SANAR, ENCONTRARNOS, LLORAR A NUESTROS MUERTOS, TOMAR NUEVAS DECISIONES. EN ESE ORDEN.

“Y la gente se quedaba en casa

y leía libros y escuchaba

y descansó e hizo ejercicios

e hizo arte y jugó

y aprendió nuevas formas de ser

y se detuvo

y escuchó más profundamente.

Alguien meditó

alguien rezó

alguien estaba bailando

alguien se encontró con su sombra

y la gente comenzó a pensar diferente.

Y la gente sanó.

Y hubo ausencia de personas que vivían en una peligrosa ignorancia

sin sentido y sin corazón,

incluso la tierra comenzó a sanar

y cuando el peligro terminó

y las personas se encontraron

y lloraron por los muertos.

Y tomaron nuevas decisiones…

y soñaron con nuevas visiones

y crearon nuevas formas de vida.

Y curaron completamente la tierra

justo cuando fueron sanados.”

No. Lo que acaba de leer no es una reflexión nacida en las últimas semanas desde el corazón en cuarentena de algún poeta, sino los versos escritos por la escritora irlandesa Kathleen O’Meara en 1869, bajo el seudónimo de Grace Ramsay.

“Iza’s story”, donde está contenido este poema, es la segunda novela publicada de O’Meara, la cual se desarrolla durante la resistencia polaca contra la invasión rusa en la Guerra polaco-moscovita, en el siglo XVII. En resumen: una mujer en 1869 interpreta a la luz de su realidad social e histórica, la realidad concreta de un pueblo entre 1605 y 1618, que hoy, iniciando el año 2020, nos hace mucho sentido.

Me es imposible no pensar en “el péndulo de la historia”, como muchos autores a través del tiempo han referido. Podemos mirar esto desde el pesimismo y concluir que la necia humanidad no ha entendido nada de su propio caminar, aunque, en estos momentos me parece más pertinente mirarnos con la humildad que obliga a reconocer lo mucho que a esta humanidad, que ha llegado a las estrellas, le queda por aprender de sí misma y los sistemas que ha construido.

La pandemia que hoy azota a nuestro país y al mundo entero, ha evidenciado fuertemente las voraces desigualdades neoliberales: una crisis sanitaria de tamaña dimensión, detonada en gran medida por una clase media y alta, con posibilidades de viajar por el mundo, mientras las clases en condiciones más precarias padecen, con pocas posibilidades de recluirse en casa durante la contingencia; el racismo que brota aprovechando la ocasión, las grandes empresas dispuestas a defender hasta el último centavo aún a costa de sus empleados y empleadas, las mujeres e infancias confinadas en lo doméstico con sus violentadores, así como los sistemas de salud públicos colapsando frente al Covid-19.

Las últimas dos estrofas del poema de O’Meara/Ramsay, son un fuerte llamado atemporal a la esperanza: Sanar, encontrarnos, llorar a nuestros muertos, tomar nuevas decisiones. En ese orden.

Dicen quienes ostentan la expertís (y los que no) de este tema, que aún nos falta enfrentar lo más duro de esta tormenta, sin embargo, creo que en cada etapa de esta contingencia es preciso reconocer las lecciones aprendidas, desde lo estructural hasta lo relacional e individual… ¿Es sostenible un modelo de salud pública sin perspectiva de derechos humanos?, ¿Las condiciones del personal de salud les permiten realizar un trabajo dignificante?, en tiempos de aislamiento ¿qué relevancia tiene la salud mental, el acceso a una vida libre de violencia, el sabernos y sentirnos acompañadas y acompañados, el vivir procesos sanos de duelo?, ¿Cuál es nuestra responsabilidad frente a la precarización de otras personas?, ¿Cómo han sido mis hábitos de consumo regulares?, ¿Qué conductas de riesgo me negué a abandonar (estando en posibilidades de hacerlo) durante la contingencia? Son solo algunas pocas preguntas que propongo formularnos con la certeza de que hay cabida para muchas, muchas más.

¿Qué nuevas visiones, nuevas formas de vida, de las que soñara escribiendo Kathleen O’Meara en 1869 nos hemos resistido a fundar?

Es tarde, pero es todo el tiempo que tenemos a mano para hacer el futuro, dijo Casaldáliga.

Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

Una respuesta a «SANAR, ENCONTRARNOS, LLORAR A NUESTROS MUERTOS, TOMAR NUEVAS DECISIONES. EN ESE ORDEN.»

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