Sin señas particulares: un ejemplo de la excelencia del cine mexicano

—¡Hola! ¡Holaaaa!

La sala de cine está vacía, sus luces apagadas. El cuadro de luz hasta atrás emite el comercial previo a la función que nunca dejó de sonar, su proyector abandonado.

Son las 3:25 pm, 15 minutos después de que la única función de la sala de arte haya empezado. Llego tarde, pero no hay película que me reciba. Mientras salgo de la sala a buscar quien pueda proyectar la película, estoy consciente del chiste dentro de mi situación. Lo que una hace para apoyar el cine mexicano. Estoy ahí por un compromiso inventado hacia el arte nacional que he decidido convertir en mi profesión.

—¡Gracias!— le digo al proyeccionista al regresar, la secuencia del principio empezada. Cuando por fin me siento, me topo con el título de la película sobre un fondo negro: Sin señas particulares.

 Todo lo anterior desaparece, mi atención le pertenece a la película y, hora y media después, me voy con la cola entre las patas, recientemente humilde porque el favor me lo hizo a mí esta película, no al revés.

El día previo a que fuera a ver la ópera prima de Fernanda Valadez, vi por primera vez el filme de Fernando Ruizpalacios, Güeros, aplaudiendo lo fresco que era ver una película mexicana que escogiera al romance y a sus personajes sobre problemáticas políticas porque “eso ya lo hemos visto”. Digo esto consciente de lo privilegiado que es el poder ver a problemáticas políticas como una simple temática y reconociendo las imperfecciones de la película mencionada. Digo esto porque Sin señas particulares toca el tema de la violencia en la frontera de México con Estados Unidos, las personas migrantes, la persecución del sueño americano, la desaparición forzada, pero me calló la boca porque nunca había visto algo como ella y me recordó que estos problemas no son sólo temas que abordar, no sólo están para que se utilicen hasta el cansancio.

Estaba acostumbrada a un cine mexicano que, al ser siempre puesto en competencia con el cine hollywoodense, sentía que estaba muy cerca, pero todavía no llegaba al nivel que quería de él. Suena como una vista pretenciosa, y lo es, pero ¿cuántes no vemos cine mexicano sólo por compromiso? Para separarnos de aquelles que no lo hacen. Para no sentir culpa al decir que nos gusta el cine sin saber nada del que se hace en nuestro país, siempre culpando al elusivo “gobierno” por su falta de apoyo y popularidad.

No estoy diciendo que el gobierno no contribuya a estos problemas (la película se hizo con el apoyo del Foprocine, un fideicomiso inexistente en la actualidad y se sigue ignorando o mal usando el requisito del 15% de cintas mexicanas mostradas en cines) pero, al fin y al cabo, la sala estaba vacía y yo fui por compromiso, por ego. Pero el cine mexicano no se debe aguantar, pobretear, perdonar por lenguaje audiovisual deficiente. El cine mexicano se debe tratar con la seriedad y el respeto con el que se realiza.

La fotografía de Claudia Becerril Bulos en Sin señas particulares es la mejor que he visto del cine en todo el año. Cumple lo que tode buen cinefotografe busca, que su audiencia se pregunte: ¿cómo rayos hicieron eso? Es poética, un deleite para los ojos y, de repente, tan incómoda que cerrarías los ojos para huir si pudieras. El uso de efectos especiales es conservador, increíblemente inteligente al escoger las instancias en donde se ejecuta. Es original y creativa y no puedo dejar de pensar en las imágenes que creó, sus 9 Arieles —incluyendo aquellos para las dos áreas mencionadas— más que merecidos.

No voy a ser tan imparcial como para llamarla “perfecta”, pues la historia llega a ser tan abstracta que une se puede llegar a perder. Sin embargo, decir que esta película es impresionante, sólo por ser ópera prima, no sería justo para el increíble trabajo de dirección de Fernanda Valadez, quien logra aprovechar los talentos de su gran equipo en cada área de la producción y quien impone su estilo sin restar al respeto y seriedad con la que una historia como ésta merece.

Y sí, como ópera prima es un relámpago que anuncia una voz que está aquí para quedarse. 

No voy a generalizar, habrá quienes, a diferencia de su servidora, saben apreciar lo que se nos está ofreciendo, pero me frustra pensar que son la minoría. Me aterra pensar que mi cinismo no es único, que nos hemos vuelto tan indiferentes a lo que pasa en la sombra de nuestro país porque lo vemos como un subgénero de cine gastado.

Les mexicanos sabemos hacer cine formidable, y no sólo en los Estados Unidos. Sin señas particulares nos muestra que, restando el lente hollywoodense, blanco, y norteamericano de las historias sobre migrantes mexicanes, éstas se pueden, y se deben, seguir abordando porque lo que sucede en nuestras fronteras todavía es un misterio para gran parte del país, porque hay personas que encontrar y sus historias merecen ser contadas. Es una película que domina el lenguaje audiovisual de tal manera que puede dar el siguiente paso y aportar un comentario relevante y puntual a la conversación que cada vez se da menos y cuyo balance tienda hacia un punto de vista reducido sobre la problemática de violencia en la frontera y las desapariciones forzadas en el país. Una conversación que no se cuestiona cómo les jóvenes pueden llegar a ejercer la violencia que se vive y que, por ende, no busca soluciones para este espiral.

Este proyecto empezó hace 10 años, como el documental 400 maletas y, tristemente, su temática no ha perdido relevancia desde entonces, sino que ha aumentado. Desde el 2006 hasta el 30 de septiembre del año pasado, se han encontrado 4,092 fosas con 6,900 restos humanos. La cifra de desaparecidos al corte del 2020 fue de 77, 171 personas, con un 90% de estos casos posiblemente relacionados con el crimen organizado. El 2019 fue el año con el mayor número de casos de desapariciones —8,345 personas— desde 1964.

Y el panorama no es tan lejano de nuestro estado como pensamos, ejemplificado trágicamente con el homicidio y tortura de José Eduardo Ravelo el pasado agosto.

Detrás de estas cifras está el dolor del no saber, de que una persona querida se encuentre en alguna parte, tal vez sin vida, sin señas particulares.

Fuentes consultadas:

El Economista, Forbes, LA Times

Stephi. Soy feminista, tengo 21 años y estudio Comunicación en la Anáhuac Mayab. Procuro leer tanto como lo hacía en la primaria y ver todas las películas y escuchar todos los álbumes que pueda antes del Apocalipsis.

Sigo aprendiendo y no pretendo dejar de cometer errores. Solo espero que sea uno diferente cada vez.

Bi.

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