Relato de un joto. Narrarse desde lo monstruoso

Desde pequeñes, nos contaban historias acerca de monstruos que vivían escondidos en el armario, debajo de la cama o en los lugares más oscuros. Claro, muches de nosotres vivíamos asustades por estas criaturas que tenían apariencia extraña, amenazadora, repugnante y, pues claro, la reacción al enterarnos de la supuesta presencia de estos monstruos era de alarma y terror: saltábamos de la cama por alguna pesadilla, teníamos prendida la lámpara del buró o invadíamos el cuarto de nuestros padres a medianoche.

Estos monstruos muchas veces tenían nombre. Se los había puesto la gente, eran producto de la cultura popular. Otras veces, el miedo justamente radicaba en que esa criatura monstruosa no tenía nombre. Cuando algo no tiene nombre es cuando asusta aún más. No saber a lo que te enfrentas, no saber nada acerca de eso que te genera estrés y que te produce malestar en el cuerpo resulta en una experiencia aún más angustiante cuando éramos niñes y todavía a nuestra edad adulta.

Ese monstruo que es la otredad pero que también es une misme. Es el otro de une misme. Es la entidad a la cual, por ser distinta, por tener experiencias distintas a la mía, por tener un cuerpo distinto al que yo habito, nos hicieron creer que era peligrosa, que debíamos mantener distancia Y alejarnos de la zona oscura en la cual reside; no contactarla por ningún motivo. Pero el monstruo no es más que un tropo que cumple su propósito: mantenernos en la zona de seguridad que resulta ser la “normalidad”. Lo anormal en cambio, es inoperante, indeseable y quien trate de cruzar hacia la zona limítrofe de lo monstruoso, es visto también como amenaza.

Y es así como un niño maricón que atravesaba su primaria, se sentía y se acuerpaba como un monstruo. Uno de cuerpo gordo, anteojos, amanerado o femenino. Tímido. Era ese monstruo al que le decían que debía de temerle. Representaba aquellos atributos con los que les niñes de mi edad no quisieran contar. Él se temía, también se podría decir que se odiaba. No quería ser monstruo y, claro está, quería no seguir viviendo en el armario; pero es en la oscuridad donde guarecía, donde se mantenía cautivo y protegido de les otres. Las personas consideradas “normales”, quienes son víctimas del miedo y de la incomprensión de lo que no acuerpan, deciden atrincherar al monstruo cada vez que intenta ser parte de algo que no sean las cuatro paredes de la abyección.

Al habernos contado historias sobre monstruos, también aprendimos que, para no ser condenados al ostracismo que impone la sociedad, debíamos de adaptarnos a lo que para ésta es considerado dentro de sus parámetros como lo aceptable, lo esperado o lo no monstruoso. Esto implicaba, durante mi niñez y adolescencia, que si quería pertenecer a un grupo, tenía que hacerme pasar por un chavo heterosexual, lo cual implicaba una serie de actos que llevaban al odio hacia mí mismo: tuve que fingir que me gustaban las chicas de mi edad; incluso hasta fingir tener una novia para que no sospecharan de mi homosexualidad. Jugar basquetbol, aunque lo que yo quería en realidad era no tener que pasar mi tiempo en entrenamientos e ir a partidos los fines de semana. Esforzarme por convivir con compañeros heterosexuales a los que realmente repudiaba por hostigarme y con quienes no tenía nada de afinidad.

Por otro lado, parecería ser que la familia es un espacio en donde uno debería sentirse más seguro, pero no siempre es así. En mi caso, dentro de lo que cabe, no me fue tan mal si comparo mi experiencia con la de otras personas cuir que viven circunstancias más desafiantes. Sin embargo, en mi adolescencia, no me sentía seguro de contarle a mi familia que era joto si ni yo mismo quería creer que eso era verdad; que yo era un chavo homosexual. No culpo a mis padres, creo que las prácticas parentales mexicanas de por sí complican a la niñez poder “salir del closet” a temprana edad.

Vía: @montruo.mag

 Mi primera sesión terapéutica que tuve se debió a que mi madre se preocupaba porque yo pudiera ser homosexual. Mi padre había sido criado de forma machista y autoritaria por parte de su padre, por lo que cualquier indicio de comportamiento afeminado mío debía ser atendido y debía ser motivo de preocupación. Los años fueron pasando, yo ya estaba en mi octavo semestre de licenciatura cuando “salí del closet”. Durante ese tiempo, entre secundaria y universidad, mis padres fueron desaprendiendo ciertas prácticas de crianza que no eran sanas, pude sentirme seguro para poder salir de ese espacio que por mucho tiempo había servido para protegerme.

Aunque ya llevo tres años de nombrarme como hombre homosexual y de identificarme políticamente como joto, no había tenido la oportunidad de contar mi narrativa de forma pública hasta hace poco en un conversatorio al cual fui invitado para hablar de mi experiencia como hombre homosexual, durante el cual una persona me recordó que une nunca deja de fugarse de esos lugares comunes y abyectos para la comunidad LGBTIQA+. Creo en el poder de contar las narrativas como parte de un proceso de sanación y como acto disidente de hacer visible nuestra identidad y nuestro cuerpo.

Tu historia importa. Todas las historias importan. Sobre todo las de quienes hemos sido nombrades monstruos y que ahora abrazamos esa identidad con ternura y rebeldía

 

 

Psicólogo. Interés por la educación y consejería de la sexualidad, estudios queer y literatura latinoamericana.

Amo las películas de Yorgos Lanthimos, el jazz, la trova y leer artículos del New Yorker.

Mi libro favorito es “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro.

Convencido de que “lo personal es político”.

4 respuestas a «Relato de un joto. Narrarse desde lo monstruoso»

  1. Paco un orgullo conocerte y tener a tu mamá como mi hermana de vida!! sigue tus sueños siempre! gracias por compartir tu esencia e inspirar a vivir sin miedo💛

  2. Tu relato me conmueve y me recuerda cuantos errores se cometen en el nombre del amor y las creencias sobre “lo que debe ser”. Te abrazo amorosa y respetuosamente. Mil gracias por compartir tu experiencia

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