Quiero mucho a mi cuerpo, pero aprendí a quererlo mal

Mi nombre es Paulina, tengo 24 años, he batallado con la aceptación de mi cuerpo desde la niñez y llevo haciendo dietas más de la mitad de mi vida.

No sabría decir cuándo empezó todo, pero rascándole a mis recuerdos, me atrevería a decir que fue en el último año del kínder, cuando ya era un poco más alta que mis compañeras de salón y un mucho más cachetona que ellas. Siguió, posteriormente, en la primaria, cuando mis amigas eran claramente más “finitas” y más ágiles en los deportes. Continuó —lamentablemente— con los comentarios de mis familiares, comparándome con mi prima tres años mayor que yo, delgada, rubia y con ojos verdes; haciendo burla sobre mi pancita —una pancita de niña que era totalmente inofensiva—. Se maximizó durante la pubertad, cuando los comentarios burlones de mi familia más cercana ya no sólo eran por mis cachetes, sino también por mis pechos que empezaban a crecer y que, desde el principio, avisaron que serían grandes.

Tenía 7 años la primera vez que usé una faja, lo recuerdo perfecto. Encontré un cinturón noventero de mi tía, medía como 20 centímetros y, si bien no era una faja oficialmente, por el grosor y la tela de resorte, funcionaba perfectamente como tal en mi cuerpo. Entonces, para las fechas especiales, que en ese entonces solo eran reuniones con amistades de la familia, usaba el ancho cinturón rosa debajo de mi ropa y, así, parecía más natural y no corría riesgo de que las demás personas se dieran cuenta. Mi mamá era la única que lo sabía y, si bien no recuerdo todo a la perfección, sé que nunca hubo una plática que me desincentivara de hacerlo, más bien parecía, como siempre, que le alegraba la creatividad con la que estaba resolviendo el problema.

Ahora, 17 años después, recuerdo esa historia con mucho dolor. Fue la primera vez que encontré una manera de cambiar mi cuerpo, de hacerlo lucir más delgado ocultando la vergüenza con otras personas, sintiendo incomodidad por dentro, pero actuando como si nada por fuera. Tenía 7 años. Era una niña.

La siguiente cosa que recuerdo con dolor y frustración es mi relación con el ejercicio. A los tres años entré a ballet; de ahí, durante los primeros tres años de primaria, estuve en fútbol; cuarto y quinto de primaria, en basket; luego, en sexto, comencé a dedicarle mi vida al volley y formé parte del equipo que representaba al estado; a finales de la secundaria, dejé el volley por una lesión, por mucha frustración y porque el entrenador era sumamente violento conmigo; cambié a basket y ahí duré hasta que finalicé la preparatoria. Luego, en la universidad, intenté estar en el gimnasio, pero lo dejé porque me sentí muy intimidada y porque el tiempo me empezó a ser insuficiente; luego, descubrí que me encantaba correr y empecé a transitar distancias larguísimas con mis piernitas. En la actualidad, hago una combinación de running y gimnasio: porque amo correr (pero se me antoja cambiarle de vez en cuando) y porque me gusta el gimnasio (pero me cuesta lidiar con el sentimiento de intimidación e intento hacerle menos caso constantemente).

En resumen, he hecho ejercicio durante toda mi vida. Sin embargo, creo que la única vez que lo hice sin que el peso y la forma en la que lucía mi cuerpo fueran un factor fue durante el ballet. ¡O sea de los 3 a los 5 años! Y de ahí en adelante, el peso nunca más dejó de ser parte de la ecuación de razones por las que quería ejercitarme. Me encanta correr y sentir cómo mis piernas son tan fuertes, hay pocas cosas que disfrute más que una reta de volley, amo la sensación después de terminar una rutina de gimnasio, pero ¿por qué cada que hago algo de eso no puedo despegarme la idea de cuántas calorías habré quemado, de cómo NECESITO seguir siendo constante para adelgazar más, de cómo no puedo comer mal ese día porque “arruinaría” el haber gastado tiempo ejercitándome? Genuinamente a veces creo que no sé disfrutar del ejercicio por sí mismo y esa idea me aterra.

@marmarmaremoto

Y con todo esto del deseo constante de verme diferente, del ejercicio, de los comentarios, de los estereotipos, del “no poder” usar cierta ropa que me gustaba en los maniquíes, pero no puesta en mí, etcétera, etcétera, la frustración fue aumentando cuando la comida se volvió el eje central de toda discusión interna.

Nunca he sido diagnosticada con un trastorno alimenticio y, por lo que a mí concierne, nunca he estado cerca de estarlo. Eso es algo que agradezco profundamente y no pretendo que mi experiencia sea equivalente a lo que se vive en esos procesos, porque sé que estamos lejos de pasar por lo mismo. Sin embargo, sí quiero compartir mi vivencia.

Empecé con restricciones de alimentos desde muy pequeña, a los 10 años aproximadamente (según recuerdo, pero pudo haber sido antes). Al principio, sólo me encargué de eliminar gran parte de carbohidratos de mi día a día; no tenía idea de qué era un carbohidrato, pero sabía que la tortilla, el pan, el refresco, los cereales, etc., eran “malos” y, por lo tanto, los eliminé. Esa historia se convirtió en la primera vez que bajé de peso y, también, en la primera vez que recibí felicitaciones por “verme mejor”, halagos por ser más bonita y, también, admiración por mi autodeterminación. Después, ya más grande, en la preparatoria, empezó el desfile de profesionales de la nutrición: desde personas conocidas de la familia, amistades, recomendaciones, búsquedas propias, etcétera. Y, desde entonces, el desfile no ha terminado (aunque por fin me encuentro con una que no me hace sentir pánico de la comida).

He pasado por muchísimas nutriólogas; en cuestión de tiempo, la más importante fue una con la que estuve por tres años y, aunque la quiero mucho y aunque le estoy agradecida por todo el cuidado que tuvo con mi Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP, el monstruo del que hablaré más tarde), tengo que decir que, poco a poco, la cultura de las dietas, su insistencia por probar nuevos métodos (como la dieta keto), la prohibición de alimentos (como la papa), y los pequeños regaños cuando “fallé” con el plan alimenticio crearon miedos aún más profundos en mí, una frustración incontrolable y el hartazgo de no poder disfrutar libremente de la comida.

Todo lo anterior empeoró cuando, a pesar de haber bajado 12 kilos, al momento de dejar las pastillas anticonceptivas como tratamiento del SOP, fui subiendo otra vez de peso, haciendo que todo el esfuerzo, la constancia y la paciencia valieran gorro (o que, al menos, así lo sintiera yo). No comía diferente, no dejé de hacer actividad física, no cambiaron cosas de mi rutina, sólo dejé las mini pastillitas que me alaciaban el cabello y que me hacían sentir triste todo el tiempo, pero que me hacían reglar de manera puntual. Así pues, empecé a llamar “monstruo” al SOP, porque de entre todas las cosas que he sufrido con él, la que más me ha pegao a mí ha sido la imposibilidad de controlar mi peso sin estar consciente TODO EL TIEMPO de lo que como, de lo que hago, de las medicinas, de los efectos secundarios, y un larguísimo etcétera que tiene que ver con cómo me veo en el espejo y con cómo me percibe la sociedad.

Relacionado con ello, no puedo dejar de mencionar a las y los doctores que he visto a lo largo de toda mi vida. Porque, en gran medida, si desde niña odio ir a consultas médicas es porque sé que me van a pesar y que, sin importar que sólo vaya por una gripa, van a mencionar que “debería bajar los kilitos que tengo de más” y que “como no estoy tan lejos ‘de mi peso ideal’, comiendo bien y ejercitándome, lo voy a lograr” … como si desde la niñez no me la viviera alimentándome bien y haciendo ejercicio de una u otra forma.  Y, si a eso le sumamos el trastorno de ovario poliquístico, mejor ni hablamos, porque están directamente relacionados y porque, la mayoría de les doctores sólo dicen “baja de peso y compra estas grageas anticonceptivas”. Ok, pero ¿cómo bajo de peso si hago mucho y me cuesta tanto? ¿por qué me tengo que exponer a los efectos secundarios de estas pastillas si a veces me hacen más daño que bien (sobre todo, emocionalmente hablando)? Por años tomé las pastillas sin ser sexualmente activa, gastando gran porcentaje de mis sueldos y becas en ellas, sufriendo al ver cómo mi cabello perdía brillo, rizos y color, teniendo cambios de humor horribles, volviéndome súper estricta con la comida porque, si no, unos días eran suficientes para aumentar de peso, haciéndome ultrasonidos cada tres meses y viendo cambios pequeños. Y ojo, mi pelea no es con las hormonas, porque, como todo, tienen sus pros y sus contras. Mi pelea es con toda la horrible situación a la que nos orillan con pocos estudios y, también, con sesgos gordofóbicos.

Fue hasta el año pasado que di con una ginecóloga increíble, profesional y apapachadora que, durante la primera consulta, se dedicó a escuchar por laaaargos minutos mi desahogo sobre los casi 7 años que llevaba intentando controlar mi SOP, sobre mi batalla, cansancio y hartazgo que sentía con las dietas, con cómo ya no quería vivir los efectos secundarios de las pastillitas y sobre cómo sabía que había pocas opciones pero que, por favor, necesitaba alternativas. Así pues, sin pesarme y sin sermones, me dijo que me entendía y me dio una analogía que nunca voy a olvidar:

Pau, tú eres economista y siempre dices que el pobre no es pobre porque quiere, ¿verdad? Bueno, tú no tienes sobrepeso porque quieras o porque no te esfuerzas lo suficiente, lo tienes, en gran medida, porque tu cuerpo tiene una condición, en este caso SOP, que no le permite funcionar con toda normalidad. Por favor no seas tan dura contigo misma.

¿Y yo? Llorando. Porque toda mi vida he estado en menor o mayor medida enojada conmigo misma por mi sobrepeso, porque ASÍ ME ENSEÑARON A LIDIAR CON ÉL. Quiero mucho a mi cuerpo y agradezco que me sostenga, pero aprendí a quererlo mal porque me enseñaron que no era lo suficientemente delgado, blanco y lampiño como “debería” para quererlo aún más; para recibir atención médica que poco o nada tuviera que ver con su peso; para que más hombres se fijaran en mí no sólo por ser “buena onda”, sino también “bonita”. Este sistema me orilló a muchos sentimientos horribles hacia mí misma y, encima, me hizo creer que era mi culpa tenerlos.

Actualmente, sigo en tratamiento con esa ginecóloga y día con día agradezco haber coincidido con ella. No sólo porque, por primera vez en la vida, mi ciclo menstrual es regular sin necesidad de hormonas, sino también, y sobre todo, porque por primera vez estoy transitando el proceso con muchísima comprensión y ternura. A la par, ella me recomendó a mi actual nutrióloga, a esa con la que dije “es la última vez que intento ir con una” y con quien me llevé las más gratas sorpresas por su manera de trabajar lejos del pesocentrismo, sin preguntarme ninguna de mis medidas, identificando con muchísimo cuidado lo aterrada que estaba con ciertos alimentos y tratando las mañas que fui creando en mis más de 15 años intentando bajar de peso. A estas dos mujeres les debo el cuidado a mi salud más tierno que he vivido y, también, los pasos más certeros que he dado hacia la auto-comprensión. Y, de la mano de este proceso, me recuerdo todos los días que SÍ puede haber salud en todas las tallas.

En este sistema gordofóbico, yo estoy lejos de ser la principal víctima. Dentro de las categorías que se ofrecen para dimensionarlo, yo entro en el “small fat”, porque, por ejemplo, encuentro ropa de mi talla en las marcas comerciales, quepo perfectamente en los asientos del transporte público y porque las personas que ejercen en el sector salud no asumen —o al menos no inmediatamente— que todos mis males se encuentran en la vieja confiable de la “obesidad”. Sin embargo, me debía a mí misma expresar esto: todo el daño que —entre miedos, inseguridades y culpas— me ha causado el no ser delgada y el no lograrlo del todo a pesar de los muchos esfuerzos.

@marmarmaremoto

Este cuerpo es mi hogar, mi equipo y mi respaldo. Se ha rifado muchísimo desde siempre, sosteniéndome con todos los órganos completitos, siendo paciente con mis procesos: desde las noches con dolor del crecimiento en las piernitas, mes con mes desde los 12 años que empecé a menstruar, con el síndrome de ovario poliquístico que me cae increíblemente mal, pero que también me conforma, con sus migrañas que nos causaron largos llantos, con la ansiedad en la cabecita, con todos los movimientos extraños que los deportes le han exigido, con los largos desvelos a los que lo he expuesto y, también, con todo el amor que produce y que recibe. Le debo mucho, empezando por una enorme disculpa, una larga explicación que le haga saber que este sistema nos juega chueco constantemente, y la firme promesa de que, si bien no siempre he sabido hacerlo, mi compromiso es cuidarnos con mucha más paciencia y ternura que antes.

Tenía muchísimo tiempo queriendo escribir este texto, pero el miedo de hacerlo llevaba un buen rato siendo más grande que las ganas. Si bien estoy acostumbrada a reconocer y a hablar sobre mis inseguridades, mi cuerpo cruza una línea de lo personal que me cuesta manejar. Y es que, quizá, aún ni siquiera lo entiendo yo misma como para ponerlo en letras y, sobre todo, como para mostrarlo a más personas. Pero aquí estoy intentándolo, así como, por ejemplo, la semana pasada me atreví, por primera vez, a usar un traje de baño de dos piezas, en vez de uno de cuerpo completo por el miedo al que dirán. Mi cuerpecita y yo estamos experimentando tomar decisiones más libres y, aunque no ha sido del todo fácil, nos está saliendo bien porque estamos siendo un mejor equipo. Reconozco en cada una de estas letras el privilegio que tengo de poder hablar de esto, de ser “small fat”, de contar con los ingresos suficientes para cuidar mi salud, etcétera, etcétera, pero quería dar este gran paso personal de hablar de lo innombrable y de agradecerle públicamente a este hogar que es mi cuerpo.

@ange_cano

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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