She’s beauty and she’s grace: notas para pensar los concursos de belleza

El presente texto tiene como punto de partida un tweet que llegó a mí por un like y dice así: “Yo me quedé pensando en que mientras el feminismo celebra que se haya tipificado a los concursos de belleza como violencia simbólica, el transactivismo (sic) celebra que se incluya a las mujeres trans en esos certámenes. Es una diferencia significativa”. Considero que el enunciado es problemático por las razones obvias, pero también porque invita a pensar las prácticas culturales en términos dicotómicos de opresión y emancipación sin tomar en cuenta los contextos en los que ocurren y los actores que participan en ellas.

Los concursos de belleza pueden ser percibidos como remanentes del pasado, pero en muchos países representan una industria próspera y dinámica. Si bien se celebran en todo el mundo, adquieren una dimensión particular; en un contexto globalizado, son espacios en los que las identidades y culturas locales adquieren un carácter público y más visible. En ellos se premian a quienes se ajustan a un modelo específico de feminidad y es —cuando menos reduccionista— pensar que se trata de imitaciones burdas de un molde “occidental” —lo que sea que el término signifique—.

Son competencias profundamente políticas e importantes para quienes compiten en ellas y quienes las organizan, patrocinan y consumen. Para la antropóloga Juliet Gilbert, “los ideales, la moral y los valores de una comunidad son visibles en el escenario del certamen y ratificados por la concursante ganadora, la representante coronada de la comunidad. Pero, a medida que estos valores se revelan, también se abren a ser desafiados y reinterpretados”. La socióloga Oluwakemi Balogun los define como espacios en los que se debaten y negocian ideales como el género, el poder y la nación, y que reflejan cómo cada Estado entiende y moldea la identidad nacional y también sus relaciones exteriores. 

En Nigeria —donde hay cerca de mil competencias registradas— los concursos de belleza tienen una larga tradición y son una actividad en la que se involucran el Estado, los gobiernos locales, las universidades y las iglesias, mas no en todos se honra el mismo modelo de feminidad. Por ejemplo, en Carnival Calabar Queen —un certamen pentecostal— las concursantes deben emular el arquetipo de mujer respetable, caritativa, bondadosa y temerosa de dios. Queen Nigeria busca “revitalizar y apreciar la cultura nigeriana para unificar la nación”, mientras que The Most Beautiful Girl in Nigeria,de vocación cosmopolita, está pensado hacia afuera, las ganadoras compiten en Miss World y Miss Universe.

Si bien la observancia de mandatos de género heteronormativos resulta problemática, participar en concursos de belleza puede facilitar a mujeres jóvenes el acceso a ciertas formas de capital, como becas o reconocimiento social. Sabrina Billings describe cómo en Tanzania —un país en el que la mayoría de la población habla swahili— el dominio real o pretendido del inglés es utilizado por las jóvenes aspirantes para posicionarse sobre sus contrincantes como parte de una élite educada y cosmopolita. De igual manera, las contendientes, por ser la Carnival Calabar Queen, pueden insertarse en redes de mentoría que les ayudan a encontrar certeza y estabilidad, así como obtener reconocimiento y autoridad; atributos generalmente mediados por la edad y el estado civil.

Balogun problematiza la controversia suscitada por el uso de bikinis y su relación con nociones como la respetabilidad —de las concursantes y la nación— en certámenes al interior del contexto nigeriano. Aunque las personas involucradas tienen posturas en abierta confrontación sobre el tema, las participantes refutan y redefinen qué implica usar un bikini, y cómo se relaciona con los ideales de belleza y los mandatos de género. Es decir, las mujeres jóvenes que se disputan la corona no sólo fabrican su identidad propia, sino que también bordan construcciones colectivas como “lo nacional”. De manera similar, Dorothea Schulz plantea que, en el caso de Malí, la transmisión televisiva de los certámenes ha abierto la posibilidad de que las audiencias debatan las concepciones imperantes de “lo bello”, “lo femenino” y “lo maliense”.

Vía: Cinemax

No diría que los concursos de belleza tengan la capacidad de empoderar a quienes participan en ellos; para empezar, creo que el término empoderamiento carece de tracción explicativa. Sin embargo, considero importante pensarlos como ventanas de autonomía que permiten que mujeres jóvenes inmersas en contextos patriarcales y gerontocráticos tengan acceso a formas de capital como becas, relaciones y autoridades que, de manera regular, están reservadas para mujeres adultas casadas y de cierta clase.

Pensar los certámenes de belleza, donde sea que tengan lugar, como arenas en las que se debaten y reconfiguran nociones acerca del género, la belleza y la identidad nacional, nos permite entender que los constructos sociales no son estáticos, sino que resultan de negociaciones y disputas en las que participamos día a día. Afirmar que algo es una construcción social arroja luz sobre los procesos mediante los cuales lo que ha sido considerado “tradicional”, “normal” o “natural” y, por lo tanto, incuestionable; pero, también, evidencia que lo que puede parecer dado, está bajo incesante escrutinio.

No sé preparar café y no entiendo de fútbol. Estudié Relaciones Internacionales y tengo maestría en Estudios de África. Amo dar clase, el true crime, el tecito, los esquites y el chisme. Soy muy 360.

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