Repensando la maternidad: antes que mi mamá, es la mujer a la que más admiro.

La maternidad en la vida de las mujeres es ese proceso que llega mucho antes de lo debido. Desde niñas nos van empujando hacia dicho camino con Nenucos, carriolas y —como en México y en el mundo el trabajo no remunerado del hogar es cosa “nuestra”— también nos van preparando con escobitas y estufas diminutas adaptadas a nuestro tamaño. Pasamos la adolescencia y juventud temiéndole al embarazo, pero sin nada de educación sexual en nuestros procesos y, cuando llega el momento, cuando hay posibilidad de vida creciendo en nuestro interior, se nos quita el poder de decisión y la autonomía de nuestros cuerpos.

La idea de la maternidad llega desde que somos hijas y crecemos romantizando a aquellas que, casi siempre, van renunciando a su vida con tal de cuidar de la de otras. En mi caso, he tenido la fortuna de ser acompañada por una mujer sumamente amorosa, fuerte y valiente y eso ha hecho que todo en mi vida sea más fácil, pero he de reconocer que, sin planearlo y sin ninguna mala intención, me la he pasado siendo aliada de este sistema que de pronto arrebata todo y pone el título de “mamá” antes que el de “mujer” y “ser humano”.

Hablar de mi mamá es hablar del amor y la alegría hecha persona, pero, aunque hay mucho mucho más que eso, si resumo su historia, probablemente basta con decir que lleva toda su vida siendo madre. Formalmente, la maternidad llegó a su vida a los 24 años y puedo decir que mi hermano fue el bebé más deseado, pero, si soy más honesta y flexible con el término, si incluyo todos los cuidados que la maternidad implica y no sólo el proceso de fecundación y las consecuencias que tiene; la verdad es que esta mujer empezó a ser mamá desde los 5-6 años.

Fue la hermana mayor de toda la familia y, por lo tanto, desde niña —desde que ella necesitaba cuidados— entregó su tiempo entero al servicio de su papá, de su mamá, de sus hermanos varones y de su hermana menor, quien llegó al mundo diez años después que ella y pasó a ser el bebé real que reemplazó a las muñecas de juguete. Mi mamá, así, fue aprendiendo a hacerse responsable de todas las personas que la rodeaban. A la par, fue renunciando a un montón de sueños, al amor de pareja, a las ilusiones y a todo aquello que implicara poner mayor atención a sí misma. No creció triste ni amargada, pero sí lo hizo siendo mucho menos libre de lo que debía.

Posteriormente, en la juventud, pasó sus años (al igual que muchas de nosotras) creyendo que no era lo suficientemente valiosa, bonita o inteligente como para creerse merecedora de un amor sincero. Vivió enamorada en secreto de un hombre y, muchos años después, cuando se enteró de su muerte, recibió la noticia de que él también la quería. Hasta la fecha lo recuerda con un cariño que me impresiona y, aunque no se da cuenta, aún suspira cuando lo menciona. Sin embargo, la realidad es que la relación que la definió fue otra, pues apenitas llegó a sus veinte, mi papá entró a su vida y no se fue. Ni la década que le llevaba de ventaja, ni el hijo que ya tenía, ni el miedo, ni los comentarios que la intentaron prevenir hicieron que ella cambiara de opinión… se casaron a los 22 y 32 años respectivamente y, como la vida no es como en los cuentos de hadas, el “vivieron felices para siempre” no se hizo realidad, pues, al contrario, la violencia no se hizo esperar.

Los primeros dos años de matrimonio fueron cuesta arriba y una lucha constante por quedar embarazada. Cada que lo cuenta, menciona cómo la idea de separarse le invadía la cabeza, pues sin maternidad el matrimonio no parecía hacerle sentido. Ahora me doy cuenta de que, entre muchas otras razones, lo que hacía que tuviera tantas ganas de ser mamá era, en realidad, el profundo deseo de tener algo propio. Y es que, viéndolo fríamente, siempre renunció a lo suyo; a su espacio, a su carrera profesional y a sus objetivos para darle todo a las demás personas. Entonces, quizá, sus bebés fueron lo primero (y único) que ella pudo cuidar y acoger como propio y, desde hace treinta y tres años, no ha parado de darnos lo más preciado que cualquier persona tiene: su tiempo.

Una vez, mi hermano le dijo que parecía que tal cual su vocación era ser madre y —aunque pareciera cierto y aunque ella atesore esa frase como una de las más bonitas que le han dicho— yo pienso que más que su vocación, es lo que mejor sabe hacer porque es lo que mejor aprendió dado la práctica.

La realidad es que es mucho más que eso y tiene un millón más de talentos que nunca pudo explotar. Sabe hacer cuentas mentales con una facilidad impresionante; le encanta la electricidad y arregla todo como si fuera cosa sencilla; le inspira confianza a todas y cada una de las personas que se encuentra y tiene un don impresionante para escuchar y apapachar; sabe de medicina y odontología y, aunque se lamenta por haber abandonado dichas carreras, recuerda los términos como si los hubiera aprendido ayer. Mi mamá es muchas cosas y podría ser muchas otras más, pero se dedicó tanto a nuestro cuidado que la encasillamos, como a muchas mujeres más, en la vocación de la maternidad.

Autora: @marmarmaremoto

Por otra parte, pasó más de treinta años casada con un hombre que traía arrastrando lo macho y violento desde su educación y que, además, hizo todo peor con su alcoholismo. Hasta la fecha, no sabría decir si mi mamá llegó a estar enamorada de la persona con quien compartió la mayor parte de su vida, pero sí noto que dicha relación dejó sembrada en ella un profundo miedo, muchísimo dolor y un tremendo complejo de culpa por haber aguantado tantos años sumergida en violencia.

En 2016, después de un tiempo de tener a mis hermanos fuera de casa y justo cuando yo estaba por mudarme, comenzó a ir a terapia y sacó toda la fuerza y valentía que tenía en su interior para lograr divorciarse y hacer valer su voz. A pesar de todo el chantaje emocional de mi papá, se dio cuenta de que no tenía por qué vivir triste, enojada y violentada aguantando y esperando a que la muerte llegara por él o por ella y reconoció que, aunque su religión dictara lo contrario, estaba bien renunciar al “para siempre” del matrimonio con tal de construir su propio bienestar.

Así, mi mamá se convirtió en la valiente de su grupo de amigas, pues, aunque todas fueran infelices con el hombre al que servían, ninguna otra se sentía con la fortaleza necesaria para dar el paso y alejarse. Y no es que las juzgue por ello, al contrario, entiendo que, cuando estamos sumergidas en relaciones violentas y rodeadas de estereotipos falsos que desplazan nuestro autocuidado, es sumamente difícil tomar este tipo de decisiones; pero, por todo lo anterior, con mayor razón me enorgullece saber que mi mamá fue capaz de intentarlo y lograrlo.

A sus 54 años, la mujer a la que llamo “mamá” comenzó a construir aquello que realmente la llenaba y hacía feliz. Su vida cambió de muchas formas, desde habitar sola un hogar que antes era conformado por cinco personas, hasta el disfrutar de su trabajo y darse cuenta de lo importante que era su presencia en la vida de quienes la amamos. Por primera vez, su tiempo empezó a pertenecerle y reconoció que una gran parte de todo el amor que tenía para dar debía ser conservada para sí misma.

Durante los últimos años, he podido ver a mi mamá siendo realmente feliz y disfrutando de sus procesos, de la gente que la rodea, de lo que le gusta y de lo que sueña. No es que se haya liberado por completo de las construcciones sociales, pues es todo un proceso y, hasta la fecha, a pesar de que mis hermanos y yo somos independientes, sigue pensando antes como mamá que como mujer; pero cada vez se esfuerza más por ponerse en primer lugar y me considero afortunada por ser espectadora de sus logros.

Nuestras mamás, antes que eso, son mujeres autónomas y, aunque a veces no lo parezca, su vida es todo un mundo que debería ser más explorado. ¿Sabemos cuál es su actividad favorita? ¿Cuál es su mayor miedo? ¿Qué les gusta? ¿Si se masturban? ¿Cada cuanto lloran? ¿Si les duele algo físicamente? La maternidad las sitúa en último lugar dentro de su propia vida y continuamente, sin querer, reforzamos este proceso desde la niñez y hasta la adultez.

Sabemos que hagamos lo que hagamos nuestra mamá seguirá ahí porque “su amor es infinito y su paciencia no tiene límites”, pero deberíamos ser más responsables afectivamente con ellas y tener presente que su dignidad humana siempre debe ir antes que cualquier lazo materno. Amo y admiro a mi mamá por todo lo que es y no quiero caer en la trampa de romantizar su dolor, pero sí quiero continuar teniendo presente la enseñanza más bonita que me ha dado: nunca es demasiado tarde para querer liberarnos de todas las cadenas que este sistema nos impone y nunca es demasiado tarde para el amor propio.

Feliz cumpleaños, ma… qué bien te sienta la libertad.

Autora: @marmarmaremoto

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

3 respuestas a «Repensando la maternidad: antes que mi mamá, es la mujer a la que más admiro.»

  1. Muchas felicidades prima que bonito le escribes y describes a tu mama . Mi tía siempre y será una guerrera y ejemplo a seguir les mando a abrazos

  2. Mi Pau que orgullo tan grande tener esa mamá que me consta que es una guerrera y que tiene tiempo y amor para dar y que orgullo tener una hija tan valiosa como tú Dios las Bendiga

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