…Y TODAS LAS MADRES FUIMOS CONVOCADAS

¿Han notado que los espejos de baños ajenos son facilitadores de epifanías? Sí, es en serio. De repente los no-lugares como el baño del avión, del hostal, del antro o de la casa del anfitrión de la fiesta nos revelan pensamientos como: “Ya no hay vuelta atrás en este viaje”, “Después de hoy no seré más la misma”, “Creo que ya es hora de tomar agua o entraré al punto de no retorno, jaja”. Definitivamente, frente a esos espejos suceden las miradas y los diálogos internos más sinceros.

Hace poco, recordé una de esas revelaciones personales. Estaba en el baño de un hospital y mientras me quitaba la ropa y me ponía una bata como la enfermera del área de maternidad me había indicado, me miraba fijamente a los ojos en el espejo. Doblé mi ropa y esperé unos minutos antes de salir para conversar conmigo misma: “De este hospital saldré con una persona en brazos ¿En qué lío me he metido?”

Y así fue. Unas horas después, Lucía gritaba a todo pulmón dentro de ese quirófano liberando así su sistema respiratorio, aturdida tal vez por la luz del mundo que la recibía. Muchas cosas en mi vida cambiaron drásticamente a partir de ese momento, pero hoy no quiero hacer un repaso de aquellas de las que más se habla (el tiempo libre, los planes, la organización para el trabajo o el dinero, la manera de entender algunas formas de amor, etcétera), hoy necesito hablar de otros aspectos tal vez menos agradables.

Recuerdo que una de las primeras veces en que reparé de esta situación, fue cuando veía una película ubicada en Alemania, tras ser derrotada en la Segunda Guerra Mundial, que narra la historia de 4 o 5 hermanos y hermanas de una familia nazi, que huyen por el bosque para salvar su vida (su madre y su padre habían sido detenidos o asesinados). En esta camada había un bebé de meses y un niño de 3 o 4 años. La angustia que me recorría, en especial por los más chiquitos del grupo, era insoportable, tanto que no pude continuar viendo la película (cuyo título no recuerdo). Quería desesperadamente saltarme todas las escenas hasta llegar al final y tener la certeza de que esos niños y niñas llegaron a salvo a su destino, obviamente mi esposo no accedió, así que tuve que refugiarme en un libro para no tener que ver el nudo. Tenía unas ganas de llorar que eran superiores a mí. Y así, dejé de ver definitivamente películas cuya temática fueran guerras, crisis humanitarias o tiempos apocalípticos, en especial si involucraba niñas y niños. Era un tormento pasarme pensando todo el largometraje y días posteriores qué hubiera podido hacer en esas circunstancias (un ataque zombie, la invasión de los turcos otomanos o algún desastre natural colosal) para mantener a salvo a mi hija.

En otra ocasión, perdiendo el tiempo en facebook, me topé con una publicación que contenía el testimonio de una psicóloga de Hermosillo, que había prestado sus servicios en intervención en crisis a padres, madres y maestras en las horas posteriores al incendio de la guardería ABC en 2009. Estaba sentada en la cocina terminando de darle de comer a Lucía, que no tenía ni un año, ella estaba en su sillita de bebé con la boca aún manchada de papilla. La miré y me solté a llorar desconsoladamente, de esos llantos que se ahogan en suspiros y quebrantos. Mi mamá estaba ahí y se asustó, solo alcancé a decirle algo así como “Es que si le pasa algo me muero, mamá, me muero”. Cabe mencionar, que años antes estuve en una manifestación que acompañaba a algunos de los padres y madres de ABC aquí en Mérida y verles, escucharles me conmovió mucho, pero definitivamente esta tragedia empezó a atravesarme y a dolerme de forma muy distinta cuando me convertí en mamá de Lucía. Y así, me di cuenta de que estaba ya en un camino del que no había retorno: muchos de los dolores del mundo, me dolerían de formas inexplicables, sentiría angustias y miedos que seguramente en otras circunstancias no sentiría, porque, aunque seguía siendo yo, voluntariamente había aceptado la encomienda de cuidar y proteger a otra persona.

Con lo anterior, de ninguna manera quiero decir que la maternidad (y menos la maternidad biológica) es la única vía hacia la empatía más absoluta. Creo y sé que hay muchas personas, con hijos o sin hijos, que gozan –o padecen, de una capacidad para empatizar desde la fraternidad y la sororidad, mucho más desarrollada y refinada. Lo único que quiero expresar en estas líneas es mi proceso personal al respecto, el cual me ha resultado sumamente significativo.

Cuando empezó a circular el vídeo del asesinato de George Floyd a cargo de un policía blanco hace un par de semanas, llegó a mí por redes sociales y confieso que lo vi completo esperando el momento en que el policía quitara la rodilla para que el hombre pudiera respirar, cosa que nunca sucedió. No creo necesario, por muchos motivos, narrar el vídeo tomado con un celular, pero hubo un momento en donde George, con un hilo de voz y de vida, dice: “Momma, I’m through!”… el estómago, la piel y el corazón se sintieron como en un choque de electricidad, que se intensificó cuando el vídeo llegaba a su final entre la inmovilidad de la víctima, la escalofriante tranquilidad del policía y los gritos desesperados de los espectadores.

Días después, una amiga que vive en California, madre de un precioso bebé afrodescendiente, me envió la foto de un grafitti escrito durante las protestas: “ALL MOTHERS WERE SUMMONED WHEN HE CALLED OUT FOR HIS MAMA” (Todas las madres fuimos convocadas cuando él llamó a su mamá). Y sí. Tal vez esa electricidad que sentí al escuchar la palabra “mamá”, era justo eso. Mi amiga ha vivido esta coyuntura de manera más cercana, en sentido geográfico y en sentido personal, en la conversación pudo compartir su agotamiento emocional por exponerse a información, discursos y posturas encontradas al respecto del tema del racismo, así como el temor y la angustia de pensar, en qué momento su hijo empezará a ser vulnerable a un sistema que se ha inventado las razas y las ha jerarquizado para conveniencia de unos cuantos. La leí con mucha atención, respeto y con mucha conciencia de que, a pesar de ese super poder de empatía que la maternidad me regaló, jamás podría entender exactamente por lo que ella está pasando.

La maternidad, transformó en mí la forma en la que escucho, vivo y proceso el dolor y la tragedia humana. Y no sé, creo que esto ya no se quita y más bien se trata de aprender, por un lado, a cuidar mis emociones (por eso ya no encuentro entretenido ver películas sin finales felices), y por otro, a usar la digna rabia de la maternidad sentida (porque no se puede entender, la verdad) como colectiva y compartida, para impulsar mi accionar en las luchas que sean necesarias para parir un mundo menos feo.

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Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

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