Por qué el vandalismo no es el punto

Desde la Revolución francesa de 1789, la Guerra Civil en Estados Unidos del siglo XIX, hasta las protestas de los chalecos amarillos en 2018, casi todos los movimientos sociopolíticos que tienen que ver con un grupo sistemáticamente oprimido; implican rabia y violencia. Rabia por la falta de escucha, porque al oprimido nunca se le da la opción de pedir las cosas “por favor”. Escribo esta breve opinión porque, aunque he leído reflexiones muy valiosas –y mucho más expertas y profundas– al respecto, mi intención aquí es hacer un corto análisis desde una perspectiva histórica, de por qué el vandalismo no debe ser el punto de la discusión sobre la marcha feminista del viernes en la Ciudad de México.

Primero, quiero resaltar dos puntos: darle una connotación negativa al “vandalismo” ocurrido en la marcha del viernes, es no saber (o no querer) sopesar la realidad para las mujeres en nuestro país. Segundo, si bien, los ejemplos que cité al principio son en suma diversos y no representan el mismo corte de movimiento sociopolítico –pues tampoco es preciso igualar una revolución a una guerra civil o a una protesta, así como los niveles de violencia que implican–, sí creo que son comparables en el sentido de que son movimientos que buscan o buscaron en su momento, provocar cambios sociales y políticos para equilibrar la balanza en favor de un grupo oprimido.

Los revolucionarios franceses que se levantaron en armas contra un gobierno despótico, los rebeldes del norte en Estados Unidos que (por diversos motivos) se posicionaron contra la esclavitud de las personas afroamericanas y los chalecos amarillos en Francia que no querían que la gasolina subiera su precio, todos estos, entendieron algo: pedir al poderoso las cosas de manera pacífica, no siempre da resultados. ¿Por qué juzgaríamos con distinta regla la marcha que busca protestar contra la violencia sistemática que vivimos las mujeres todos los días en México? ¿Por qué nos rasgamos las vestiduras cuando ni siquiera fue una protesta que alcanzara los niveles de violencia que otros movimientos, liderados por hombres, han alcanzado a lo largo de la historia?

Creo que la respuesta, por incómodo que sea, se encuentra en lo siguiente: porque hemos internalizado una profunda misoginia que nos hace pensar que mujer que proteste está mal. Que, si protestan de forma pacífica, nos burlamos. Que, si protestan de forma vehemente, “no son las formas”. Que, si no protestan y sólo existen, las matamos y las violamos. Que, si son madres solteras, el Estado no las voltea a ver y hasta las perjudica removiendo programas que las apoyen como las estancias infantiles.

La crítica hecha aquí es que estamos acostumbradas y acostumbrados a estudiar en historia las revoluciones que cambiaron el mundo, a ver en las noticias cómo los chalecos amarillos pintarrajearon el Arco del Triunfo de París, a estudiar cómo durante la primavera árabe pueblos se levantaron contra sus gobiernos opresores; cómo en la misma ciudad en la que ocurrió la marcha feminista, los hombres dejan hecho un basurero el espacio público cuando juega la selección de fútbol… Y, vemos a un ejército de mujeres levantarse, pintarrajear y romper unas cuantas cosas, y nos indignan más los monumentos que las muertas. Que conste: los cambios sociales y políticos nunca se pidieron por favor. Nunca.

Qué deseable sería un mundo donde no necesitáramos romper cosas o pintar monumentos para ser escuchadas. La realidad es que, lo que en redes y los medios llaman “vandalismo”, es, para grupos oprimidos, la única forma de ser vistos y escuchados. Y siendo sinceros, yo también querría quemar hasta el más sagrado monumento –porque al parecer, para muchos, los monumentos son más sagrados que las personas– si mi madre o mis amigas desaparecieran y el Estado no me diera una respuesta. La realidad es que esto no pasaría si el Estado mexicano fuera eficaz y menos negligente. Pero si el Estado mismo filtra información confidencial sobre una investigación en curso y criminaliza a las mujeres, definitivamente necesita una sacudida.

El Ángel está como nuevo, el Arco del Triunfo también y la Bastilla francesa hoy permanece como el recuerdo de un monumento que marcó un antes y un después en la historia mundial. Los monumentos se restauran, los vidrios se reemplazan y las paredes se lavan; pero las muertas no regresan y las violadas nunca olvidan. Y el problema es que no son casos aislados, sino más bien sintomáticos de una violencia sistemática contra las mujeres y niñas en nuestro país (por el simple hecho de ser mujeres, de existir). El Estado y la opinión pública no han dado otro remedio que protestar haciendo ruido, ruido que molesta porque “calladita te ves más bonita”.

Los medios nacionales abordaron el tema de pésima forma, pues pusieron el foco en los puntos equivocados (siendo tendenciosos porque, además, gran parte de la violencia sucedida en la marcha de la capital, fue provocada por los mismos hombres). Pero los medios responden, entre otros actores, a una audiencia. Una audiencia que tiene el poder de cambiar la narrativa del discurso y centrar el foco en lo verdaderamente importante: las vidas de las mujeres, vidas humanas.

 

 

 

 

 

 

 

Y bueno, creo que abordé muchos puntos; pero quiero que la lectora y el lector se lleven algo importante: históricamente, los derechos y los cambios nunca se pidieron por favor. A aquellos que sustentan sus críticas sobre el privilegio gracias a que nunca han tenido que exigir una vida digna, un derecho, una respuesta de un Estado negligente, sugiero hacer un ejercicio de introspección. Desechemos la misoginia internalizada y preocupémonos por lo verdaderamente importante, porque el vandalismo definitivamente no es el punto.

Tengo 23 años, estudio Relaciones Internacionales y vivo en la Ciudad de México.

Me gusta leer, salir a correr con mi perrita y soy una apasionada de Mafalda. Mis temas de interés son: desarrollo en América Latina (pobreza, desigualdad, democracia y elecciones, derechos humanos), relaciones Norte-Sur y feminismos.

Aquí escribo mis opiniones y mis preguntas.
“Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

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