¿Por qué nos atrae lo más horrible y despiadado? El juego del calamar y sus revelaciones

*El presente artículo puede contener spoilers, por lo que se recomienda leer cuidadosamente, pues tales estarán señalados dentro del texto.

No existe nada más tétrico que entrelazar la infancia con el horror. La perturbadora mezcla de elementos infantiles con la atrocidad es un recurso presente en nuestra cultura narrativa, plasmado en ejemplos contemporáneos que van desde las escritoras argentinas Silvina Ocampo y Mariana Enríquez, hasta el mítico Stephen King y la serie Black Mirror. El juego del calamar engrosa la lista de obras que utilizan el ancestral recurso del miedo, el suspenso y la crueldad, con aquellos colores pueriles en los que reverberan la indignación y desesperación en espirales demoníacas.

La mayoría de los medios mainstream que abordan el fenómeno suscitado por la serie surcoreana no consiguen apartarse de la mención de su connacional Parasite, la pieza cinematográfica que arrasó los premios Oscar en el muy trágico y repudiado año 2020 (¿una especie de revolcón dentro de nuestra propia miseria?). En algunos casos se les compara simplemente por provenir del mismo país, ya que, al menos en esta parte del mundo, tendemos a consumir contenido anglosajón, hispano o europeo; en otros, por el brusco retrato de una sociedad aporofóbica que opera desde el ideal del exterminio y el anonimato de sus víctimas.

Pero aquella relación no es exclusiva, no solo por lo obvia, sino porque, si ponemos la más ligera atención, podríamos aseverar que el tema de las desigualdades sociales y la miseria humana narrado desde los elementos del absurdo y lo visual, lo excesivamente claro, es una constante de nuestros tiempos. Tenemos Snowpiercer (también del director de Parasite) y El hoyo (he escrito al respecto aquí), extremamente similares en cuanto a atraparnos con elementos visuales exagerados donde el espíritu humano es llevado al límite en la lucha de clases, e incluso The handmaid’s tale, también visual, pero concentrado en otras desigualdades.

Por Carl Row, vía https://images.unsplash.com/photo-1511882150382-421056c89033?ixlib=rb-1.2.1&ixid=MnwxMjA3fDB8MHxwaG90by1wYWdlfHx8fGVufDB8fHx8&auto=format&fit=crop&w=871&q=80

La pregunta es ¿por qué nos fascinan estas historias? ¿Qué diferencia existiría [SPOILER ALERT] entre nosotres y el anciano magnate que busca entretenerse con el dolor ajeno, con la mezquindad humana? Antes de entrar a fondo a esas preguntas, analicemos algunos aspectos de la serie.

Hemos mencionado el más obvio y relevante que es el siniestro maridaje de niñez y violencia. La música, los colores, los juegos, todos pertenecientes al territorio infantil, resaltan el cariz sanguinario y espeluznante de la serie. Decía alguien por ahí, no recuerdo quién, que la poesía debía escribirse con la seriedad con la que les niñes juegan. Aquella es la columna vertebral de estas piezas cinematográficas: la vida como una especie de juego cruel, donde se gana o se pierde tajantemente, a veces de modo absurdo. Tal es la premisa de la serie, la cual comienza con imágenes en blanco y negro de niños jugando y una voz que narra, como en el hardboiled estadounidense. Al fondo, una música infantil que nos parece muy típica del oriente.

Las personas que juegan son solo números, como en el capitalismo y en la era digital, palabra que relacionamos con lo dactilar y lo tecnológico, pero que también, y sobre todo en este caso, tiene mayor correspondencia con dígito, de número. En el capitalismo somos números, y también los números lo y nos gobiernan. Recordemos que el personaje debe recordar el PIN de la tarjeta de crédito de su madre, también los números a los que apuesta en las carreras de caballos. El protagonista posee el último número dentro de los fatales juegos, y el anciano, el primero. Los guardias se refieren a todes elles por sus números, no sus nombres. En los juegos, los participantes deben elegir números en la antepenúltima prueba, por lo que algunos utilizan el instinto, la lógica y la superstición. El protagonista tarda mucho en elegir, de hecho, siempre lo hace cuando debe tomar decisiones dentro de la competencia. Esta lentitud es mencionada por el participante quien era un exitoso profesional financiero, amigo de la infancia del protagonista. Este último, por el contrario, toma decisiones frías, lógicas, numéricas.

¿Por qué empatizamos con el protagonista? Al inicio es presentado como un despreciable ludópata y lacra social, parásito que consume el arduo trabajo de su anciana madre. Pareciera que en la situación extrema de los juegos surge el lado benevolente y virtuoso del protagonista, pues fuera de aquellos no demostraba ningún remordimiento por aprovecharse de su madre y defraudar a su hija reiteradamente. En los juegos, en cambio, la compasión es una constante en él, principalmente hacia el jugador anciano.

Los juegos intentan presentarse como imparciales (como lo son los números, supuestamente), sin embargo, algunas situaciones extremas, como la reducción de raciones de alimentos o la falsísima ilusión de la libre voluntad para participar, considerando las circunstancias límite que viven los desdichados seres humanos que juegan. Ello se intensifica con la impunidad ante los despreciables crímenes cometidos entre las participantes, haciendo que la ley del más fuerte que rija el recinto, para así exterminar a “les más débiles”.

Esos son solo algunos detalles. Ahora nos toca retomar las preguntas sobre nuestra pasión por lo siniestro. Tomemos en cuenta que, de acuerdo a Mathias Clasen, el horror es el género más redituable en cualquier medio, particularmente en los Estados Unidos. No es preciso recurrir a Todorov ni a ningún sabio en la materia para notar la presencia del miedo y lo siniestro como enganches narrativos. ¿Qué dice aquello sobre nuestra naturaleza? ¿Somos personas horribles por hallar entretenimiento en lo horrible? Aunque queramos creer que miramos este tipo de historias por tratarse de ficción, no podemos mirar de lado cuando el doomscrolling y nuestra tendencia a consumir noticias y contenidos fatales, donde la constante es el lado perverso del ser humano, la maldad, la violencia, la crueldad. Quizá por ello el holocausto es uno de los episodios históricos más visitados por nuestras mentes y conversaciones.

Si esperaban una respuesta de mi parte, lamento la desilusión que pueda causarles su ausencia. Tengo el terrible y filosófico vicio de proponer más preguntas que respuestas. Lo que sí puedo decir es que esta serie no es la primera ni la última en apelar a nuestro instinto por mirar hacia el abismo, por reforzar conceptos simples que se traducen en seguridades dentro de nuestra visión del mundo y de la vida, como: “el ser humano puede ser malvado”, “existen malas y buenas personas”, “la riqueza desmesurada se erige desde y hacia la crueldad”. Todos ellos ejemplos entrecomillados, pues lo que más me provoca terror es cincelar “verdades”. Tal vez, al igual que el protagonista, me cuesta asumirrespuestas inmediatas y simples. Tal vez por ello simpatizamos con él, a pesar de todo, no sólo por mirar la historia desde sus ojos, sino porque esa parálisis de espectadores y jugadores a la vez es una de las más marcadas tendencias de nuestra actualidad, donde tenemos ojos en todas partes, bebiendo, catando y analizando las atrocidades del mundo, con pavor y hasta adicción, sin lanzarnos, en muchos casos, a abrazar algún rol, sin querer formar parte de lo malo, y sin poder formar parte de lo bueno, pues para ver lo bueno se requiere cierta fe.

Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

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