¿Por qué hasta los treinta años dejé de morderme el cuerpo?

Spoiler alert: No lo sé, pero les prometo que llego a algunos lugares interesantes (acaso para las personas que de forma compulsiva se muerden). Por supuesto que le recomiendo al carnívore lectore buscar ayuda profesional lo más pronto posible, pero también me parecen significativas las interacciones no expertas; esas de crear espacios para contar nuestras vivencias con un mismo problema por el simple hecho de contarlas. La antiquísima idea de “me identifico con esto y, por lo tanto, me ayuda”. Aunque si tú estás leyendo esta nota solo por curiosidad, para ver qué onda con la gente que tiene este tipo de manía pues adelante. Al final de cuentas escribo para ser leída y entiendo el atractivo de los trastornos humanos, que son tan versátiles como nosotres mismes. Además, no me incomoda exponer las particularidades de este en específico.

¿Escritora y exhibicionista? Pretends to be shocked

Pero basta del sarcasmo y comencemos la historia. Desde que tengo memoria, me mordía (qué satisfactorio escribirlo en pretérito) no sólo las uñas de las manos, sino también las falanges de los pulgares y los labios. A veces me llegué a jalar el cabello pero no a arrancármelo (tengo una amiga que, cuando está estresada, se arranca las cejas). Es fácil y a la vez complicado saber cuál de todas las situaciones dramáticas que viví de niña ocasionó esto, o si solo imité los trastornos de mi madre y mis hermanes, que también son buenes carnívores. Pero lo importante aquí, o al menos lo que más me interesa, es indagar sobre la razón por la que un buen día me dije “a partir de ahora dejaré de hacerlo” y ¡PUFF! Santo y simple remedio. El cuerpo es sabio, dicen, pero yo digo que, además “, es un bufón que se mofa en tu cara de la inevitabilidad de vivir.

Antes lo había intentado todo (menos, por supuesto, ir a terapia): compré cajas y cajas de chicles, juguetes antiestrés y me aplicaba ceremoniosamente cada mañana un carísimo esmalte de uñas sabor ajo. Me apiado un poco de mí, ya que por aquellos tiempos qué iba a saber una niña o adolescente sobre la importancia de asistir a terapia, aunque tampoco quiero presentarme como una víctima. Una de las cosas más preciosas que me ha dicho mi madre es que admira mi obstinación. Sé que tenía otros problemas más apremiantes, pero jamás dejé de intentar curarme.    

Como no encontré específicamente un grupo de Facebook de personas que se muerden el cuerpo (yo la llamaría Grupo de apoyo Gente Voraz, como tributo a la peli francesa Voraz), me uní a uno de onicofagia (o sea, de puro morderse las uñas). Allí había muchísimas opiniones del porqué nos mordemos. Una con la que me sentí muy, pero muy identificada fue a causa de la impotencia, del hecho de no poder defenderse de constantes agresiones e ir juntándolas hasta formar una gran bola de nieve. Un comentario decía “te muerdes a ti mismo porque no puedes regresarle la mordida a tu agresor”. Me parece que eso explicaría también por qué suele comenzar en la infancia, porque tienes menos posibilidades de defenderte de las figuras autoritarias y, aunque no soy una sicóloga ni mucho menos, me atrevería a decir que eso también explicaría por qué suele afectar más a los hombres que a las mujeres. Imagino que la imposición de cumplir con el rol social de la masculinidad, que legitima el sistema heteropatriarcal, ha de ser un factor importante para sentir a la impotencia en su más infame esplendor.

Imagen tomada de Pinterest.

Es más, fueron mayormente los hombres que, mientras crecía, se burlaron de mis trastornos. Cada que uno señalaba los cayos de mis pulgares o mis labios partidos (todavía tengo una pequeña cicatriz blanca cerca de la comisura de mi labio inferior), sentía que jamás me verían como una igual. Morderme el cuerpo era una de las cosas que más me daban vergüenza de mí misma. No podía evitarlo. Era como si me quisiera cercenar los nervios, y mis pensamientos eran el principal combustible de la impotencia, lo que después la agravaba. Una vez soñé que me arrancaba el rostro a mordidas. Cuando me señalaban, era como si mi categoría de humana bajara un gran peldaño. Ni siquiera era el famoso “segundo sexo”, era como un animal. En esos momentos deseaba terminar de morderme: uñas, dedos, pies, piernas, caderas, torso, brazos, manos, dedos, uñas. Que solo quedara mi cabeza en el suelo, porque tampoco deseaba desaparecer totalmente.

En estos tiempos (donde cada año las cosas para el planeta parecen ir de mal en peor), la juventud está muy al tanto de esa emoción de querer estar-pero-no-estar, tanto que la depresión es un tópico en casi todas nuestras interacciones. La palabra desesperar, dijo David Foster Wallace en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, es ese “[…] extraño deseo de muerte combinado con una sensación apabullante de la muerte”. Querer tirarse por la borda, pero no caer en la nada, sino en lo más parecido que tenemos a la mano que es, en el caso de Foster Wallace, el mar. 

Y, en mi caso, mi pobre cuerpo era el saco de boxeo donde le tiraba unos izquierdazos a la desesperada e impotente existencia.  

Quizá el capitalismo y sus consecuencias han llegado a aplastarme tanto mentalmente que mi cuerpo sencillamente se dijo “pues, ¿para qué morderme si al final el resultado da igual?”, aunque debo admitir que esa respuesta es de las fáciles, es también un tópico. Y, mientras veo por las redes sociales que en Nuevo León, el estado donde vivo, organizan una corrida de toros para “homenajear a las mujeres”, aumentan el precio del metro y el gobernador dizque clausura presas clandestinas de agua, pero no dice ni pio sobre los proyectos hídricos de las empresas, yo estoy pensando si de rato me pintaré mis-no-mordidas-uñas de color rosa o café. Un ejemplo sobre cómo han terminado nuestros intentos por no tirar a la cordura por la borda.

Me interesa la gente y las diversas formas artísticas con las que se expresan. Procuro aprender y crear desde la empatía. Soy feminista y licenciada en Letras Hispánicas. Actualmente vivo en Regiolandia con mis gatos.

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