Resistir desde la teoría

El mundo de los saberes intelectuales y la cultura nunca fue concebido ni permitido para las mujeres. En principio, la medida de la historia de la humanidad ha sido siempre la de “el hombre” y sus grandes hazañas y descubrimientos. La concepción y los conocimientos sobre las mujeres han sido obtenidos y formulados por hombres, inclusive las partes de nuestros cuerpos tienen los apellidos de los hombres de ciencia que las “descubrieron” (por ejemplo, las trompas de Falopio).

Históricamente hemos sido relegadas al espacio privado, a las labores domésticas y a maternar a los hijos propios, pero también a todo aquello que se nos cruce en el camino. Hemos sido dotadas con el don de la empatía y del sentimentalismo casi casi por ‘’naturaleza’’, nuestra existencia solo se ha tomado como válida a través de la existencia y necesidades del otrO.

Recientemente, algunas personas llaman a no exigir a las mujeres que reciten conceptos sacados de libros hechos hace años, esto con la finalidad de tener una mirada integral hacia los contextos diversos de cada una y de no desvalorizar las vivencias y conjeturas a las que las mujeres pueden llegar aun sin conceptualizar desde lo académico y/o institucional. Sin embargo, esta propuesta que nace desde la no violencia entre nosotras se ha tornado en una manera moderna de mandarnos (de nueva cuenta) a no pensar ni analizar por cuenta propia, pinta para ser una nueva manera paternalista de creer que no podemos tener la capacidad pensar de manera autónoma y crítica.

Cuando a las mujeres se nos pide “no teorizar y empatizar más” se nos pide que hagamos lo que siempre se nos ha impuesto y que siempre hemos hecho. Las mujeres sin los conocimientos obtenidos a través del ejercicio de la intelectualidad solo somos valoradas por esa “cualidad” que nos imponen desde pequeñas: la belleza.

Yo, Lisseth, he encontrado a lo largo de mi vida un refugio en la obtención de conocimiento, en la teorización y cuestionamiento que esta acompaña. Mi vida transcurrió en un lugar donde las bibliotecas eran algo prácticamente inexistente y donde el internet era eso a lo que pocas personas privilegiadas podíamos acceder. Cuando el Wi-Fi comenzaba a popularizarse, en mi entorno solo existía el internet que se obtenía de conectar el cable del teléfono a la computadora de escritorio. Wikipedia fue mi mayor descubrimiento en ese entonces, ¿cómo que existe un lugar donde pones un concepto y te sale información sobre el tema? Yo me sentía la erudita del pueblo, de la escuela, del salón y de mi casa.

También a través de la lectura y obtención de conocimientos nuevos, encontré la única forma de ser validada puesto que no contaba con la belleza física requerida, la frase de “no seré bonita, pero al menos soy inteligente” fue mi manera de resistir a la adolescencia. Mi persona y mi personalidad se ha construido fundamentalmente con base en lo que puedo teorizar, entender, compartir y comunicar con otras. El reconocimiento a mi intelectualidad siendo mujer siempre ha sido desvalorizada ante la mirada masculina, necesito fundamentar con al menos 3 fuentes confiables y oficiales lo que soy capaz de entender y sostener ya que si no lo hago, solo soy una mujer hablando desde ella misma y eso no basta al momento de defender un argumento.

Podría resumir toda mi vivencia y la constante negación de la actividad de pensar en mí, con una cita de la tesis de licenciatura de Rosario Castellanos.

“El mundo que para mí está cerrado tiene un nombre: se llama cultura. Sus habitantes son todos ellos del sexo masculino. Ellos se llaman a sí mismos hombres y humanidad a su facultad de residir en el mundo de la cultura y aclimatarse a él”.

Yo, María Paula, he encontrado en el conocimiento una forma de resistencia. Ser mujer es, en sí mismo, resistir todos los días, y siempre se debe reconocer la diversidad de mujeres, la cual nos coloca a cada una en situaciones de vulnerabilidad distintas, pero en todas existe el factor de género que impacta de manera diferencial.

Mis privilegios, como el no ser indígena, no estar en una situación de pobreza, ser una persona sin discapacidad, etc., me han hecho menos difícil el acceder no solo a estudios universitarios, sino a poder participar en ciertos espacios, como los espacios académicos y de activismo. Y en ambos espacios he encontrado barreras en relación con mi género.

En los espacios académicos, he encontrado una tendencia de las personas a “sorprenderse” con ciertas participaciones, sorpresa ante la que destacan mi edad y mi aspecto. Uno de los ejemplos más claros fue cuando en una competencia, tras la ronda final, una persona se acercó a felicitar a mi compañero y a mí. A él lo felicitó diciendo “felicidades, abogado, muy buena exposición” o algo similar, pero para mí, la felicitación fue “nunca creí ver a una niña tan bonita hablar tan bien sobre derechos humanos”.

Y en sentido similar, han sido incontables las veces que, al ir como panelista a un evento e iniciar, asumen que soy la moderadora o maestra de ceremonia, sorprendiéndose hasta con cierta incredulidad de que mi participación será como panelista. Y aun con cierta reserva, es notable el cambio de actitud después de la lectura de las semblanzas.

Hace no mucho, leía a una persona que refería la lectura de semblanzas como “baños de ego”, quizá para él como hombre, esa lectura sea una cuestión de ego, pero para las mujeres de esa lectura depende que tan en serio e incluso con cuánto respeto nos van a tratar o no; y aun así el constante mansplaining, las interrupciones y el acoso son mucho más comunes de lo que pareciere.

En espacios de activismo, además de repetirse lo anteriormente mencionado, he notado la necesidad de que las mujeres al movernos en esos espacios, tendemos a recurrir a que nuestros discursos tengan que estar reforzados en la cuestión teórica, y lo emocional es adicional. A mi parecer, esta es una consecuencia de que cuando apelamos a las emociones, se nos tilda de exageradas y se nos deja de prestar atención, a diferencia de un hombre, al que se le llamaría revolucionario.

Teorizar no implica frialdad, ser imparcial no es ser neutral, porque el compromiso es con los derechos humanos y con el cambio social. La teoría es una herramienta que para muchas de nosotras es más una obligación para poder permanecer en ciertos espacios, para ser “escuchadas”. Uno de los principales aprendizajes en este camino ha sido que empatizar también incluye entender que no vas a poder entender ciertas situaciones, porque no las vives. Ahí nos queda cuestionar y tratar de construir colectivamente, intentando que nuestras ansias de cambio social sean dirigidas de la mejor manera, y que una buena intención o “la empatía” no se transforme en violencia.

A veces estudio derecho, a veces hago comunidad con otras mujeres.
Politizo, cuestiono y teorizo todo

Estudiante de décimo semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Yucatán. Miembro del Colectivo Más Derechos Humanos y de Amnistía Internacional Yucatán.

Escribo de temas de interés social con perspectiva de derechos humanos.

"Cada quien necesita viajar a su propio tiempo por su propia distancia".

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