Reconstrucción de un corazón roto.

Esta semana, durante la sesión con mi psicóloga, hice el ejercicio de reflexionar sobre todo lo que he tenido que pasar a partir de que tomé la decisión firme y consciente de salir de una relación que me hizo mucho daño. Volteé hacia atrás, noté lo largo que había sido el camino recorrido en relativamente poco tiempo y, con ello, pude también reconocer hacia dónde quiero y creo que me estoy encaminando. Antes que nada, pienso que es importante reconocer que no sé mucho sobre relaciones sexoafectivas de pareja, a lo largo de mi vida he tenido pocas y estoy lejísimos de ser experta en ellas, pero lo que sí puedo aceptar es que, durante el último periodo de mi vida, me he vuelto muy buena en los procesos de amor propio y en aquellos que implican mucha paciencia para la reconstrucción de todo el derrumbe que puede implicar “un corazón roto”. Y, aunque sigo aprendiendo, en este texto quiero compartir un poco de lo vivido, pues creo que es importante hacer eco de nuestras experiencias, acompañarnos en ellas y, cada que sea posible, brindarnos un poquito de esperanza; pues en medio de tantas situaciones hostiles, se valora mucho más el saber que mejores escenarios —aquellos donde la responsabilidad afectiva reine— son posibles.

Hace año y medio —después de notar que llevaba meses sintiendo que no tenía nada en su lugar, que nada me ilusionaba, que había perdido prácticamente todo gramito de autoconfianza y, sobre todo, que mi estado de ánimo dependía casi por completo de mi relación con una persona— entré a terapia. Siempre he creído que esta decisión, la de atender nuestra salud mental, es un acto de valentía enorme, sobre todo considerando que vivimos bajo un sistema que constantemente estigmatiza el autocuidado; pero hoy, más allá de eso, también reconozco que es un prufundo acto de amor propio.

Recuerdo perfecto el primer día con mi psicóloga; hablamos sobre mis relaciones familiares, sobre el complicado tema escolar y, también, sobre cómo estaba metida en una relación (no de noviazgo, pero que sí incluía elementos del amor romántico de pareja) que, aunque constantemente causaba dolor y tristeza, no quería terminar. Recuerdo, también, cómo justificaba lo anterior bajo el argumento de “es que, aunque sí hay muchas cosas tristes y feas, la mayor parte del tiempo me la paso bien y disfruto como con nadie”. Me tomó varias semanas ir entendiendo cómo todo lo que yo sentía —el conjunto de dolor, enojo, frustración, tristeza y miedo— era válido y cómo el establecimiento de límites era necesario en cualquier tipo de relación. La terapia, desde entonces, me ayudó con algo importantísimo: fui aprendiendo a quererme más a mí que al hombre del que estaba enamorada y, de hecho, más a que a cualquier otra persona.

Con el paso de los meses, me fui volviendo más consciente de todo lo que dejaba pasar sólo por el miedo a que no estar con él fuera peor y, de la mano, empecé a intentar ponerme como principal prioridad. Esta decisión implicaba cambiar todo un estilo de vida en el que constantemente me importaba más estar para el otro que para mí y en el que seguido encontraba forma de justificar abusos sólo por miedo a reconocer el daño detrás. Por todo ello, estaba muy asustada, pero hoy reconozco que, sin duda, valió la pena.

Hace un año me alejé por completo de quien fue mi agresor (tanto de forma física como emocional) y pienso que es una de las decisiones más valientes que he hecho, pues, aunque a largo plazo ha traído muchas cosas bonitas a mi vida, hacerlo no fue algo libre de dolor; hubo frustración, miedo, inseguridad, tristeza y muchos sentimientos similares más, pero siempre me supe en el lugar correcto, bien acompañada y avanzando hacia un lugar más seguro.

Ilustración: @72kilos

Desde entonces, ha tocado reconstruir muchos elementos de mi vida. Por una parte, tuve que empezar a crear una nueva rutina que no incluyera a la persona con la que más me gustaba compartir actividades. Esto, entre muchas otras cosas, representó la oportunidad (y el reto) de resignificar espacios, desde la ciudad, hasta la escuela e, incluso, mi propio hogar. Y es que creo que, después de una convivencia tan profunda, todo queda impregnado de recuerdos con ese alguien y, aunque es muy duro no verlo con melancolía, es cierto que el tiempo y la escucha de nuestros sentimientos ayudan a reconocer estos lugares desde un punto diferente al sufrimiento.

Por otra parte, también fue necesario reconstruir el resto de mis relaciones, tanto con mis amistades como con mi familia. Siempre me he reconocido muy bien acompañada y sumamente afortunada por estar rodeada de gente tan especial, pero hoy que puedo ser más sincera respecto a esta época, sí noto que, en ese entonces, me alejé para poder entregar la mayor parte de mi tiempo sólo a una persona. No fue como que dejara de ir a fiestas o que ya no estudiara con mis amigas, por ejemplo, sino que, más bien, empecé a valorar de manera diferente su compañía y, entonces, cuando salí de la relación que me consumió por completo durante dos años, me di cuenta de lo valioso que era poder reencontrarme con la gente que tanto quería y a la que había desplazado en mis prioridades. Pienso que nunca voy a poder terminar de agradecerles cuánto me han apoyado en este proceso; su cantidad impresionante de apapachos y la ternura y paciencia con la que han respaldado todas mis emociones. Volver a disfrutar de las idas al cine, de las fiestas sin preocupaciones ajenas, de las sesiones diferentes de estudio, de la comida y, en general, de todo un poquito más, no hubiera sido posible sin tanta compañía bonita.

De todo lo que hubo que reconstruir, lo más importante fue la relación conmigo misma, principalmente mi autoestima y la manera en la que estaba dispuesta a escucharme y entenderme. No hay nada que recuerde con más tristeza que ese periodo en el que me sentía insuficiente para todo y, afortunadamente, el salir del ciclo vicioso que estaba formando con una persona me ayudó no sólo a reconocer todo lo bonito que había en el mundo fuera de él, sino que, de manera más especial, me hizo aceptar todo lo bueno que me conformaba a mí, incluyendo a todas mis emociones, habilidades, pensamientos y sueños. Empecé a apostar por el amor propio y, sobre todo, a reconocer que la responsabilidad afectiva era necesaria en cada relación, empezando por la propia. Me debía mucha comprensión, ternura y paciencia, pero ya no más. Hoy entiendo y acepto que el autocuidado no es un proceso lineal, pero que el camino hacia él está lleno de elementos gratificantes que siempre valen la pena.

El patriarcado, entre muchas otras cosas, intenta arrebatarnos nuestras historias para tergiversarlas y así, muchas veces, culpabilizarnos por procesos que vivimos con tanto dolor. Para intentar romper con esto, hace unos meses, me atreví a hacer público mi testimonio porque creía que me lo debía a mí misma y porque, además, pienso que es necesario reconocernos acompañadas en estos procesos donde la violencia, la codependencia, y la falta de acuerdos justos dirigen el camino, a pesar de que haya cariño de por medio. Así, otra parte muy importante del proceso fue que, por fin, me sentí capaz de hacer valer mi voz, de contar mi propia historia sin miedo y de defenderla con quien fuera necesario. Esto ayudó de muchas formas, no sólo porque fui capaz de narrar mi vivencia desde un lugar mucho más sano, sino porque, además, representó un recordatorio de que no estoy sola y de que somos mucho más fuertes cuando nos respaldamos.

Ilustración: @marmarmaremoto

Crecemos aprendiendo a querer basando todas nuestras experiencias en lo que dicta el amor romántico. Nos enseñan a ponernos en segundo lugar; a soportar y aguantar porque “el amor todo lo puede” y, entre tantas cosas de ese estilo, se le va quitando espacio a procesos más justos que incluyan como necesidad básica a la responsabilidad afectiva y que contemplen la necesidad de desmitificar que, para amar bien, hay que batallar y constantemente sufrir. Por ello, pienso que es muy importante reconocer todo lo bonito que viene cuando apostamos a querer(nos) de mejor manera. Aunque el proceso sea complicado, intentarlo vale la pena. Hoy me emociona mucho pensar que la siguiente vez que me enamore podré hacerlo con mayor inteligencia emocional y con mucha más empatía, pero, más allá de eso, me hace feliz reconocer cuánto he mejorado en los procesos de amor propio y cómo, con subidas y bajadas, ahora soy capaz de construir relaciones mucho más justas.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

2 respuestas a «Reconstrucción de un corazón roto.»

  1. Te felicito Pau, has sido muy valiente para hacer los cambios necesarios que han ido formando de joven vida. Te deseo todo el éxito del mundo en tu vida, tú persona y en tus estudios.

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