Sanar el corazón, curar el cáncer: un relato envenenado

Escribir sobre una enfermedad como el cáncer me ubica en un lugar raro. Me descoloca por completo y, al mismo tiempo, me devuelve a un escenario que conozco bien. Me hace levantarme cuatro veces de la silla y enojarme con un cojín porque no puede acomodarse mágicamente sin mi ayuda. Me hace sentir el absurdo y me incomoda en la médula. Lo veo con la distancia mínima de no padecerlo y la cercanía insoportable de ver morir a quien sí. Tengo una madeja de historias, no una, trescientas, que no llegan a nada y que son puro enredo, pero se entreveran en la mía y me heredan una herida que no puedo ignorar. Me queda la duda de si algo de esto importa, de si hay algo más que duelo. Tengo la sensación agridulce de ahora saber cosas que no entendía cuando mi mamá estaba enferma; de saber cosas que no entendía cuando mi mamá estaba viva. De querer preguntarle y, como no puedo, de leer sus diarios, de navegar en mi memoria, de necesitar escribir. Es el lugar de la deuda.

            Pero no es ésta una deuda de culpas, necesito reconocer. Es una deuda por entender el dolor. Ese que acompaña a las enfermedades crónicas. Ese que moldea al cuerpo que empieza a saber de relatos en cuanto recibe un diagnóstico. Ese que no es dolor físico en un inicio y, por intenso, termina siéndolo. Ese paralelo e íntimo a la enfermedad. Ese reservado para las mujeres. Ese reservado para los cuerpos feminizados. Me hubiera gustado conocer a Susan Sontag y Audre Lorde hace diez años porque hubiera entendido que todo lo corporal es social y político (y todo lo que voy a decir ya lo dijeron mucho mejor que nadie). Y cuando se trata de cáncer de mama o de ovarios —como todo lo relativo a la sexualidad de quienes tenemos mamas y ovarios— nos permitimos todo. Éste es apenas un esbozo de lo que he entendido sobre uno de los relatos que acompaña a la enfermedad y que termina por agregarle capas y capas de significados: el relato sobre cáncer de mama como consecuencia de las emociones negativas y la sanación interior como cura.

Recuperado de Instagram: @cancerdemama_mx

Dos días antes de que muriera, una persona le dijo a mi madre que tenía que perdonarse para curarse, para sobrevivir. Recuerdo —con una mezcla de náuseas y asombro— la expresión en la cara de esta persona el día que mi mamá murió. Era una cara, con todo y la pena, de confianza absoluta en que si estaba pasando lo que estaba pasando era porque no se había atendido su remedio. Quisiera recordar esto como algo aislado, pero la creencia que relaciona el cáncer con las emociones fuertes o negativas es bastante común. Y, creo, también bastante doloroso para quienes se enferman y para quienes acompañan. No es nada más un mito que circule ahí. Es un imaginario consolidado sobre el cáncer de mama y ovario que explica la enfermedad como un castigo y ofrece la cura, y es un imaginario punitivo. Y yo no tengo las credenciales médicas o científicas para explicar el cáncer (pero tampoco creo que las tengan quienes recetan perdonar). Lo que sí intento es tratar de entender los dolores consecuentes de estos relatos y los supuestos subyacentes que los sostienen cada vez que hablamos de “sanar”.

Lo primero que me viene a la mente es sobre el rencor. El cáncer le da a quienes conservan rencores, a quienes no han logrado perdonar, a quienes se enojan constantemente o tienen dolores acumulados, a quienes se aferran al pasado. Básicamente, quienes sienten las emociones que las mujeres no deberían sentir. O deberían sentir muy brevemente porque no tenemos derecho a la rabia, eso hay que dominarlo rápido. O ni siquiera eso, también quienes tienen personalidades que pueden ser leídas como “carácter fuerte”, como si existiera una personalidad con predisposición al cáncer. La causa es el rencor y la cura es el perdón, a les demás y a una misma, sea cual sea el agravio, sea cual sea la historia. Y esto crea un ciclo de responsabilidad. Primero, la de haberte enfermado. Luego, la de curarte. Si te dio cáncer fue por algo, y si no te estás logrando curar, también. Qué responsabilidad para las pacientes, qué carga y qué culpa.

También es sobre la sexualidad femenina. Recuerdo en alguna ocasión haber expresado mi preocupación por llegar a desarrollar cáncer. No se me olvida un comentario: arregla las cosas en ese departamento, se me dijo formando con un dedo una línea imaginaria entre mi vientre y mis senos. El cáncer le da a quienes tienen problemas con la pareja, con la maternidad, de fertilidad, quienes guardaron energías negativas de encuentros sexuales anteriores. Debe ser increíblemente doloroso pensar que en tu diagnóstico hay responsabilidad propia por no saber “resolver cosas”, por no tener pareja, o por simplemente no querer alinearte a una manera de vivir tus relaciones sexoafectivas.

Entonces, ¿cuál es un buen tratamiento de prevención contra el cáncer? Tener una buena relación de pareja, estar bien con les hijes, perdonar, sanar, soltar, dominar las pasiones, controlar los excesos de emociones, sentir lo que nos corresponde. ¿Nos suena? Sí, básicamente se trata de ser una buena mujer. Lo que estos relatos nos dicen, estos que hablan de “sanar”, es que a las malas mujeres les puede dar cáncer y que las pacientes de cáncer son malas mujeres, a tiempo para redimirse si quieren estar bien. Tiene el mismo capacitismo que el mito de la estabilidad mental, exige un equilibrio suscrito a un modelo de racionalidad al que no todes podemos, ni debemos, ajustarnos. Pero en este caso, en el castigo por no hacerlo te estás jugando la vida.

Recuperado de Instagram: @fucam_ac

Por otro lado, simbolizar y necesitar el cobijo de una razón es algo muy humano. Muchas explicaciones psicológicas han venido a amortiguar la caída de los grandes relatos y el vacío que deja. Tal vez ya no es suficiente pensar que un dios nos ha mandado un diagnóstico, pero haremos el esfuerzo por mantener la idea de que el espíritu puede ganarle al cuerpo. «Gran parte de la popularidad y de la fuerza persuasiva de la psicología provienen de que sea una forma sublimada de espiritualismo: una forma laica y ostensiblemente científica de afirmar la primacía del espíritu sobre la materia» (Sontag, La enfermedad y sus metáforas). Estos relatos nos dan cierto control sobre el futuro, incierto en toda su extensión, y la sensación de que tal vez no estamos tan a la deriva, que podemos hacer algo al respecto.

Y no es sólo la historia del cáncer, también del sida, de las enfermedades de transmisión sexual, incluso del COVID-19. Es la historia de los cuerpos no hegemónicamente sanos, que duelen, que necesitan, que cambian. Pero nos permitimos mucho cuando se trata de cuerpos femeninos. Con el CM, ver ciertos cambios en el cuerpo a la luz de estos relatos —la posible pérdida de las mamas o del cabello, todavía leídos como símbolos intrínsecos de feminidad— confirma y encarna el castigo. Moralizar las enfermedades las reviste de estigma y culpa, y las dimensiones de la herida sólo pueden crecer.

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *