¿Qué pasa con las trabajadoras sexuales el 8 de marzo?

Por: Irene Valdivia (@irenevaldivia_)

Como trabajadoras sexuales, como mujeres que reclamamos y ejercemos autonomía sobre nuestros cuerpos y nuestro sexo, y que monetizamos lo que el amor romántico nos dijo que debíamos reservar para el príncipe azul y obsequiarle por amor verdadero la noche de nuestra boda heterosexual y cristiana, somos señaladas no solo por los hombres que odian a las mujeres a quienes no pueden acceder con gratuidad, sino también somos señaladas y odiadas por otras mujeres, por las buenas mujeres. Audre Lorde explica en Usos de lo erótico: lo erótico como poder (1978), que bajo el régimen patriarcal también existe un régimen antierótico sobre las mujeres en la sociedad occidental, que lleva a las mujeres a despreciar el erotismo femenino, porque éste sería una seña de nuestra inferioridad, siendo así parte de la opresión del ser mujer, y desde esta posición, saltamos a concluir que las mujeres sólo podemos ser fuertes si anulamos nuestro erotismo, y especialmente nuestro erotismo con los hombres. Cuando entendemos nuestra sexualidad desde la visión que el patriarcado nos da de ella, y creemos que esa posición es revolucionaria, es fácil pintarnos a las Putas como enemigas de la liberación femenina, y acusarnos de complicidad con el lobby proxeneta. Las Putas somos convertidas en las malas mujeres, que traicionamos a las buenas mujeres que están preocupadas por nosotras, que traicionamos a nuestras compañeras que cobran por hablar de nosotras sin estar nosotras, que traicionamos a nuestras compañeras que refuerzan al Estado policiaco, al verdadero proxeneta, y que cada 8 de marzo, dejamos de ser compañeras para convertirnos en las intrusas. El octavo día de marzo somos las mujeres intransigentes que no quieren debatir porque no nos interesa sentarnos con quienes debaten una teoría mientras nosotras debatimos nuestra vida, porque no estamos dispuestas a discutir nuestra cotidianidad y nuestro trabajo en los términos del abolicionismo, y porque nos negamos a ser reducidas a víctimas sin agencia política, sometidas a un nuevo príncipe azul vestido de morado.

Como trabajadora sexual, como mujer, y como mujer que ocurre que es trans, es doloroso quedar fuera del 8M por temor a la violencia abolicionista, por la tibieza de otras compañeras hacia esta violencia, o por decreto de facto de una asamblea feminista, pero tampoco sé si quiero luchar por entrar a un patriarcado réplica que no se reconoce como tal porque es ejercido por otras mujeres. No sé si estoy dispuesta a negociar mi política con quienes nos ven hacia abajo, con lástima, en los términos default que nos dio el patriarcado. Como trabajadora sexual, aprendí a establecer en voz alta mis límites corporales, pero también del trato que estoy dispuesta a recibir, y desde esa firmeza que me dio la esquina, sostengo que no es necesario disputar espacios que fueron construidos sin nosotras y pensados para que no entremos ahí, sino que debemos construir desde cero la política que nos piense porque nosotras la pensamos y la vivimos. Yo no sé si encontraremos esta política en un 8 de marzo. Por lo menos, no será en un 8 de marzo donde haya mujeres que queden fuera, pero la piedra con la que las putas levantamos nuestro movimiento nunca vino del mismo suelo donde se para el feminismo hegemónico. La nuestra es la piedra que está en el asfalto que pisamos en nuestra esquina. Nuestro lenguaje nunca fue el académico rimbombante, sino el callejero altisonante. Las putas entonces, hablamos otra lengua y nos pensamos desde ella, y nuestro mundo será imaginado desde nuestra lengua, desde la lengua que usamos para trabajar.

Las putas somos mujeres (al menos, muchas lo somos). Las putas somos mujeres trabajadoras. Las putas no podemos parar el 9 de marzo. Las putas no podemos pararnos tranquilas en un meeting el 8 de marzo. Las putas no queremos estar en ese 8 de marzo. Las putas merecemos más.

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