Una mala receta: ¿conoces a Rebeca?

Por Mayra Soto

El tema de salud mental ha tocado a una generación, a ojos de muchas personas, frágil. Esto ha provocado que se abra el debate de cómo se vive los ambientes universitarios, y qué repercusiones puede tener la vida cotidiana de las y los estudiantes. La relación universidad-salud no parecía ser foco de atención hasta apenas hace algunos años, que se evidenció, y por tanto, se añadió, un ingrediente más: el acoso.

La presión universitaria, en donde se incluían los exámenes, profesores lejanos, nulo apoyo de los departamentos e inexistencia de comunidad, vino a ser afectada por la presión del acoso. Los problemas de salud mental que las y los alumnos pudieran tener se ven notoriamente incrementados por la ineficacia de las instituciones universitarias para lograr la seguridad de sus alumnas.

Aunque durante el último año han surgido movimientos en diversas casas de estudio para que las autoridades le brinden mayor importancia a la manera en que se vive dentro de las aulas, muchas de estas instituciones han decidido callar. Callar ante las necesidades de sus alumnas, que son personas antes que claves o depósitos de colegiatura.

El reclamo no es únicamente por una mayor atención a la salud mental de las y los estudiantes, sino que es también una llamada de atención a sus procesos, protocolos y vías institucionales que son revictimizantes. Un ejemplo de esto son los deficientes o nulos protocolos en contra del acoso universitario, que han conllevado no solo a que se desincentive la denuncia, sino a que más mujeres se sientan vulnerables en sus propias casas de estudio, dañando aún más su salud mental.

¿Es esta la visión humanitaria que busca la Universidad? Pensemos en una mujer que empieza a estudiar la universidad, foránea porque necesita salir de su ciudad para poder acceder a una educación de calidad, en una universidad donde sus profesores tendrán nulo tacto y consciencia de que trata con personas, agréguele a esto a un machito en varias de sus clases, ponga una pizca de miedo e inseguridades para ella, agregue un litro de desinformación respecto a la salud mental y nulo acompañamiento para esta; y por último, añada un muy deficiente protocolo en contra del acoso universitario. Y ahora, ¡listo! Disfrute de una mujer, compañera, hija y estudiante con miedo en su “segunda” casa.

Esta receta no es exclusiva ni secreta, es la que la mayoría de los centros de enseñanza siguen en México. Una receta nada complicada para lograr que sus estudiantes no encuentren el apoyo institucional ante la realidad de un país desgarrado por machos. Un ejemplo es Rebeca.

Cuando entré a la universidad conocí a Rebeca. Ella aun era menor de edad y venía de Coahuila. En su casa le hablaron de los peligros de irse a estudiar sola y lejos de su familia, pero ella estaba decidida. Entró a estudiar una ingeniería porque era muy buena en matemáticas, y nunca se sintió insegura siendo una de las pocas mujeres en sus salones. Tres meses después de ingresar empezó a sentir la presión de su universidad, casi no comía ni dormía y se enfermaba muy seguido. Un día Rebeca decidió estudiar en conjunto con un compañero al que le tenía aprecio, se quedaron estudiando hasta quedarse dormidos. Al día siguiente Rebeca despertó desnuda y asqueada, y lo único en que pensó fue en irse a su casa. Rebeca me contó lo que pasó y yo la animé a denunciar; ella empezó a sentir estrés y miedo por encontrárselo en su salón. Al mes siguiente se animó a denunciar, pero se encontró con que no sabía como hacerlo. Después de mucho buscar llegó a un edificio apartado con un directivo mal encarado, el cual le proporcionó una hoja en blanco y le pidió que fuera precisa. Cuando terminó de escribir su hoja llena de lágrimas, el directivo le pidió pruebas, quería fotos, videos o audios para probar lo que el le había hecho, además la amenazó con que podía ser sancionada si su caso se hacía público. Rebeca se fue con más miedo del que tenía cuando llegó, y con la incertidumbre de qué pasaría después. En esa semana recibió comentarios horribles de sus compañeros llamándola mentirosa y zorra; al parecer ella no podía hablar de lo que pasó, pero él sí. Rebeca sufrió un colapso por estrés y se regresó a su ciudad, yo me enteré cuando después de una semana me contestó los mensajes. Hoy Rebeca estudia en línea, su denuncia se la negaron por falta de pruebas y por no regresar a corroborar su versión de los hechos.

Vía La Del Frasco @ladelfrasco (instagram)

La rabia colectiva hacia las nulas acciones por parte de los directivos de varias casas de estudio ha puesto a la vista de externos lo que esta receta asquerosa ha provocado. Existe un problema de opacidad por parte de las instituciones para reconocer la magnitud del problema, y eso conlleva a que no se establezcan protocolos de prevención e intervención precisos y activos. La falta de políticas para abordar el tema, la escasez de comités de vigilancia y de mecanismos para denunciar, además de la falta de herramientas para transparentar el tipo de violencia en los planteles y difundir derechos de las alumnas han cocinado una desconfianza total.

Se necesitan órganos de investigación que sean responsables de hacer visible la situación e informar a las víctimas, esto con el fin de darles la seguridad y, sobre todo, la paz que merecen. La falta de transparencia en los procesos provoca mucha ansiedad en ellas, además de desesperanza por las condiciones en las que se encuentran. También se requieren comités de investigación con perspectiva de género, para que ayuden con el proceso, de manera que este no resulte revictimizante para ella.

Yo sé que Rebeca no es la única que ha sufrido debido a la falta de forma, de proceso y de resultados por parte de las instituciones educativas. También sé que no es la única que ha visto afectada en su salud mental por esto. ¿Qué más se necesita para que ya nadie más conozca a una Rebeca? Si las soluciones son tan claras, ¿por qué no se implementan? ¿cuándo me sentiré segura y en paz en mi universidad? Rebeca y yo, lo queremos hoy.

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