El retorno del amor moral (pt. 2): el fenómeno Taylor Swift

Es poco necesario decir que hace un par de días Taylor Swift rompió el internet con su relanzamiento de Red (Taylor’s Version), particularmente con la versión larga y el corto de la canción All Too Well. Y no es queja, yo soy fan, en estos dos días es lo único que he estado escuchando. Pero una canción de amor (o despecho) que se vuelve tan viral en tan poco tiempo… cuánto nos dice sobre las subjetividades colectivas. En la parte uno que escribí sobre El retorno del amor moral me había propuesto tratar de descifrar, a lo largo de algunos textos, qué es lo que motiva nuestras elecciones sexoafectivas actualmente. Y el fenómeno Taylor Swift me vino a regalar un gran ejemplo sobre esta matriz que se está formando sobre la sexualidad feminista y correcta.

¿Por qué fenómeno Taylor Swift? Porque no es su música, es lo que desató. De hecho, no hay tanto qué decir sobre la letra de All Too Well; medio patán, la deja de manera condescendiente por ser ella menor, ella lo extraña, repite que fue único, que la lastimó, que le quería y que sabe que él también se acuerda de lo que tuvieron, que #nosehaga. Para echar una lloradita. Fin. Sabemos de quién se trata la canción, así que empezaron las bromas: fuck you, Jake Gyllenhaal. Pero luego no eran bromas. De pronto había toda una conversación sobre la pedofilia. ¿Qué? ¿En qué momento escaló? Creo que puedo aventurarme a afirmar que se trata de una espiral de significación, el mensaje emitido fue uno, y la interpretación de les receptores fue otra porque se le agregan dos ingredientes que juntos son muy peligrosos: pánico y moral. Una preocupación desproporcionada a un riesgo objetivo. Conceptualizar es politizar, dice Celia Amorós, y hablar con tal ligereza de la pedofilia es banalizarla.

Algunas posturas un poco más sensatas planteaban que hablar de pedofilia tenía impedimentos, pues sería necesario definir que existe una infancia en la ecuación y no la había, la línea entre las adolescencias y las juventudes es difusa, y pensar que las adolescencias tienen vida sexual es un tema al que no queremos entrarle. Pero el concepto sombrilla salvó la tarde: relaciones de poder. Este término lo podemos aplicar a todo porque no nos obliga a pensar en matices ni contextos, ni a cómo se puede configurar el poder entre las personas. La receta es sencilla, reduccionista y esencialista (y, curioso, enfáticamente heterosexual): mujer + age gap + hombre = relación de poder. No significa que no suceda, pero ¿qué pasa cuando nuestra acción feminista es volver a esta receta una condición apriorística y absoluta?

a. Infantilizamos a las mujeres jóvenes. Estamos tan enfocades en cuestionar el deseo masculino que ni siquiera nos detuvimos un segundo a pensar que la otra parte tiene agencias, deseos y afectos propios. ¿Por qué? Porque nosotres, haciendo lo mismo que Jake Gyllenhaal hizo con Taylor Swift, miramos ese deseo femenino con condescendencia. No nos detenemos ni a preguntar porque partimos de una premisa: ese deseo no es genuino, está manipulado, no sabe lo que quiere. ¿Por qué es tan frecuente encontrarnos con frases del tipo «si tiene treinta años y se mete con una de veinte es porque no puede con las de su edad»? Es básicamente «métete con alguien de tu tamaño». Es tan viejo como el patriarcado asociar un valor cambiante y relativo de las mujeres con las diferentes etapas de su vida. Y en esta narrativa les confirmamos que sí, que las mujeres jóvenes somos chiquitas, no en edad, sólo chiquitas. Fáciles, manipulables, débiles, vulnerables, con miedo. Nuestra acción feminista es empequeñecernos. Cuando insertamos la condición de víctima en un escenario así, la despojamos de su agencia. Por ponerlo en términos sencillos, ¿por qué no nos hemos preguntado qué quería la Taylor del video? ¿por qué le dolió tanto? ¿por qué su reivindicación es la presentación de un libro donde se muestra exitosa y “madura”? Agencia. Quería agencia. No quería lástima disfrazada de protección. Si bien de estas narrativas no nacen las dinámicas de poder, vaya que lo ratifican.

All Too Well: The Short Film, Taylor Swift. Via YouTube

b. La importancia de problematizar sin estigmatizar. No se trata de voltear a otro lado e ignorar que el poder existe, pero la prohibición y los imperativos sobre con quiénes se puede desarrollar el deseo correcto y con quiénes no siguen fragmentando la vida en cajitas en las que no todes cabemos, esencializando la sexualidad y omitiendo la complejidad de las relaciones. El daño de los imperativos no es tanto por estigmatizar a quien está en la posición de “opresor”; también a quien se encuentra en posición de “oprimida” le confieren la responsabilidad de tener relaciones “correctas” o atenerse a las consecuencias, que no está tan lejano del «pues si no quiere que la violen ya sabe que no tiene que usar falda». El estigma genera miedo, y el contexto sociopolítico ya da bastante miedo como para agregarnos más. El feminismo que nos toma por ingenuas perpetuas no nos está haciendo ningún favor a las mujeres jóvenes cuando no reconoce nuestras expresiones de sexualidad y nuestros deseos si se salen de los esquemas de lo moralmente correcto, que no distan tanto de aquella figura sesentera de la mujer respetable, que ahora es encarnada por la feminista respetable. A mí lo que me da miedo es cuánto miedo nos está dando vivir nuestras vidas y sexualidades y cariños libremente. Y también, volviendo al panorama general, el estigma y el miedo son los motores de la cultura de la cancelación y la persecución, que finalmente es la matriz de donde se están desprendiendo nuestras interacciones. De mi amiga Dan (@DaniellaGu_) «este fin de semana, vimos a muchas feministas celebrar una fantasía de poder volver a pasar por el escrutinio al hombre que hace diez años le rompió el corazón a alguien, ¿de qué sirve estar pensando medidas que reparen si va a salir una canción y pensamos que el acto feminista es unirnos al escrutinio? Llegamos aquí todas porque estamos hartas del sistema, porque no queremos que nos impongan, porque no queremos que nos digan qué hacer, porque estamos hartas de las violencias que llegan a nosotras, pero de alguna manera las vamos replicando». Nada de esto es sobre estas dos celebridades, cuya relación ya tiene un punto de partida donde ambos tienen un privilegio y una plataforma al que ningune de nosotres nos acercamos, sino sobre tener ídolos de donde desarrollamos interpretaciones como máximas de un pensamiento político que pretende advocar por la libertad.

Todo esto me recuerda mucho al gesto de Virginie Despentes en su Teoría de King Kong. Piensa y reflexiona y cuestiona y hace todo lo necesario para problematizar lo que debe cambiar en el mundo, pero eso no está peleado con seguir viviendo sin prohibiciones ni imperativos. Con seguir tomando el riesgo de hacer y vivir sin reglas cuando ocurren tantas cosas fuera. Despentes escribe sobre una conferencia de Camille Paglia, en la que narraba cómo en los años sesenta encerraban a las mujeres en los campus universitarios estadounidenses a las seis de la tarde, porque el mundo era peligroso y corrían el riesgo de ser violadas. A lo que Paglia respondió «entonces denos el derecho a correr el riesgo». El feminismo no puede seguir el camino de establecer reglas para que otras vivan sus vidas libres de lo que para nosotras es un riesgo, primero porque es imposible y segundo, porque es sumamente paternalista y patriarcal.

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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