Sobre el privilegio de celebrar la navidad

El seis de enero terminaron las fiestas decembrinas y creo que para muchas personas fue como un respiro, un alivio.  Durante siglos se ha construido todo un imaginario social de felicidad, paz y buenos deseos, pero alrededor de estas celebraciones también hay una buena dosis de presión social por cumplir con ciertas expectativas con tal de seguir con la tradición.

Como en ninguna otra época del año se exalta la idea de la familia como la base de la sociedad o al menos en lo que respecta a la escena de la cena navideña eso es lo esperado, pues la navidad constituye un festejo “familiar” con todas las exclusiones y violencias que este ideal conlleva.

Desde hace ya varios años, algunas feministas se han encargado de visibilizar los costes que tienen estas celebraciones en términos de trabajo doméstico y en términos emocionales. Sabemos que en nuestro contexto, todavía son las mujeres las que mayoritariamente elaboran los alimentos, lavan los platos, limpian, ordenan y adornan las casas, además de ser las mediadoras para que todes puedan sentarse a la mesa en nombre de la unión familiar.

En cuanto a lo emocional es necesario señalar que cada vez son más las personas para quienes estas fechas son momentos de mucho dolor,  tristeza y soledad. Antes de la pandemia, el número de suicidios se incrementaba por esas fechas, sobre todo en el caso de las personas que han sido psiquiatrizadas. Ahora se suman todas las consecuencias de la pandemia: pérdidas de seres queridos por el Covid-19, las secuelas del virus, el long covid, el desempleo, los trabajos cada vez más precarios, las preocupaciones y la incertidumbre.

Al dolor emocional, también se suman los efectos de la violencia y del terror que se vive en México: el dolor de las madres de miles y miles de hijes desaparecidos y asesinados, los cientos de feminicidios y todo el horror causado por las organizaciones criminales del narcotráfico.

Por otro lado, están las implicaciones de la convivencia familiar: muches niñes son obligades a convivir con quien abusa sexualmente de elles (México es el país donde se cometen más abusos sexuales contra la infancia y quienes los cometen generalmente son los familiares). Personas trans esconden la identidad de género con la cual se identifican para no “incomodar” con su presencia a otres miembros de la familia que no las aceptan (México es el segundo país donde se cometen mayores asesinatos de personas trans). Chicos gays tienen que soportar las burlas respecto a su orientación sexual. Chicas lesbianas tienen que mentir y hacer pasar a sus parejas por amigas. Mujeres jóvenes tienen que soportar el acoso, los comentarios machistas e incomodos de sus familiares.

Quizás hoy más que nunca es necesario replantearse estos festejos pues como está la situación, ¿Quiénes realmente pueden sentarse alrededor de una mesa a celebrar la navidad sintiéndose querides y aceptades por sus familias? ¿Quiénes tienen las posibilidades económicas de tener comidas y bebidas en sus mesas sin preocuparse por qué pasaría el día de mañana? ¿En cuántas familias realmente no hay violencia o abusos?

Antes de dar por hecho que para todes esas fechas son motivo de celebración y enviar mensajes de ¡Feliz Navidad!, sin siquiera saber cómo se encuentran y cuáles son sus circunstancias sería importante ser conscientes de las violencias y opresiones que hay a nuestro alrededor y que impiden que la gente tenga un mínimo de paz. Antes de juzgar a alguien de “grinch” es necesario entender que no todo el mundo quiere o puede celebrar una navidad.

Me encantan las Ciencias Sociales. Me inquieta aprender sobre disidencias sexuales, feminismos (no transfóbicos), producción de subjetividades, corporalidades, opresiones, desigualdades sociales, entre otros temas. Odio la injusticia. Cuestiono lo “normal”. Para mí, “lo personal es político”. Escribo en el blog para compartir reflexiones y opiniones desde un conocimiento situado, no intento generalizar.

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