Siempre inconcluso, nunca…

—En sus cuentos breves el tema de la muerte suele aparecer con cierta frecuencia, ¿a qué se debe?
—No es un tema privativo de mis cuentos, habrá notado que en la vida cotidiana también suele aparecer con cierta frecuencia.
—¿No teme jugar con la muerte?
—Soy un escritor temerario.
—¿Qué está escribiendo ahora?
—Un cuento trivial: el escritor que dialoga con la Muerte y la muy pícara lo sorprende en la mitad de una palabra.
—¿Cuál palabra?
—No lo sé, pero seguramente le va a faltar la última sílaba y el cuento quedará inconclu
(“El último cuento”-Juan Carlos García Reig)

 

Al parecer, se me está haciendo costumbre llegar a la deadline de este portal con dos artículos inconclusos y un tercero que resuelve lo que los primeros dos no logran. Este artículo es exactamente esto, una reflexión ligera sobre por qué no me salen los artículos que quisiera escribir cada 15 días (15 pinches días, ¡es un chingo de tiempo!).

A mi yucaposteo indeciso se le suman el intento número 738 de avanzar con mi trabajo de titulación y la tercera vez que trato de retomar la pseudonovela que comencé en la prepa.

Por ahí del 2009 decidí comenzar a escribir. Inicié, como el buen morro que era en 2009, escribiendo canciones que poco a poco se convirtieron en poemas. Cabe aclarar que no tengo formación en composición musical, así que sigo sin entender por qué canciones. Con el paso del tiempo probé con la narrativa y al salir de la prepa me las daba de cuentista. Durante la carrera abandoné casi por completo la creación literaria y me dediqué a la creación académica.

Las víctimas de este proceso son las más de 15 libretas (casi siempre Jean Book) con garabatos, poemas, apuntes de juntas o clases, inicios de cuentos, desarrollos de personajes o de tramas, borradores de algunos textos ya publicados o incluso pequeñas joyas que jamás han visto la luz. La mayoría, sin embargo, son los inconclusos. Cada cierto tiempo regreso a ellos. Los miro, los leo, los juzgo y los vuelvo a guardar. Para mí, la creación funciona de dos formas. O se produce todo de golpe o se hace de a poquitos.

La primera es la que nos venden como el non plus ultra. Unx debe sentarse frente a su medio y debe dedicarse todo el tiempo necesario a producir y no parar hasta que ya haya un producto final. Es la historia de cómo se escribieron las mejores novelas del Siglo XX, las mejores canciones de The Beatles, mis mejores ensayos de la carrera. La segunda implica salir a vivir. Adquirir experiencias, explorar las emociones y que, después de cada momento, la creación mute, cambie, se reinvente.

Hay cosas, como este texto (que ya rebasó su deadline mientras lo escribo), que deben concluirse, no lo voy a negar. De hecho, probablemente pasemos la vida concluyendo con todo lo que se nos pone enfrente. Entonces, ¿por qué hablar de lo inconcluso? Porque, en esos momentos en los que la vida se parece al arte, vale la pena dejar cosas sin resolver y sin concluir para regresar a ellos cuando estemos listxs para retomarlos, cerrarlos o incluso solamente recordarlos.

Tal vez me falta sentir un poco más, procrastinar un poco menos y dejar de buscar respuestas en los finales cerrados. Al cabo que ni me gustan.

Licenciado en Literatura Latinoamericana. Gestor cultural. Abogado de clóset. Escribe ficción y, a veces, cosas interesantes sobre la sociedad en la que habita. Experto en nada.

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