Mi incómoda relación entre masculinidad, fandom y el Señor de los Anillos

El otro día recordé una conversación en internet en la que un usuario anónimo afirmaba que El Señor de los Anillos era una franquicia que las mujeres nunca entenderán. Algo en los cerebros rosas les hace incapaces de comprender una historia sobre bromance y espadas.

Parte de su evidencia era como las fangirls insistían en shippear (implicarse emocionalmente en un romance entre personajes ficticios) a los muy machos y muy heterosexuales amigos en la Comunidad del Anillo.

Obviamente este vato es un tremendo misógino, pero creo que, sin querer queriendo, destapa una conversación valiosa respecto a la intersección entre masculinidad, fandom, representación y estereotipos.

Puesto de otra forma: la trilogía del Anillo Único es una de las representaciones más populares de masculinidades sanas y amistades positivas entre hombres en el entretenimiento popular. ¿Encontrar romance entre ellos es estereotipar la intimidad emocional como algo gay, y encima como algo malo?

Del bromance al romance

Los hombres en Tierra Media se muestran afecto verbal y físicamente: Gandalf y Bilbo se abrazan en regocijo al reencontrarse, Sam y Frodo son emocionalmente abiertos el uno con el otro y no temen darse un beso en la frente para despedirse. Es auténtico amor platónico.

Me emociona verlo. Repetir la trilogía es encontrarse con formas de masculinidad sensibles, afectivas y compasivas. El rango de emociones del que son capaces como personajes es profundamente humano y enormemente contrastante a los protagonistas individualistas que tanto vende la cultura hegemónica, esos que ocultan sus sentires en corazas y de chance muestran furia u orgullo y nada más.

Que este calor sea interpretado como romance me causa, por lo menos como reacción inmediata, algo de rechazo. Siento a la misma sociedad y los mismos estándares de masculinidad diciendo “si dos hombres se muestran afecto, deben ser gays”, “si un hombre es sensible, debe ser gay”. Es un poco descorazonador.

Pero eso es una reacción inmediata. La realidad es más compleja y necesita de más introspección.

De entrada: las historias de Tolkien no son para idealizar. El hombre era racista y elementos de esto se manifiestan en sus temáticas. La diversidad en sus narrativas es nula. El número e importancia de sus personajes femeninos es diminuto.

Y no es como si pudiese culpar al fandom de algo. La capacidad de la audiencia para apropiarse del entretenimiento es algo hermoso. Toman de todo y lo hacen suyo, con sus propias lecturas, discursos, diálogos, chistes y teorías. Desde hace décadas, donde las industrias culturales negaban representación de diversidades, quienes conforman al ala más fanática de la audiencia crean su propio contenido tan (o más) válido que lo original.

¿Cómo culpar a los y las fans de querer ver y hacer historias de romance con los y las personajes que aman? Y con tan solo dos o tres mujeres prominentes en el elenco, ¿cómo culparles de encontrar ese amor romántico y erótico entre Gimli y Legolas o Sam y Frodo?

Pero… igual duele un poco. De toda la vida me han dicho que ser como Sam o Bilbo o hasta Legolas (¡Já!, ya quisiera ser como Legolas) me hacía menos hombre y era incompatible con mi heterosexualidad.

Entonces, ¿de dónde escuchamos y de dónde construimos?

Creo que aquí la reflexión por haber es que todos esos prejuicios, tanto respecto a la masculinidad como respecto a los hombres que aman a otros hombres, no se originan, ni se le pueden reclamar, a la cultura de fandom.

La cultura patriarcal condena muchas formas de vivir la masculinidad, y a las que no cuajan con sus imposiciones hegemónicas las intenta humillar comparándolas con hombres que aman otros hombres o con lo femenino, ¡como si fuesen algo malo! Esa misma cultura patriarcal condena y discrimina a esos mismos hombres de formas que no puedo siquiera terminar de comprender desde mi heterosexualidad.

A diferencia, el fandom no hace la asociación de la misma forma negativa. Ve dos personajes que quiere shippear, y lo hace (aunque se podría decir un poco también del problema de fetichización de la homosexualidad masculina entre fangirls, pero esa conversación no toca ni a este artículo explorar ni a mí hablar).

Entonces cuando recuerdo esa inconsecuente conversación en algún foro de cine olvidado en las arenas digitales, tal vez lo que me destella es una inquietud de reconocer la forma como discriminante (obvio las mujeres sí pueden entender la serie, patán), pero algo en el fondo me llama porque me hace ruido.

La disonancia que percibo es una sobreposición de remitentes, creo. La voz que dice “si se quieren, si muestran emociones, son gay” está en lo que se me ha inculcado, no en quienes shippean Frodo x Sam. Y la voz que dice “si es gay, es malo”, también.

Las hombres en televisión y cine están desnutridos de emociones. Hace falta ver más capaces de demostrar amor auténtico: sean amistades florecientes, parejas románticas o hasta padres hacia sus hijos e hijas, necesitamos verlos sentir.

El camino hacia adelante creo es crear, analizar y celebrar contenido más completo, que muestre la experiencia humana en todas sus facetas: masculinidades más sanas y diversidad sexual entre hombres, sí, pero también mucho más. No habría esta extraña ansiedad por que ver a quién le pertenecen las migajas de representación que hay si hubiesen espacios donde se muestre todo lo valioso que es ser.

Además, como que Legolas y Gimli sí se traen algo, ¿no?

Comunicólogo, ensayista y crítico. Escribo sobre ese punto de encuentro entre cultura pop y las problemáticas socioculturales para entender a los poderes que las producen y los públicos que las viven.

Mantengo Plumas de Golondrina, un blog de análisis, crítica y reflexión.

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