¿Y qué si no es bueno? Consumo mediático por placer

¿Alguna vez se han preguntado por qué de repente nos gustan ciertas producciones mediáticas a pesar de que no podamos calificarlas como buenas? Una película, una serie, un corto, un video o lo que sea; algo que vemos y pensamos “está lejos de ser lo mejor que he visto, pero me gusta mucho” o incluso, “qué malo es esto; me encanta”. La académica Ien Ang, aborda esto al hablar de placer.

En 1982, esta profesora de Estudios Culturales publicó un libro titulado Mirando Dallas, en el cual plantea y expone diversos elementos de la soap opera estadounidense por la que lleva el nombre y cuya trama gira alrededor de una familia inmersa en la industria petrolera. Ang no se enfocó únicamente en la serie como tal, sino que llevó el análisis a las audiencias; una de las cosas que ella planteaba era el elemento del placer, y que a muchas personas les costaba expresar la razón por la cual les gustaba Dallas, pues el ver televisión en general, al ser una práctica cultural que tiene una fuerte naturaleza de hábito, es difícil de explicar en términos intelectuales al sentirse tan natural y obvio. Ang dice que el placer “elude nuestra consciencia racional” y escribe que

[…] el placer en Dallas es un fenómeno más o menos espontáneo: una persona disfruta verla, de una forma u otra. Experimentar placer no es una actividad consciente y dirigida (aunque une puede luchar por ello), sino algo que “pasa”, algo que se apodera de le espectadore dependiendo de sus sentimientos. La experiencia es difusa, atada a un tiempo y contexto, heterogénea: están pasando muchas cosas en la cabeza de le espectadore (p. 83).

En el texto posterior de 2007, Ficciones televisivas alrededor del mundo: melodrama e ironía en perspectiva global, Ang expresa que una de las cosas más frustrantes del debate que existía durante la transmisión de Dallas –que no tenía una trama particularmente “revolucionaria” si lo queremos poner así– era que se hacían ciertas suposiciones sobre las audiencias que consumían la serie, a quienes se les solía ridiculizar y feminizar. Esto ocasionaba que les televidentes que disfrutaban de ésta, la mayoría de las cuales eran mujeres, se sintieran en la necesidad de disculparse “por su propio placer visual”.

También, en dicho escrito, distingue un tipo de placer basado en la ironía, en contraposición con aquel que parte de un disfrute genuino de lo que se ve en pantalla. Define al placer irónico como un modo de visualización desde una posición superior del sujeto, que se encuentra más distante intelectualmente, y que “podía permitirse el lujo de disfrutar la serie y, a su vez, expresar un conocimiento seguro sobre su supuestamente ‘baja’ calidad”; es aquí donde entra ese “amo esta serie porque es malísima”. La académica explica que este modo de visualización ha incrementado en los últimos años, principalmente entre las audiencias jóvenes, y se toma el material con menor seriedad, lo que permite burlarse de su artificialidad.

Por Glenn Carstens-Peter
Jeshoots

Ahora, todo esto no es por hacer un exhaustivo recuento de lo que Ang expone, sino poner un poco en duda esta “vergüenza” que, de vez en cuando, nos invade al momento de hablar de un show que nos gusta, pero no es particularmente bueno. Me atrevería a afirmar que aquí bien podríamos nombrar los “gustos culposos”, eso que nos gusta, pero da pena admitir porque socialmente se rechazan o se juzgan negativamente.

Siento que esa vergüenza está íntimamente relacionada a lo que puntualizaba Ang: que las demás personas pueden hacer suposiciones sobre nosotres, descalificarnos y considerarnos “menos competentes” si disfrutamos de una producción mediática que no llega a determinado nivel que lo acredite como bueno o decente. Se conectan muchos otros factores relacionados con el consumo, con el ver a las audiencias de forma homogénea, con creer erróneamente que no tenemos pensamiento crítico, con que solo determinado tipo de entretenimiento es “valioso” y, por ende, disfrutable, etc.

El consumo mediático es todo un tema del que no estoy ni cerca de ser experta, sin embargo, me es imposible no realizar una conexión entre ese potencial enjuiciamiento por parte de otres tras admitir que la pasamos bien viendo una película que no es considerada buena y la necesidad que surge de justificar el que nos guste, o disculparnos porque así sea, tal y como se percató Ang que pasaba con la gente que le escribió para su estudio. Es decir, todo parece indicar que requerimos dar explicaciones de por qué nos gusta algo básico, mediocre o malo para quitarnos un poco la pena que vendría de externarlo.

Además, el que nos guste una película o serie que a ojos de otras personas e incluso de La Crítica™ sea mala, no es sinónimo de que no veamos sus defectos o carencias, ni significa que somos incapaces de criticar su contenido, ni tendría por qué encasillarnos a un tipo de televidentes.

Para no hacer esto excesivamente largo: perdamos la vergüenza de compartir que equis cosa nos gusta a pesar de que no haya revolucionado el formato televisivo, o que hasta arrasó en los Razzies o qué sé yo. Tratemos de no forzarnos a racionalizar por qué gozamos de ver ciertas producciones y simplemente disfrutémoslas –que, ojo, no digo que no pensemos críticamente en ellas; aceptemos sus desaciertos o mediocridad, pero abracemos también que no por eso mágicamente nos dejan de gustar. Recordemos que, si bien nuestro consumo puede caer dentro del placer irónico, como mencionaba Ang, también podría ser genuino y no tendría por qué ser una cuestión negativa.

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Estudio Comunicación Social y prefiero escribir antes que hablar. Considero que es muy importante realmente escuchar a las demás personas para así aprender de ellas.

Me gustan los libros de fantasía y las series de ciencia ficción de los 60’s. La mayoría de mis series favoritas están subestimadas.

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