Publish or Perish

El ser humano tiene una obsesión con cuantificar. No sé si es una obsesión que precede a la historia escrita o si, extrañamente, es inherente a la especie humana, pero sin duda es algo que se ha ido al alza desde la Revolución Industrial o más bien, desde la consolidación del capitalismo. Medir, contar; a ver quién tiene más, a ver quién tiene menos.

Seguramente esto resuena en la cabeza las personas lectoras ya que es aplicable a absolutamente todo: dinero, acciones, PIB, Bitcoin, likes, shares; quién tiene más productos, más opciones de menú, más experiencia, más estudios, más cursos… Quién está dispuesto a trabajar más y a tener menos vacaciones.

La ciencia no es la excepción a la regla. La academia exige que publiquemos nuestros descubrimientos en revistas indexadas revisadas a pares (por otra persona de ciencia; nuestro ‘par’). En las revistas que tienen más renombre, mayor factor de impacto, se exigen mejores investigaciones con buenos resultados y conclusiones novedosas que reten los límites del conocimiento. En esas revistas, los artículos se revisan por pares expertos en diversas áreas, con los mayores índices H, en universidades muy prestigiosas y con laboratorios muy grandes. Para llegar a ser de los que tienen más impacto, mayor renombre, mejor reputación y mejores investigaciones, hay que publicar muchos artículos en las revistas que tienen más impacto y que son editadas por les mejores investigadores con los mejores scores en las mejores universidades. Contar, contar, contar.

Lo anterior suena lógico cuando pensamos cómo evaluar el quehacer científico de un individue que usa recursos públicos (en su mayoría) para su investigación. ¿Cómo juzgar si el dinero de los contribuyentes está siendo usado sabiamente? ¿De verdad nos interesa si las desmetilasas de histonas contribuyen a la regulación del gen de la tirosina hidroxilasa a través de la proteína CTCF en la diferenciación in vitro de células troncales embrionarias humanas hacia neuronas dopaminérgicas? ¿Qué nos aporta como país, o como humanidad? Si nos interesa, y el investigador ha logrado contribuir a la humanidad con 32 artículos científicos en buenas revistas científicas, entonces es acreedor a más dinero para que pueda continuar con su investigación. De lo contrario, no habría más dinero y su investigación (junto con el progreso de sus alumnos) se vería fuertemente retrasado.

El publish or perish es la cultura académica en la que, literalmente, se debe publicar o perecer en el intento. Esta cultura puede parecer justa a los ojos de algunos, pero también favorece prácticas académicas que impiden fuertemente el avance de la ciencia o que atentan contra las condiciones laborales de cualquier persona académica o estudiante.

@pedromics

Uno de los efectos negativos de esta cultura de la publicación se ha observado en múltiples ocasiones cuando une investigador es obligade a publicar lo más rápido posible, aun cuando los datos no son suficientes para soportar las hipótesis propuestas. Este tipo de escenarios son muy comunes y las situaciones que lo orillan pueden ir desde la presión de publicar porque otro laboratorio en el mundo está trabajando sobre la misma historia y tiene más o mejores resultados, hasta la presión por publicar para que cuente en la producción anual de la persona investigadora y que pueda renovar su SNI u obtener definitividad (‘tenure’) en su puesto académico. Al final del día, los daños no son más que para la ciencia y las persones involucradas en el quehacer científico: les estudiantes, post-docs y asistentes de investigación.

En cuanto al daño a la ciencia, las publicaciones que tienen conclusiones erróneas por falta de poder estadístico o por un mal diseño experimental y que se posicionan como artículos fundamentales para cierto campo científico son los más peligrosos. Estos artículos cementan una idea errónea en el campo de investigación dado que, por estar publicada en Nature y ser del laboratorio de le investigador X, quién tiene un índice H e i10 muy elevado y quien trabaja en Harvard, hace que las ideas sean prácticamente incuestionables. ¿Se imaginan a todo el mundo trabajando sobre una idea falsa durante 50 años porque el susodicho autor necesitaba el artículo para renovar su SNI? Bueno, pues ha pasado.

Vía Universo Abierto

Como es costumbre en las publicaciones recientes (ya de dos años para la fecha), la pandemia nos ha enseñado que, efectivamente, es importante abordar toda pregunta de ciencia básica. Sin la investigación básica no hubiéramos tenido las vacunas que, hoy día, evitan que la cuarta ola por COVID-19 se traduzca en una pila de muertos de magnitudes similares. Pero dicho camino también estuvo lleno de tropiezos por esta cultura del publish or perish.

De entrada, la urgencia por publicar en The Lancet o en el NEJM los resultados preliminares de las vacunas por parte de las grandes compañías como AstraZeneca o Pfizer se tradujo en un escándalo estadístico en el caso de la fórmula de AstraZeneca. Incluso más grave, pareciera que la urgencia por publicar resultados se volvió más un juego geopolítico –recordemos que Rusia promocionó a Sputnik-V como la primera fórmula contra COVID-19 en el mundo. Más aún, el rigor científico y los juegos políticos de los factores de impacto, el prestigio de los laboratorios y los países de origen de los estudios influyeron fuertemente en la credibilidad de ciertas vacunas no solo en la población general, sino también a nivel político mundial. A la fecha, Sputnik-V es una vacuna no reconocida por la Unión Europea y Estados Unidos, a pesar de probar su efectividad. Publish or perish.

Mi motivación para escribir este artículo, sin embargo, no es para remarcar los tropiezos que el conocimiento sufre a raíz de esta cultura. Es más bien un esfuerzo para reconocer a la fuerza laboral que los produce. A finales del año pasado, un grupo de investigación en China publicó una preimpresión de lo que era, esencialmente, mi proyecto de doctorado que había trabajado en los últimos dos años. A las pocas semanas, nos enteramos que un grupo de investigación en Austria estaba realizando la misma investigación. Una bonita coincidencia que hubiera tantas personas en el mundo interesadas en la misma pregunta biológica. Sin embargo, dicha noticia nos obligó a trabajar a marchas forzadas para ser capaces de ganar la carrera y poder publicar algo de nuestro trabajo antes de que alguien más lo hiciera. Si bien la competencia nos empujó a ser mejores y abordar una pregunta de investigación muy interesante, también generó lo que ha sido el mayor reto académico que he encarado en mi vida. Jornadas laborales de 16 horas de lunes a domingo, la frustración del fracaso, la ansiedad y el estrés fueron solamente algunas de las cosas, sin ahondar en detalles, que marcaron los últimos dos meses de mi 2021.

Al final, la razón del texto no es servir de terapia comunitaria, sino para detenernos a pensar qué vale la pena medir y cómo vale la pena medirlo. Alguna vez escuché de algún profesor decir que ver es creer y medir es saber (“seeing is believing, measuring is knowing”) y estoy parcialmente de acuerdo. Hay que saber cómo medir para poder obtener la respuesta correcta. Y esto no aplica únicamente a la academia; la próxima vez que su amigue freelancero esté promocionando su negocio en Instagram, recuerda que le cuentan los likes y los shares, y que también tiene que publicar o perecer. Y es agotador. No hay que medir por medir, sino hay que saber medir para poder consumir cosas de calidad–ojo, muchas veces no son los followers y los likes, y tampoco lo son los Nature y los Science.

Él/He/Him. ¡Hola! Tengo 27 años y soy biólogo. Actualmente estudio un doctorado en neurodesarrollo pero me gusta salir del sofocante ambiente académico para platicar de ciencia para todes. Creo fielmente que les científicos nos debemos a la sociedad y este es mi humilde intento de divulgación científica.

Me interesan temas como la evolución, el desarrollo, la biología celular y la biología molecular, pero me interesa aún mas deconstruir las ideas deterministas herencias del positivismo científico.

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