre serán necesarios para que, con información completa, cada quien pueda ejercer decisiones sobre sus emociones y su sexualidad de manera libre y sin lastimar a otras personas. Y así, en general, al entender que nuestras acciones tienen efectos colaterales en otras vidas, es más sencillo ver que la responsabilidad afectiva aplica para todo ámbito en el que nos desarrollamos construyendo lazos sociales.

El amor propio, a través del autocuidado, representa el inicio de todo proceso de responsabilidad afectiva cuando decidimos qué nos hace bien y qué no, cuando establecemos nuestros propios límites y cuando, sin caer en el egoísmo, escogemos aquello que abona a nuestro bienestar. Posteriormente, al relacionarnos, resulta esencial mostrar nuestro cariño y respeto a través de la atención, la honestidad, la empatía y la validación de los sentimientos de cualquier persona. Se trata de un proceso de ida y vuelta que reconoce en cada quien tanto derechos como responsabilidades al momento de formar vínculos. Y esto no quiere decir que emociones como la tristeza y la frustración nunca más se harán presentes, más bien significa que se intentará evitar el sufrimiento innecesario a toda costa.

Una vez, haciendo referencia al aprendizaje que viene gracias al dolor causado por otras personas, una muy buena amiga me dijo que nadie debería llegar a la meta con las rodillas tan raspadas y pienso que, entre muchas otras cosas, de eso se trata la responsabilidad afectiva: de proteger(nos)  del dolor que se puede prevenir volviéndonos conscientes de nuestras acciones, de la necesidad de empatía y de lo bonito que es acompañarnos a través de la comunicación, la sinceridad y el establecimiento de límites.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

4 respuestas a «Sobre la responsabilidad afectiva»

  1. Este texto a sido una de las mejores cosas que me ha sucedido en último tiempo y sin duda alguna, lo mejor que pude leer hoy. Amé la forma en que pudiste expresar todo esto de una manera tan fluida y tan concreta. ¡Gracias por compartir!

  2. Tuve tantos sentimientos encontrados al leer el texto. Fue bello, e inspirador, además de que te invita a repensar muchas vertientes de tu vida. Gracias!

  3. Querida Paulina…

    Gracias por la relación de cariño, justicia y equidad que me regala tu persona.

    Tu palabra me permite reafirmar la riqueza profunda de nuestra amistad, pues veo en tu persona un proceso de conciencia y de vida en movimiento que hoy, simplemente, es capaz de donarse.

    Te abrazo fuerte y con harto cariño!

  4. Querida Paulina…

    Gracias por la relación de cariño, justicia y equidad que me regala tu persona.

    Tu palabra me permite reafirmar la riqueza profunda de nuestra amistad, pues veo en tu persona un proceso de conciencia y de vida en movimiento que hoy, simplemente, es capaz de donarse.

    Te abrazo fuerte y con harto cariño!

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