Síndrome de la impostora

Una de las cosas que más disfruto hacer es escribir, algo que se dificulta teniendo en cuenta que experimento el llamado «síndrome de la impostora (impostor/e)», que no me permite hacerlo con la tranquilidad que me gustaría.

Para las personas que no estén familiarizadas con qué es, a grandes rasgos se refiere a dudar de nuestras capacidades y desprestigiar nuestros logros; creer que no somos lo suficiente buenas para cierto puesto, trabajo, actividad; que hay alguien mejor y la gente se dará cuenta de que realmente somos un fracaso y no estamos a la altura de la tarea.

A mí me pasa con casi todo lo que hago, pero es más latente cuando se trata de mi escritura. Desde que estaba en primaria recuerdo que las maestras me felicitaban por los textos de mis tareas y llegué a publicar en el boletín escolar. En la secundaria esto continuó y en segundo mi calaverita fue la “mejor” de la generación, según. Los halagos por mis escritos no cesaron en los años siguientes: siguieron durante prepa, e incluso en los proyectos de la universidad he recibido comentarios positivos por mi redacción. No sé bien en qué punto comencé a dudar tanto de estas habilidades, pero creo que fue entre secundaria y prepa, y desde entonces me he vuelto más insegura.

Sinceramente espero que no suene presumido nada de lo anterior, porque lo señalo no por estar orgullosa de ello, sino porque siento que no merecía esas felicitaciones o distinciones en ningún punto de mi vida: cuando estaba en primaria, el año pasado ni ahora teniendo un lugar en el blog.

Para julio de 2019, un texto que escribí para un congreso había sido aceptado. Cuando salieron los resultados no paré de repetirme que sólo lo escogieron porque no había más gente, porque el que haya sido porque era “bueno” me parecía inconcebible. He publicado también en la zine de un amigo, y aunque desconozco cuántos textos recibe, no puedo evitar pensar que es para llenar espacio.

Pensamientos de ese estilo pasan por mi cabeza cada vez que un texto que escribí será publicado o tendrá cierto grado de atención, pero nunca habían sido tan frecuentes hasta enero con mi integración al blog, porque, entre otras razones, al ser entradas particulares, sé que cada una tiene un determinado número de visitas e interacciones en redes. Desconozco los números, y el no saber hace que suponga que nadie los lee porque son una porquería; si los conociera, diría lo mismo, porque… ¿por qué los leerían? No valen la pena de leer y mucho menos de compartir.

Considero que todo lo que escribo es basura, así de simple y por más feo que suene. Por eso mismo, cuando me toca mandar el correo con mi texto, a vísperas de ser publicado, mi último pensamiento antes de darle «enviar» suele ser “pues que sea lo que tenga que ser y si es un asco ni modo”. Cada cierto tiempo me pregunto cuándo llegará el día en el que digan que cometieron un error al agregarme al calendario de autoras y autores, pues otra persona podría hacer un mejor uso de ese espacio y no estaría haciendo escritos tan malos.

Ilustración: Christine Nishiyama.

Nunca escribo pensando que el producto final es bueno, cuando mucho admito que no es malo o que está pasable, pero bueno es darle un calificativo positivo, cosa que a la fecha no he logrado hacer y es algo en lo que tengo que trabajar, eso lo sé.

Da igual cuántas personas me hagan cumplidos y digan que les gustó lo que escribí, porque para mí no será bueno, porque igual y están mintiendo para que me sienta bien conmigo misma, aunque no tengan ni la menor idea de cuánto lucho con esos pensamientos tan negativos sobre mi escritura. Sé que no es lógico asumir que los dan por lástima —ni que tengo este rincón del blog por esa razón—, porque realmente no tendrían por qué comentar al respecto, y ni me enteraría si leyeron algo mío; aparte, ¿qué necesidad tendrían de mentir sobre ello? Ninguna, pero eso no evita que piense que no son sinceros los halagos. Ni los mensajes de dos personas en particular que admiro y me encanta cómo escriben, quienes me han dicho que leyeron uno de mis textos y les gustó, en distintos meses y con temáticas diferentes, han logrado convencerme de no escribo mal.

Sé que esto no es una cuestión aislada, e incluso me he topado con pequeñas autoras en redes que, aunque tienen un libro publicado, todavía se enfrentan al síndrome de la impostora al momento de escribir, y si bien no dudo que a la larga pueda afrontar mejor esto, por ahora mi única recomendación para quienes pasen por lo mismo es que no se dejen llevar por esas ideas probablemente equívocas que les incitan a darse por vencidas.

¿Son verdaderas en mi caso? Ni idea, igual y mi cerebro tiene un punto muy válido repitiéndome que no sirvo para escribir; pero si escucho esa voz que dice que me rinda y lo deje, sé que no voy a estar más tranquila, porque se sentirá como una derrota, porque habrá ganado esa parte de mí que no cree que sea lo suficientemente buena —y no, no creo que lo sea—, pero quizá el que opte por esforzarme en ignorar esa voz es un indicio, porque al menos lo estoy intentando, y la alternativa de dejar de escribir simplemente me parece peor.

Estudio Comunicación Social y prefiero escribir antes que hablar. Considero que es muy importante realmente escuchar a las demás personas para así aprender de ellas.

Me gustan los libros de fantasía y las series de ciencia ficción de los 60’s. La mayoría de mis series favoritas están subestimadas.

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