Razones para rayar un libro

Por mucho tiempo me negué a participar de manera activa en mis lecturas. Con esto quiero decir que pasé la mayor parte de mi vida lectora sin rayar libros.

Desde una perspectiva purista y ortodoxa, que conozco por compartirla un tiempo y escucharla en boca de muchas personas, la rayada puede ser una manera “floja” de resaltar ideas. Quizá en un mundo perfecto, donde tuviéramos energía, tiempo y recursos ilimitados, lo ideal fuese apuntar nuestras ideas, preguntas o conclusiones en un cuaderno separado. Dejar la lectura intacta, porque en el mundo ideal volaría a otras manos cuando hubiésemos terminado con ella y, siendo un mundo ideal, el texto fuese perfecto por sí solo. En este mundo las ideas no se escaparían en el tiempo en que encontramos otro set de pluma y papel, y entenderíamos todo a primera lectura. No fuese necesario retroceder algunos capítulos, releer un párrafo o buscar su significado en internet, o en una enciclopedia (dependiendo el tiempo-espacio del mundo ideal).

Pero, aunque quizá ese universo fuese más práctico, a mí me suena perfectamente aburrido.

Pienso que lo purista y ortodoxo se mira gris porque son mundos que no reciben aportaciones. Mi mundo ideal, el que intento habitar, no necesita páginas intactas. La información —rayada, manchada, machacada y partida— sigue siendo información. Mientras sea legible, entendible, no importa cuántas manos le hayan pasado encima. Diría, incluso, que un libro que atestigua sus lecturas es mucho más interesante.

Rayar un libro era ¿es? un acto vandálico que hoy, para mí, es común y necesario. Da fe de un lector, de una conversación. Una vida. ¿Y no de eso se trata? Qué aburrido fuese pasar por la vida sin dejar testimonio, sin tener huellas de las que aprender. Mientras los apuntes partan de la atención sincera, cualquier rayón —apasionado, técnico o infantil— será testimonio de presencia, en la literatura y fuera de ella. Creo que esa es razón suficiente para garabatear el margen de cualquier página.

Pero además de su valor rememorativo, me parece que rayar es un ejercicio valioso para atacar otros demonios de convivencia cotidiana.

Pienso que, cuando se hace conscientemente, es una excelente manera de batallar con el ego. Mis apuntes más comunes son definiciones o explicaciones de palabras o frases que desconocía. Es más fácil fingir demencia, o convencernos de que entendemos la lectura a la perfección, que hacer ese ejercicio extra de averiguación. Al conocimiento se llega, y creo que la flojera y el orgullo son obstáculos inmensos en el camino hacia el disfrute de las lecturas. Así que traguémonos el orgullo de desconocer y apuntemos la definición de fementido.

Como segundo punto, diría que rayar textos es un excelente ejercicio de rebeldía. La insubordinación, como todo, se ejercita, y rebelarnos contra esa página en blanco es, pienso yo, una revolución contra la misma academia.

Habitualmente la literatura nos exige llegar a un texto con la talacha preparada. Lecturas terminadas, conceptos entendidos y bibliografías resumidas y enmarcadas. Pero creo que atrevernos a domar un texto sin la completa preparación es un acto valiente. Y que, cuando se construyen esos actos de valentía en colectividad, se generan vínculos subversivos en este mundo que nos exige batallar solos. Quiero decir que, cuando uno lee en comunidad, puede aprender en comunidad, y ese maravilloso acto de ternura radical es rebeldía.

En otras palabras, raya un libro y compártelo, le estarás escupiendo al sistema.

Por último, retomaré una idea que está presente en todas las buenas lecturas: la conversación. Si bien uno abre un libro para escuchar a su autor, creo que materializar las ideas que surgen a lo largo de la lectura es, de muchas maneras, responderle.

La escritura me ha demostrado la fuerza de aterrizar pensamientos en palabras y genuinamente lo considero un intercambio alquímico. Creo que hay un vínculo que supera todas las dimensiones cuando rayamos un texto. Y que, así como hay mucho valor en escuchar, hay mucho valor en escucharnos, y para mí eso es la escritura; escucharme. He aprendido a escuchar lo que quiero decir en todos los espacios de mi vida, y eso incluye a las lecturas. Leer un texto y leerme en sus márgenes me ayuda a conocerme un poco más.

Estoy segura de que, así como yo tengo argumentos a favor de los rayones, habrá muchos argumentos sensatos en su contra. Mi papel no es cambiar opiniones ni criticar a quienes deciden no hacerlo, pero sí exponer mi mundo ideal: un espacio de diálogo que nace en todos lugares. Como último dato, agregaré que el porcentaje de libros que he leído desde que comencé a rayar es millonésimamente más alto que cuando no lo hacía, y ese es un número verídico. Espero que la gráfica siga creciendo y que a ella se sumen muchos lectores engrafitados.

Comunicóloga. Busco entender al mundo desde las letras y escribo sobre lo que me encuentra. Feminista de izquierda, socióloga frustrada y frenemy del cine de terror.

Comparto palabras románticas en Pluma Intrusa, proyecto de copy creativo.

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