Realidades otras en La hora de la estrella

Se sabe: leer a Clarice Lispector es subrayar algo cada dos cuartillas. Incluso, si no logras entenderla a la primera leída, intuyes que estás ante algo armonioso, como una pieza musical bien estructurada. Su escritura logra comunicarte sensaciones universales, aun sin ese famoso «mensaje detrás del texto»; como cuando leí La pasión según G.H. y no terminé de revelar la razón de la cucaracha como símbolo de vacío vital. Algo similar me pasó con el poema (y con mucha otra literatura) Dominio del negro de Wallace Stevens, cuando termina con el verso: «Y recordé el grito de los pavos reales». Me dije: ¿pavos reales?, ¿por qué pavos reales? Y enseguida me contesté pues, sepa, pero esas imágenes me produjeron miedo, un miedo agradable para los oídos. Por supuesto que es importante saber detectar las razones estructurales (y no tan estructurales) de los motivos de esto, pero también hay que darle su lugar a la gracia del sinsentido dentro de la teoría literaria. Creo que a esto se refería la autora al definir su escritura como un «no-estilo». Lispector es una pariente muy cercana a la música, a la musicalidad del cuerpo, por eso la apreciamos como si fuera el sonido de un instrumento: algo fabricado y, sin embargo, natural.

En realidad, se ha escrito muchísimo sobre los motivos detrás de su arte, pero lo que yo me pregunté al leer La hora de la estrella (ya que este tema está muy en boga) es sobre los problemas éticos de escribir a partir de las realidades de otras personas. Debo confesar que estoy confundida, ya que por una parte entiendo que, por ejemplo, leería con desconfianza a un escritor cuya novela tratara sobre la maternidad (aunque esta fuera ficción), pero por la otra me digo: ¿acaso no es esto precisamente parte de las expresiones artísticas, la de traspasar nuestros propios bordes? 

El narrador de La hora de la estrella es un hombre, Rodrigo S. M., quien, además de autodenominarse el personaje más importante, dice que «atrapó» el sentimiento de la perdición tan solo por ver el rostro de Macabea —una muchacha nordestina (o sea, procedente del noreste de Brasil)— y que, si la historia que narra: «[…] posee veracidad —y está claro que la historia es verdadera aunque inventada— que cada uno la reconozca en sí mismo, porque todos nosotros somos uno y quien no tiene pobreza de dinero tiene pobreza de espíritu o de nostalgias porque le faltan cosas más preciadas que el oro […]». Como vemos, se pretende justificar el escribir sobre cualquiera a partir de una carencia, aunque eso no es todo, también asegura que cualquiera podría escribir esta historia, sin embargo «[…] tendría que ser hombre porque una escritora mujer puede lagrimear sentimentalidades».

Es genial, ¿no les parece? No solo desdoblarse de esta manera como escritora, sino, además, hacerlo de esta forma tan creativa y verosímil; crear una especie de auto-ataque machista para, al mismo tiempo, exhibirlo. Desde el momento en que Lispector propone al personaje de Rodrigo, interpreto que el que me está relatando la historia de Macabea es un hombre. Imagino que la autora los observó muy bien durante toda su carrera literaria, ya que estos dominaban (y siguen dominando) al gremio. Tomó el papel del espíritu del narrador. Y, a pesar del machismo, sabemos que las ideas de Lispector no pueden desaparecer… de dónde más pudo salir si no la famosa frase: «¿Quién no se preguntó alguna vez: soy un monstruo o esto es ser una persona?».

Entonces, ¿podríamos trabajar sobre cualquier realidad si nos la cuestionamos y la construimos de forma creativa? No lo sé, pero, al menos, pareciera ser una de las bases, porque, si nos ponemos susceptibles, surgiría otro problema: ¿qué pasa cuando una mujer privilegiada escribe sobre otra que no lo es? Una chica que, según las palabras de Rodrigo, vive «en una ciudad toda hecha contra ella». En el sentido políticamente correcto quizá respondería que a Lispector no le corresponde hacerlo, que sólo una chica como Macabea puede escribir sobre Macabea, pero eso nos limitaría horriblemente. Sin duda, este tema es difícil de moderar.  

Mientras leía, no podía dejar de sentirme culpable (y supongo que cuestionarnos es, precisamente, parte del objetivo de la autora) cuando Rodrigo aseguraba que Macabea no se conocía a sí misma, sino a través de ir viviendo sin rumbo; que la gente como ella, que apenas y estudia hasta tercer grado, no se hace preguntas existencialistas tipo: «¿Quién soy yo?», o que no podía sentir desesperación porque la tristeza es cosa de ricos, para quien no tiene nada más que hacer.

Pixabay

El narrador dice: «¿Por qué escribo? Antes que nada porque capté el espíritu de la lengua y así a veces la forma hace al contenido. Escribo por lo tanto no a causa de la nordestina sino por un motivo grave de “fuerza mayor”, como se dice en los requerimientos oficiales, por “fuerza de ley”», y es por estas explicaciones que una no puede señalar a la novela como perjudicial, que solo está perpetuando los estereotipos de las mujeres en situación de pobreza. Se entiende —por ser el narrador un personaje hombre de cierta clase social— que expondrá esa clase de estereotipos y, al mismo tiempo, Lispector hace un ejercicio de escrutinio de la propia escritura.

«Escribo porque soy un desesperado y estoy cansado, no aguanto más la rutina de serme y si no fuese la sempiterna novedad de escribir, me moriría simbólicamente todos los días», dice Rodrigo, que es y no es al mismo tiempo Lispector. También la nordestina es Lispector, al menos en alguna cosa. Como cuando Macabea creía que la buena educación era saber mentir y que también se mentía a sí misma a causa de la envidia hacia otra mujer.

«Macabea la vio despedirse [a Gloria, la otra mujer] de Olímpico besándose la punta de sus dedos y arrojando el beso al aire como se suelta un pajarito, algo que Macabea nunca se le hubiese ocurrido hacer».

Ustedes pregúntense ¿qué afortunado no ha sentido esa clase de envidia?

Rodrigo dice: «¿O no soy un escritor? En verdad sería más bien un actor, porque sólo con el modo de puntuar hago malabarismos de entonación y obligo a que la respiración ajena me acompañe en el texto».

Y aquí yo me digo, muy bien, todes somos uno y a la vez no, pero si vamos a obligar a esas «respiraciones ajenas» a acompañarnos en los textos, al menos intentemos ser escritores/lectores/actores con crítica y actuemos con el compromiso de desenvolvernos de forma más consciente durante el proceso creativo, como lo hace Lispector; creo que al mismo tiempo esto logrará que nos detengamos a analizar cuáles son nuestras limitantes en los procesos de crear/consumir arte, aunque esta realidad sea muy diferente a la nuestra; aunque sea una idea, aunque nos pueda parecer trivial o aunque se trate tan solo del rostro de una muchacha nordestina. 

Me interesa la gente y las diversas formas artísticas con las que se expresan. Procuro aprender y crear desde la empatía. Soy feminista y licenciada en Letras Hispánicas. Actualmente vivo en Regiolandia con mis gatos.

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