¿Qué tan superficiales son las tetas?

Treinta años tenía mi madre la primera vez que le diagnosticaron cáncer de mama. En ese momento seis le quedaban, pero vivió treinta más. Exactamente la mitad de su vida estuvo en tratamientos. Seis años tenía yo cuando formaba mi primer recuerdo de una quimioterapia. Doce la primera vez que mi madre me llevó con una ginecóloga, dejó su expediente clínico en el escritorio, y le dijo que necesitábamos un plan de prevención para mí. Más de diez años me limité a chequeos anuales y autoexploraciones, nada fuera de lo común, pero los estudios serios estaban previstos para comenzar a mis veinticinco.

Iniciaba esta etapa con un estudio para cáncer hereditario (comúnmente conocido como BRCA1 y BRCA2), que ayuda a determinar si existe una mutación en un gen asociado a la predisposición a cáncer y, con ello, un riesgo significativamente mayor de desarrollarlo. Los escenarios eran dos: positivo y negativo, 50/50, un volado. Si el resultado era negativo tenía el mismo riesgo de desarrollar cáncer de mama u ovario que el resto de población. Si el resultado era positivo, el riesgo aumentaba entre seis y ocho veces, y en este caso hay dos decisiones posibles: revisiones muy cotidianas por años hasta detectarlo en una fase temprana o cirugías preventivas (mastectomía profiláctica y/o ooforectomía profiláctica; extirpar mamas y ovarios, pues).

Lo que estoy contando es únicamente mi breve experiencia, un paréntesis después de hacerme el estudio y antes de tener algún resultado, después de darle vueltas por varios meses y mil lados, y estas son algunas de las cosas que me han pasado por la cabeza y que me han confrontado con saberme fuente de muchas contradicciones. Fue muy curioso darme cuenta de que, sin quererlo de manera consciente, todo esto lo estaba tratando de vivir desde el feminismo con rigor (y fallé). En parte por convicción propia, en parte porque vi a mi madre encontrar respuestas ahí. ¿Por qué desde el feminismo? El cáncer de mama y de ovario, además de ser un tema de salud, tiene una dimensión simbólica sobre la idea de ser mujer y de feminidad sumamente fuerte. Tiene todo que ver con el cuerpo, con distinguir el dato sexual del género, con la diferencia entre ser mujer y nacer con senos, con los estándares de belleza, el deseo, la sexualidad, la relación con las madres (en cáncer hereditario), los planes reproductivos y proyectos de vida y, sorpresa, hasta con las relaciones de pareja (o con mi falta de).

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El dilema sobre lo belleza. Hace muchos años, el escenario que imaginé era completamente distinto y claro. Antes me imaginaba segura, confiada en un nivel que tocaba con la arrogancia, tranquila con que nada de esto me iba a afectar porque no necesitaba un estándar de belleza, etcétera. Primero estaba mi salud, y poder adelantarme era una oportunidad enorme. Lo demás era lo de menos. Sabía que el cuerpo cambia y no nos define. Pero, por supuesto, no es tan sencillo ni es una discusión que haya quedado en el pasado. Recuerdo acompañar a mi madre varias veces al Instituto de Cancerología y ver papeles pegados que ofrecían maquillar a pacientes que iban a quimioterapias. Recuerdo verla salir de ahí y pararnos en los puestos que se ponían afuera para comprar un labial. Rojo. Porque sí, ofrecer maquillaje a pacientes que van a quimioterapias es importante.

Es cierto que nuestros lugares abyectos son nuestros lugares de reivindicación. Para muchas personas ha sido necesario, vital incluso, recordarse todos los días que el cuerpo no nos hace. La lucha de muches pacientes de cáncer es también contra ciertos discursos deterministas sobre el cuerpo. Pacientes que, además, se enfrentaron a esto en un mundo mucho más conservador que el actual. Pacientes que han decidido no tener cirugías de reconstrucción. Ningune de nosotres somos fantasmas, el cuerpo está siempre, y las decisiones que le involucran también. Y a mí, por ahora, me ha dado un gran respiro aceptar que puedo vivir en todas mis contradicciones sin ninguna necesidad de resolverlas; tratar de seguir con un plan de prevención incierto y reconocer que los resultados podrían ser muy dolorosos. Simplemente creo que no es tan fácil, y es una cuestión mucho más encarnada que Mariana Rodríguez cortándose el pelo, sacándose fotos, salvando el día y luchando contra el cáncer. No podemos banalizarlo.

Una decisión personal. Claro, evidentemente todos y cada uno de estos pasos son absolutamente míos, no podría ni debería ser de otra forma. Pero de pronto, lo que es absolutamente mío también da miedo. Como este fue un tema con el que crecí, llegué a imaginarlo muchas veces (así como nos imaginamos que ese viaje, que esa boda, que ese trabajo, yo me imaginé muchas veces este momento de tomar decisiones). Y honestamente, me he dado cuenta de que, al pensar en esas posibles consultas con noticias complicadas, siempre me imaginaba acompañada de mi madre o de una pareja (para psicoanalizar el asunto). Era una idea que envolví en un aura de estabilidad y entereza. Me ha sorprendido mucho cómo tengo en mi inconsciente completamente vinculado el tema de la reproducción, el ideal de pareja, los proyectos de vida y la ausencia de mi madre. Institución familiar y reproductiva at it’s finest, arraigado en lo profundo. Pero no es así, ahora me toca hacerlo sola. Con toneladas cariño de mis amigues y mi familia, pero sola. Y contemplé esa escena: agitada por llegar tarde a la cita, con olímpicas derrotas amorosas, sin mi madre, después de ahorrar meses para pagar el estudio, con un proyecto de vida que se limita a lo que leeré esta tarde, con cero respuestas a la pregunta de mi doctora «¿tienes un plan reproductivo?», dando tropezón tras tropezón, y me reí mucho. De mí, de la vida, de las expectativas rotas, de los cambios de rumbo, de los cambios de planes y, más que nada, de saberme llena de dudas y contradicciones.

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Las tetas; aumentarlas, disminuirlas, desaparecerlas, tatuarlas, enseñarlas, taparlas, sentirlas, quererlas, odiarlas. Les hijes; quererlos, no quererlos, tenerlos, no tenerlos, no querer hablar de eso, hartarnos, no querer que nos pregunten, cansarnos, imaginarlos, asustarnos. Tener gatos. El maquillaje; usarlo, probarlo, de todos los colores, mancharte, quitarlo, volvértelo a poner. Labial rojo. El cuerpo (como la vida); disfrutarlo, sentirlo, decorarlo, quererlo, no quererlo, tomarle decisiones permanentes, arrepentirse, abrazarlo, besarlo, pintarlo, dibujarlo, tatuarlo, cuidarlo, cambiarlo, extrañarlo, enseñarlo, guardarlo, compartirlo, no compartirlo, gozarlo, probarlo, dudarlo, llamarlo lo que queramos. Lo que hemos olvidado, todEs, que nos pertenece.

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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