Se Busca Motivación

“¿Ya viste El Juego del Calamar?” Nop.

“¿Ya viste The Maid?” Tampoco.

“¡Tienes que ver esta nueva serie escandinava!” No creo poder.

Ando muy ocupada ¿saben? Tengo que hacer una infografía. Tengo que terminar una presentación. Tengo ensayo. Tengo trabajo. Tengo escuela.

Lo que tengo es sueño.

Lo que tengo es una terrible y constante falta de motivación. Porque, a la par de todas estas tareas que hago —porque tengo que, no porque quiero— existen proyectos que me interesan. Tengo que terminar de escribir un cuento. Tengo que grabar una canción. Tengo que terminar de editar un corto. Tengo que leer alguno de los libros que coleccionan polvo en mi entrepaño.

Ya he estado aquí. Cargada de cosas que no quiero hacer y, al mismo tiempo, dolorosamente consciente de todas las cosas que quiero hacer y no puedo. He estado aquí y sé lo increíble que se siente tomar las decisiones egoístas e irracionales para salir de aquí. Escoger una carrera que te apasiona, renunciar al trabajo, tomar malas decisiones en una noche y dejarte llevar.

Hay tantas cosas que hacer y tantas consecuencias reales al no hacerlas. Es abrumador. Es tan abrumador que hago un corto circuito y de pronto, no es que entre en paz, sino que entro en un estado de bifurcación en donde mi cerebro solo registra hacer todo o hacer nada, y siempre elegirá hacer nada. Ah, pero aquí viene Doña Responsabilidad a cerrarte el changarro.

“Ya te falta poco para graduarte ¡ánimo!” ¿Y si quiero ser feliz ahorita? Qué ganas de quedarte dormida y no ser despertada por la ansiedad que te da saber que empiezas retrasada. Qué ganas de no tomar un descanso sin sentirse culpable con todas las personas que esperan algo de ti. Qué ganas de solo disfrutar.

Qué terrible y constante falta de motivación para seguir en donde estoy.

El otro día me di cuenta de que la mayoría de las conversaciones que había tenido con un amigo, habían sido para quejarme. Así son la mayoría de mis conversaciones últimamente. Las interacciones que tengo con amigues se convierten en momentos fugaces de desahogo y se me olvida preguntar cómo están elles. Se me olvida que mi personalidad va más allá de estar frustrada con la vida. Solía hablar de libros, películas, series. Pero llevo hablando de los mismos libros, las mismas películas, las mismas series por años. No he tenido tiempo de ver nada nuevo. Y de pronto, regreso a quejarme, y así infinitamente.

Sueño con ir a cenar en un vestido. A veces, cuando voy a la plaza junto a mi edificio me quedo observando los restaurantes caros, en donde una noche me costaría mi quincena. Quiero el ruido blanco de una docena de conversaciones, la risa ocasional cortando el ritmo de cubiertos contra platos, copas contra copas. Cuando era chiquita, me arrullaba ese ruido y dormía tranquila al saber que cuando creciera pertenecería a él.

Quería darles una nota inteligentemente cómica sobre el cine, pero no existe en mí en estos momentos. Es muy difícil generar observaciones profundas sobre el arte cuando tienes sueño. Para serles honesta, llego a extrañar el ser una simple espectadora. Mis profesores me dicen que ahora no puedo ver películas mas que a través de un lente analítico, siempre preguntándome cómo hicieron lo que hicieron y por qué. Siento la presión de leerme todos los clásicos latinoamericanos que mi educación gringa no pudo ofrecerme en la prepa, de ver más cine mexicano como tanto imploré en mi nota pasada (en fin, la hipocresía). A veces puedo forzarme a ser esa persona culta, otras extraño ser la estudiante de biología que podía asombrarse por Blade Runner 2049 sin saber quién era Roger Deakins y que leía los libros de Percy Jackson una y otra vez.

Vía: Tecsa

Extiendo una sincera disculpa a aquelles a quienes les debo algún trabajo o tarea.

A quienes ya se chutaron mi monólogo de apreciación sobre Moonlight, Beloved, Frankenstein y Fleabag (cada una obras exquisitas que probablemente ya he recomendado más de cinco veces a cualquiera que se ha llegado a topar conmigo en persona o hasta en Zoom), gracias y perdón. A mis profesores que he dejado hablando como podcast de fondo mientras juego una app infantil en mi celular o me quedo dormida, perdón. Yo sé que le echan ganas. No son ustedes, soy yo. Quisiera tener una mejor excusa, pero, en realidad, no tengo ni una mala.

Lo único que tengo es sueño y una terrible y constante falta de motivación.

Stephi. Soy feminista, tengo 21 años y estudio Comunicación en la Anáhuac Mayab. Procuro leer tanto como lo hacía en la primaria y ver todas las películas y escuchar todos los álbumes que pueda antes del Apocalipsis.

Sigo aprendiendo y no pretendo dejar de cometer errores. Solo espero que sea uno diferente cada vez.

Bi.

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